
"...prefiero ser Becky Sharp y un monstruo de la perversidad que ser Amelia y un monstruo de la estupidez". William Somerset Maugham
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La Flor Púrpura
Esta impresionante novela marcó el debut literario de Chimamanda Ngozi Adichie (1977), la nigeriana que el 2007 obtuvo el prestigioso premio Orange por su segunda novela Medio Sol Amarillo y que a sus 30 años y sólo dos novelas publicadas no ha parado de recibir condecoraciones y buenas críticas.
Narrada por su protagonista, una tímida niña de quince años de nombre Kambili Achike, La Flor Púrpura (en inglés, Purple Hibuscus) cuenta la historia de una familia acomodada de Enugu, que bajo un manto de perfección esconde los constantes abusos de un padre tirano y fanático religioso, quien no duda en castigar a su esposa y a sus hijos ante cualquier cosa que él considere un error.
“Todo empezó a desmoronarse en casa cuando mi hermano, Jaja, no fue a comulgar y Padre lanzó su pesado misal al aire y rompió las figuritas de las estanterías”, comienza el relato de Kambili, quien en un principio parece no entender lo que sucede en su casa: se niega a escuchar los ruidos que vienen de la habitación de sus padres, se niega a creer que su padre haya golpeado a su madre hasta causarle un aborto; en fin, no quiere entender que “Padre” (como ella lo llama), un hombre tan venerado en su comunidad, un ejemplar defensor de los derechos humanos y activo participante de la Iglesia Católica sea en realidad un sádico.
Y mientras avanza el relato de Kambili, el lector va enterándose de la violencia y crueldad del progenitor, de la sumisión enfermiza de la madre, de los castigos que recibe el hermano mayor, Jaja, y de los dolores de Kambili, quien muda y obediente, sólo calla. Pero todo empieza a cambiar cuando los niños son invitados a pasar unos días en Nsukka, en la casa de su liberal tía paterna, -una madre viuda con tres hijos y serias dificultades económicas- y los hermanos descubren el hibisco de flor púrpura que da nombre al libro, se reencuentran con su abuelo (a quien el padre consideraba un pagano) y comienzan a cuestionar la autoridad de su progenitor. En casa de la tía, relata Kambili, “ya ni siquiera recordaba que hubo un día en que deseé no volver a abrir los ojos, había olvidado aquel dolor intenso en todo el cuerpo”, y esa ansia de tranquilidad es lo que precipita el desenlace final.
La novela, ambientada durante uno de los períodos dictatoriales de Nigeria (posiblemente el de 1993), nos hace partícipes de la violencia de un país y de un hogar, y nos muestra a este padre con dos caras tan disímiles: por un lado, un héroe para la sociedad y enemigo de la dictadura, y por otro lado, un tirano, un hombre tan fuertemente atraído por el mundo de los blancos –por el capitalismo y el fanatismo religioso- que reniega de su propio origen igbo. Narrada con realismo e inocencia, la novela tiene pasajes desoladores, y tristes -tan amargos como el utazi que las mujeres echaban al caldo-, sólo alivianados con la refrescante irrupción del joven sacerdote Amadi y la lenguaraz prima Amaka, y las infaltables horas de almuerzo y comida, cuando los niños se distraían comiendo arroz con ñame y haciendo bolitas de fufú para echar a la sopa.