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15 marzo 2018

Tres libros que no pensaba leer


Cada enero me preparo de un buen arsenal de libros para partir a la playa por un par de semanas con mis hijas y sus infaltables amigas invitadas. Los libros son mi especie de armadura frente a este verdadero team de verano formado por ocho adolescentes para quienes las vacaciones son puro grito y baile –y canturrear Moral Distraída a toda hora- y mi excusa para resguardar un par de lugares de silencio en la casa –mi pieza y el living- y escapar del desorden constante, el parlante sonando en la terraza todo el día y el interminable sonido del secador de pelo cada noche. Los libros también son mi compañía para hacer hora mientras espero que vuelvan de carretear.
Pero algo pasó este año que me quedé sin libros. Los que había encargado a Book Depository estaban retenidos en una bodega de correos y minutos antes de partir a la playa no tenía nada nuevo que leer. Llevaba un tiempo pegada con escritores latinoamericanos nacidos en los 70 y 80 y sus historias de barrios, boliches y viajes, y de repente me vi buscando en mi biblioteca algún libro que hubiera quedado rezagado. Y ahí estaba Tierra desacostumbrada (Salamandra, 2010) el libro de relatos de Jhumpa Lahiri que había comprado hace varios años y que no sé por qué no había leído.
Demás está decir que el libro me encantó. Relatos bien escritos, sobrecogedores y simples sobre padres, hijos y hermanos de inmigrantes bengalíes que viven en Estados Unidos y Europa, con realidades e identidades muy disímiles y un distinto grado de cercanía o apego a su origen indio. Son historias de familias, de vecinos, de amantes: cuentos que hablan de los éxitos económicos o académicos de estos inmigrantes -también de pérdidas y grandes dolores-, pero siempre, aunque sea disimuladamente, del aporte bengalí a la sociedad occidental.
Cuando terminé el libro volví a leer el epígrafe del comienzo, que es una cita tomada de La Aduana de Nathaniel Hawthorne. “La naturaleza humana no dará fruto, al igual que la patata, si se planta una y otra vez, durante generaciones, en la misma tierra agotada. Mis hijos han tenido otros lugares de nacimiento y, hasta donde alcance mi control sobre su fortuna, echarán raíces en tierra desacostumbrada”. La cita queda perfecta si hablamos de inmigración y de las ventajas de la multiculturalidad. Pero también si la aplicamos a nuestras vidas, cuánto más ricas son nuestras conversaciones cuando estamos sentados en una mesa diversa en edades, sexos, pensamientos. Cuánto más ganamos cuando salimos de nuestro barrio, de nuestro círculo de conocidos y vemos lo que pasa más allá. Pero es más fácil decirlo que practicarlo. A medida que mis hijos crecen me cuesta ver que siguen caminos distintos a los que en mi mente les he trazado. Eligen sus lecturas, sus amigos, y hasta sus vacaciones. “Qué bueno que no siga tus pasos”, me dice mi amigo Rodri cuando le cuento que el mayor de mis hijos entra a una facultad de periodismo distinta a donde yo estudié. Y tiene razón, es mejor que cada uno siga su propio camino, pero cuesta asumirlo cuando eres malaza para los cambios.
Los días están nublados en la playa y las adolescentes no se pierden noche de discoteque. Busco en esta casa algún otro libro para leer y encuentro uno que había dejado mi marido en navidad. Muriendo por la dulce patria mía (Laurel, 2017) un libro sobre Arturo Godoy, el boxeo chileno e Iquique, tres cosas que no podrían interesarme menos, pero que me cautiva de inmediato. Escrito con maestría por Roberto Castillo, quien aparece como narrador e investigador de una historia magnífica donde intenta reconstruir la vida del campeón chileno de box a través de mitos y verdades, cartas, entrevistas, diarios y uno que otro encuentro (como la descabellada comida  que tuvo el propio Castillo con el nonagenario manager de Godoy en su departamento de Nueva York), y que forman un conjunto gracioso, triste, glorioso y, a mi parecer, muy auténtico de lo que fue el gran Arturo Godoy.
Veo que en Twitter algunos de los que sigo se han puesto a leer La Divina Comedia siguiendo una invitación que hizo el ensayista @maurette79 a hacer una lectura, simultánea y masiva, del famoso libro de Dante Aliguieri. Y aunque no tengo el libro en la playa, sigo a @autodante que sube un canto al día en Twitter y me uno a esta lectura compartida que comenzó el 1 de enero y que espera terminar con el canto 100 el 10 de abril.
Y pienso en la frase de Hawthorne y la asocio con la lectura. No hace mal leer, de vez en cuando, lecturas desacostumbradas. Buscar otras editoriales, leer un clásico de hace 700 años en Twitter, abrirse a otros escritores. Y después volver a casa con la sensación de haber viajado y sembrado y entonces, retomar lo tuyo con la cabeza más abierta y leer con felicidad esa Emma de Jane Austen que habías olvidado en el velador.

Publicado en el blog de Fundación La Fuente el 20 de febrero del 2018 (fundaciónlafuente.cl)


17 agosto 2010

Un poco de mí...

Queridos seguidores, lamento tenerlos tan botados, pero mi vida se ha convertido en un carro de montaña rusa -de esos carros que sólo paran en la noche- y no he tenido ningún segundo libre para escribir ni pensar en este blog. Ya me lo han reprochado algunos amigos, y prometo seguir en algún momento, pero por ahora van a tener que conformarse con tenerme a medias hasta nuevo aviso.

Si me preguntan  en qué he estado. Les diría que principalmente dedicada a mi familia -porque hace ya un mes que partió la que era mi nana rumbo a su añorado Perú y me dejó más sola que un dedo- y a los estudios y trabajos universitarios -en los que, por suerte, me ha ido de lo más bien-. También me fui unos días a Buenos Aires con mi amado -unos días maravillosos, sólo dedicados al amor, la comida y el arte- de donde traje más libros para leer o mejor dicho para guardar para cuando los estudios me dejen leer algo que no sea Barthes, Derrida o Kristeva. Pero no me quejo, quejarse es tan de medio pelo, ¿no? Sólo sonrisas en mi cara blanca invernal.

Además he andado de lo más sibarita, debe ser por este invierno tan frío que me ha hecho engordar como 4 kilos y por las malditas facturitas argentinas que comí en Buenos Aires y que sigo comiendo acá. De hecho llevo cuatro días seguidos yendo a tomar café (y estudiar) al Sabor de Buenos Aires, lugar que me tiene adicta a sus croissants y muffins, y que por el momento me han hecho olvidar los brownies del Ona y de la Chakra, y que me ha llevado de vuelta al barrio de la Plaza Las Lilas, donde tantas tardes pasé junto a mi amiga Vero cuando nuestros niños eran unos preciosos y rosados bebés de pecho  y nosotras, unas veinteañeras y cotorrientas madres primerizas.

A mis amigos los he visto por chorreo. Uno que otro almuerzo con amigas, uno que otro cafecito por aquí o allá, una que otra comida en la noche (cuando me he conseguido con quién dejar a mis criaturas amadas). El otro día, por ejemplo, fui a comer al Baco. Qué delicia, qué compañía. Y también he pedido sushi para compartir con amigos en mi casa. Y por supuesto he salido a comer con mis cachorros y a ver muchas películas (ahora instauramos el sábado de película familiar), y la verdad, es que hemos gozado.

También he estado haciendo orden: regalando, reciclando, guardando, y haciendo muchos arreglos en la casa, de los que ya les contaré. Pero ahora tengo que volver a estudiar. Y luego a escribir. Y luego a salir a caminar. Rumbo al Sabor de Buenos Aires o cualquier cafecito que tenga croissants. Los quiero. Y les dejo mi último artículo, por si no lo leyeron, sobre Enid Blyton.




29 junio 2010

Ando antojada con ir al Majestic, mi restaurant favorito. Fui hace poco -hace como un par de semanas- con mis amigas de colegio, pero estaban tan preocupadas de intercambiar láminas para el álbum mundialero de sus hijos  que se olvidaron de conversar, y debí comerme el murgh tikka masala y el nan con sésamo mirando autoadhesivos de futbolistas en el más absurdo silencio. Por eso necesito volver a repetirme ese pollo delicioso, esta vez con un mejor partner indio, y poder compartir especias y arroces varios, además de un buen vinito, y una mejor conversación de por medio.


Mi otro antojo -ahora de día- es  ir a almorzar al Huerto con mi amigo Rodrigo C. y pedirme esa ensalada con arroz integral y tomates deshidratados que tanto me gusta. Ya hemos ido otras veces y la verdad es que es un placer para el paladar y para mi corazón. Porque debo decirlo, aunque  quizás se me enoje por nombrarlo en este blog, y es que él es una de la personas que más quiero en la vida (no quiero cartas al director ni escenas de celos, please) y tenerlo de amigo es uno de mis grandes orgullos.
Rodrigo es profesor de lenguaje y escritor. 
Lo conocí hace años en un taller literario, donde solía escandalizar a la concurrencia con sus cuentos calentones pop, y a las pocas semanas de clases ya éramos amigos inseparables (ayudaron harto, eso sí, los pisco sour a luca que tomábamos en el bar del hotel Foresta a la salida del taller). Rodrigo tiene un don especial en narrar lo inarrable, en llevar al lector a situaciones difíciles y en hacernos cómplices de lo triste y patético que es el desamor. 


Su novela -que espero pronto ver en alguna editorial- es espectacular, porque con su lenguaje pop y sus citas al cancionero AM nos lleva a la triste y patética vida de un adulto enamorado de un joven menor y de cuánto sufrimiento se puede esconder tras un sentimiento que, visto desde afuera, puede asociarse con la perversión. Es una novela increíble, lúcida, densa, pero a la vez irónica y liviana, lo que la hace una lectura excepcional, que definitivamente debiera conocerse.


Como también debiera conocerse su obra pictórica, que tiene mucho que ver con su producción literaria, y que sin duda sería la portada ideal para su última novela. Porque Rodrigo también pinta. Y no sé cuándo ni cómo juntó una cantidad de obras que ahora se exponen en la Biblioteca Viva del mall Plaza Sur (para los perdidos, en San Bernardo) y que son un deleite para los sentidos. Su paleta de colores es fuerte, porque Rodrigo es de emociones extremas, harto rojo, negro y amarillo, y sus imágenes nos remiten de inmediato a lo pop, a los cómics que tanto lee, a la iconografía op, pop, top, chop que tanto le gusta, pero también a su lado cebolla y sensible -ese de la canción de Yuri y de Raphael- que utiliza para hablar de sentimientos, con ironía, con desapego, pero que en el fondo son la esencia de su literatura y su pintura. 

Porque su obra es sensible: nos transmite dolor, violencia, miedo, incluso rabia, pero estos sentimientos aparecen adornados de una aparente superficialidad (como ese cuadro que muestra a la mujer metralleta en posición sexy), como para alivianar el discurso, como para no ser tan densos ni graves, y que nos permiten ver la obra con distancia -si queremos- o con profunda sinceridad, si somos lo suficientemente valientes como para entrar en territorio peligroso. 

Un poco lejos, pero vale la pena ir a ver esta exposición, y de paso conocer esta preciosa biblioteca y su enorme aporte a la cultura y la educación. Felicitaciones, Rodri, excelente trabajo.




14 junio 2010

Para que no se me tilde de negativa, debo recomendar el Artes y Letras de ayer. Muy bueno de principio a fin, en especial el artículo de Joyce Carol Oates sobre Alice Munro y la acertada crítica de Gandolfo de Dublinesca. Eso. Tengo que estudiar.
PD: Qué bueno que volviste, Hal, pensé que te había perdido para siempre.

22 marzo 2010

El 27 de marzo a la 1 de la mañana llegamos de nuestras vacaciones en el sur. Dos horas después un terremoto de más de 8 grados nos sacó de nuestras camas y nos expuso nuevamente ante una de las mayores fuerzas de la naturaleza. Vino el corte de luz, las noticias en la radio, el maremoto en algunas zonas costeras, el dolor de quienes perdieron a sus seres queridos, sus casas, su vida. Y aunque fui una afortunada por no tener que lamentar ninguna desgracia personal, por unos días mi vida también pareció quedarse suspendida en la tragedia. Los días en Chiloé y Valdivia se sentían lejanos y hasta reír me parecía inapropiado frente a tanta desgracia circundante.

Pero de a poco la vida comienza a normalizarse. Los niños entran al colegio y aunque siguen las réplicas hay que ir a comprar cuadernos y camisas celestes. De a poco comienzan a aparecer los amigos y sus distintas versiones de ese fatídico amanecer de marzo. Tratamos de ayudar con comida, ropa, plata, para tantos damnificados. Rezamos, pedimos, agradecemos estar sanos. Llamamos a nuestros conocidos, nos acercamos a nuestras familias. Quisiera decirles a todos lo feliz que me siento de que todos ustedes estén bien. Que mi familia no haya sufrido, que la familia de mi amigo Pablo en Concepción no sufriera daño, que mis amigas estuvieran en lugares seguros, que los que estaban cerca del mar pudieran arrancar. Agradezco que todos ustedes hayan pasado el terremoto sin rasguño, pero ante tamaña tragedia a veces se hace difícil volver a la cotidianidad. Y reconozco que me ha costado volver a salir de noche y retomar mis cafés con las amigas. He tenido un par de almuerzos -eso sí- que me han hecho reír por un rato y también volver a recordar el verano y el cielo con nubes cambiantes de Chiloé. Pero también han sido muchas las invitaciones que he declinado.

Como que por el momento mi cuerpo me pide quietud y mi mente, un respiro. Y aunque pensaba seguir este año con lo de siempre: mis artículos para el diario, mi mini taller de narrativa, mis horas de escritura y mis clases de yoga, algo hizo cambiar mis planes post terremoto y me impulsó a la universidad. Hoy entro al magíster de literatura en la Chile, sin conocer a nadie, tal como a los 17 entré a periodismo en la UC. Y me siento feliz por la decisión que tomé de volver a estudiar. Y me siento entusiasmada por volver a las lecturas, las clases, los ensayos, las tesis. Y volver a ser alumna, ahora que tengo 35 y tres niños grandes en plena vida escolar. Mi amado dice que esperé demasiado tiempo en cumplir mi sueño. Yo creo que este momento no podría ser mejor.

Espero poder seguir con el blog y con el mini taller, y también con los cafés a media mañana. También quiero escribir sobre el espectacular libro que leí de Lorrie Moore y sobre los fogosos efectos de las ostras de Caulín. Pero déjenme tomarme mi tiempo. Que todavía no miro las fotos del verano ni se me olvida el ruido que hizo la tierra al temblar.

02 septiembre 2009


No tengo mucho tiempo, por eso aprovecho este medio para dar los siguientes avisos:
1.- No habrá mini-taller esta semana. Las razones: Londres, París y Madrid.
2.- Gracias Diego por traerme las entradas para lo de McEwan. Iré de todas maneras. Y perdone por haberlo tratado mal.
3.- ¿Alguien irá a lo de Darwin? Estoy dudosa, como voy a ver a McEwan en la UC, no sé si será mucho verlo el martes también.
4.- No habrá concurso Becky, ganó el No con 10 votos contra 9. Me reí mucho con los votantes, hasta de provincia votaron para esta elección.
5.- ¿Quién me acompaña a lo de McEwan?
6.- ¿ Quién mató a Elisa?
7.- ¿Quién subió los precios en el Olán?
8.- ¿Quiénes son mis enemigos?
9.- ¿Quiénes siguen este blog?
10.- ¿Por qué hay gays que se casan con mujeres?
10.- Escriban (los que saben hacerlo) y guarden sus escritos para nuestro próximo mini- taller dieciochero, con empanadas y fierritos, y la infaltable chicha rosada.
Los quiero.

17 junio 2009

Aviso


Viernes. 6 de la tarde. Mini taller en la las terrazas de Providencia. (Si llueve, se hará en el interior). Los espero. Lleven sus copias.

Ah, y feliz Bloomday a todos los seguidores de Joyce. Espero que tengan un lindo día (y contesten el quiz de The Guardian).

Y a los demás, que tengan una linda semana. Que no se enfermen. Ni pasen frío.



17 abril 2009

La historia de una historia de una historia


A raíz de mi último post, me escribió una fiel lectora de La Feria de las Vanidades para felicitarme por mi estado de "mujer feliz". Ella, en cambio, había recién terminado con su novio. Decidimos juntarnos a almorzar en la Animal, y ahí, mientras comíamos nuestro quiche de pimentones, me contó los detalles de su ruptura -que claramente me los guardaré-, que son tan escabrosos y a la vez sabrosos que podrían convertirse fácilmente en un buen guión de cine o al menos en un cuento genial. O patético.
Mi amiga no estaba triste, pero tampoco feliz, y frente a lo que me contaba no fui capaz de opinar mucho ni tampoco ser de gran utilidad. Quizás algún día escriba su historia o la de muchas mujeres que han vivido desilusiones iguales. Quizás no. Quizás ella termine escribiendo sobre mí o sobre cualquier cosa más.
Un amigo mío, al que llamaré Steph suele utilizar en sus cuentos cosas que alguna vez le he contado. El nombre de mi nana, el sobrenombre que le puso mi hija a un queque o cualquier tontera similar, pero lo hace con tal encanto que me hace gozar con sus apropiaciones. Yo creo que al escribir aparecen muchas cosas de nuestro inconsciente, pero también las historias que nos llegan, los nombres que se nos pegan, el ritmo que nos contagia en ese momento, el estado de ánimo, alguna lectura o incluso una canción.
Hace unos años participé de un taller literario y me pasaba que mientras escuchaba algún cuento, se me empezaba a aparecer de inmediato la trama para una historia, nada que ver con la que estaban leyendo, pero que me daba el pie para inventar. El otro día, a la salida de mis clases de yoga, me encontré con una antigua compañera de taller y me contó que desde que había dejado las clases nunca más había vuelto a escribir. Me decía que después del taller solía tomarse un traguito con un compañero nuestro y que de las cosas que él le contaba ella sacaba ideas para futuros cuentos. Yo le dije que las ideas podían estar en cualquier lado, no sólo en el Bar Don Rodrigo o en el Catedral, y era cosa de andar con los oídos abiertos.
Quizás escriba la historia de mi amiga. O quizás se la cuente a Steph para que lo haga él. Quizás algún día mi amiga la lea. Y se ría de su historia, y se la lea a sus hijos, a sus nietos o a su futuro amor.

17 noviembre 2008

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Todas las explicaciones del post anterior son para justificarme por no haber realizado el mini taller de noviembre. Pero, a pesar de mis mil y un quehaceres, me debo a mis compañeros y he decidido fijar nuestra próxima cita para el martes 25 de noviembre en lugar y hora a definir. Los espero a todos con nuevos trabajos. ¡A escribir!

04 noviembre 2008

De menos a más

No sé si es por mi tozudez o mi tacañería, pero soy incapaz de dejar un libro a medias o de abandonarlo después de leer las primeras páginas. Claro, por lo general trato de llevar a mis manos libros de buena calidad literaria o de algún autor que merece mi respeto, y cuando de frentón me ha tocado leer un libro malo, igual llego hasta el final para ver si la cosa se compone o por último para despotricar contra el autor y el libro con conocimiento de causa.

Hace un mes -más o menos- comencé a leer con entusiasmo la Piedra Lunar de Wilkie Collins por varias razones que no vale la pena mencionar y debo confesar que me costó avanzar en su lectura, no porque el libro no fuera interesante (de hecho es un libro espléndido) sino porque los tiempos del libro son tan distintos de los agitados tiempos actuales que a ratos sentía que el libro estaba en cámara lenta y yo me sentía cada minuto más apremiada por saber quién había robado la famosa piedra lunar. Pero después de leer las primeras 300 páginas, el libro empieza a agarrar vuelo y las últimas 250 son un deleite de descripciones donde el efecto del opio (del protagonista y al parecer también del autor del libro) se deja sentir a lo largo de todo el relato, que combina personajes ingleses con hindúes de dudosa reputación, todo mezclado con una historia de amor, otra de arribismo y una última de misticismo, que hacen impredecible el desenlace último de la novela. Realmente una joya, y el estilo, único, porque mezcla cartas con relatos de los distintos protagonistas, donde cada uno agrega nuevas piezas a este puzzle detectivesco. Genial.

Y así como pasé con la Piedra Lunar de menos a más, mi nueva lectura El Desierto de los Tártaros también ha ido cautivándome de a poco. Escrita por Dino Buzzati en 1940, la historia es de una melancolía suprema, donde cada capítulo le va agregando nuevas tristezas y desesperanzas al protagonista, el teniente Drogo, en medio de espacios atemporales, inciertos y llenos de silencios. Digna de leerse. Y más corta que la Piedra Lunar. A ver si la encuentran en medio de todos los best-sellers y libros de autoayuda que al parecer están inundando la Feria del Libro de Santiago por estos días. 

15 octubre 2008

Sobre Siri Hustvedt

Con mucho agrado leí ayer en la Revista Ya la entrevista que le hizo María José Viera-Gallo a Siri Hustvedt en la casa que comparte con su marido, el escritor Paul Auster, en Nueva York. La Hustvedt es una escritora que me gusta mucho -su novela Todo cuanto amé, me pareció fascinante-, pero además es una mujer inteligente, poco pretenciosa, profunda, pero no grave, y que cuando le preguntan por su famoso marido no tiene problemas en hablar de él (a diferencia de esas figurillas de la farándula nacional que ante cualquier pregunta saltan con su manoseado "de mi vida privada no hablo"). Ella, segura de sus méritos propios, habla de él y de ella sin complicaciones, y de cómo compartir el oficio de escritor los ha unido mas que separado.

Cuando le preguntan por la cultura de nuestros tiempos, la Hustvedt lanza una frase que comparto plenamente: "Está lleno de expertos de las cosas más inimaginables, que al mismo tiempo nunca han leído Madame Bovary". Qué cierto. En cuanto a sus autores favoritos, nombra a DeLillo, las hermanas Brönte y Emily Dickinson. Buena elección. 

En otra parte de la entrevista dice que no cree en la literatura de género, sólo en la literatura. Y en esto coincido con ella. Porque claro, hay literatura buena y mala (o literatura y no literatura), pero ya llega a ser absurdo seguir hablando de literatura femenina, liviana o gay sólo cuando algo no es bueno. Eso se llama mala literatura, porque los buenos escritores no cargan con etiquetas (¿alguien alguna vez dijo de E.M. Foster o Maugham eran literatura gay o que Charlotte Brönte era "literatura de chicas"?). Un buen libro con personajes homosexuales no es literatura gay y un buen libro con protagonistas mujeres no es "Chick lit". Y estas etiquetas sólo aparecen en los best-sellers o en libros de dudosa calidad del tipo "Sex and the city" y "El Diario de Bridget Jones".

Lean a la Hustvedt. Por lo menos yo espero con ansias que salga en español su último libro, The Sorrows of an America.



04 septiembre 2008

De Orgullo y Prejuicio


"¿Cómo empezó todo?" le dijo. "Comprendo que una vez en el camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento en el que te gusté?"

"No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería."

"Pues mi belleza bien poco te conmovió. Y en lo que se refiere a mis modales contigo, lindaban con la grosería. Nunca te hablaba más que para molestarte. Sé franco: ¿me admiraste por mi impertinencia?"

"Por tu vigor y por tu inteligencia."





(Ayer me mandaron este diálogo por e-mail y no puedo dejar de publicarlo. Gracias, Darcy, por el regalo)

26 agosto 2008

Un poco de todo

Hoy, mientras investigaba para un nuevo tema, me encontré de golpe con el escritor Wilkie Collins y su libro La Piedra Lunar, que mi amado ya me compró a la hora de almuerzo. La edición es de Montesinos, la misma editorial de Vida y Aventuras de Martín Chuzzlewit, un querido libro de Dickens que me regaló mi amigo Stephen para un cumpleaños y que no tardé en devorarme. Creo que lo mismo me pasará con el libro de Collins, quien por lo demás fue gran amigo de Dickens, así como yo soy gran amiga del amigo que me regaló el libro de Dickens. Una linda casualidad. 

Apenas me lo termine, se lo prestaré, Mr. Dedalus, porque creo será de su gusto, así como el tema que estoy escribiendo y que espero pronto vea la luz. Y a propósito de literatura, aprovecho de recordarles de nuestro próximo mini taller de narrativa, que se realizará el viernes 5 de septiembre en un lugar a convenir, y donde cada participante deberá llevar un texto para leer y compartir. Las inscripciones se pueden realizar en este mismo blog, aunque como en todo buen taller, me reservo el derecho a elegir a mis contertulios. Por algo soy la jefa, ¿o no?

15 agosto 2008

39: Antología del Cuento Latinoamericano

No hay como un día de lluvia para echarle mano a una buena antología de cuentos. Ésta me la regalaron hace casi un año y no sé por qué no la había tomado hasta ayer, cuando decidí comenzar a leerla mientras revisaba unos textos en el Starbucks de Colón y de reojo miraba a Alberto Fuguet que escribía afanosamente en su laptop. Y es una simpática coincidencia que Fuguet -el que alguna vez intentó agrupar a un conjunto de jóvenes escritores latinos en lo que fue su antología McOndo- estuviera a mi lado mientras yo leía este libro, 39: Antología del Cuento Latinoamericano, que también es una compilación de cuentos de escritores latinos menores de 39 años, pero donde cada uno tiene su estilo y tema propio y donde ninguno se siente parte de un movimiento o agrupación. 

Porque esta antología sólo busca pasearnos por la buena literatura latina, mostrarnos estos nuevos escritores, pero de ninguna manera es un libro ciertamente latinoamericano o que busca armar una "nueva generación"; más bien es un libro de literatura universal, donde cada escritor escribió desde el lugar que quiso, sobre el tema que quiso y con las influencias que más le gustaban. Chile aparece muy bien representado en la antología con los cuentos Fantasía, de Alejandro Zambra, y Chica Nazi, de Álvaro Bisama, ambos muy bien logrados. De los demás -todavía no los leo a todos- debo reconocer que me han gustado varios, en especial el de Iván Thays, por lo triste, y el de Junot Díaz (un escritor a mi juicio más norteamericano que latino), y que con su cuento Wildwood nos narra casi una novela en sus cerca de 20 páginas. Además están Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo, Wendy Guerra, Gonzalo Garcés, Pablo Casacuberta y varios de los escritores jóvenes que han dado que hablar en este último tiempo. Muy recomendable.

11 agosto 2008

El Ardor de la Sangre


El domingo me terminé de leer El Ardor de la Sangre -el otro libro que se recuperó de Irène Némirovsky además de La Suite Francesa- y aunque lo encontré un poco folletinesco y la frase "el ardor de la sangre" me hartó por lo reiterativa, debo reconocer que me entretuve bastante y que está muy bien escrito. La trama -ufff, es apasionada- mezcla historias de familia, de amantes y de engaños, y cómo un asesinato saca a la luz los pecados de una hija y también los de sus cercanos en una villa francesa durante el año 1931. Para muestra, un parrafón que se manda el protagonista, Silvestre, de puro despechado:

"Es muy propio de ti, muy propio de una mujer virtuosa decirle a su marido que lo ocurrido hace veinte años sólo fue un momento de locura. ¡Ya! ¿Un momento de locura? Pues yo digo que sólo viviste entonces y que después has hecho como que vivías, has imitado los gestos de la vida; pero el verdadero sabor, el que sólo se prueba una vez, ese sabor a fruta de los labios jóvenes, que tú conoces, lo conociste gracias a mí, sólo a mí". Casi teleserie, ¿no? Igual se van a entretener.

06 agosto 2008

El denostado Somerset Maugham


Cada cierto tiempo alguien me pregunta por Maugham o llega a este sitio buscando información sobre el escritor. Para todos ellos, publico un artículo que escribí el 2007 y que apareció en la Revista de Libros de El Mercurio en junio de ese año.

William Somerset Maugham fue el escritor más exitoso de su época, el que ganó más dinero con sus libros, pero no por eso el más valorado. Al final de su carrera él mismo reconoció ser "el de la primera fila de la segunda categoría", detrás de Virginia Woolf, James Joyce, William Faulkner y Thomas Mann, los entonces favoritos de los críticos. Sin embargo, fue un escritor notable, un cínico que llenó miles de páginas con su estilo desafectado y reflexivo, un inglés de mundo que alternó entre los viajes y el buen vivir, y que de sus muchas experiencias sacó varias novelas, obras de teatro y cuentos exitosos. Ante su popularidad, los críticos se limitaron a observar. Edmund Wilson dijo de él: "De vez en cuando me he encontrado con alguna persona de buen gusto que me sugiere tomar con seriedad a Somerset Maugham; sin embargo, nunca he podido sacudirme la idea de que se trata de un escritor de segunda clase". Por otro lado, sí recibió los elogios de críticos como W.H. Auden, Desmond MacCarthy, Raymond Mortimer y Cyril Connolly, quien en 1944 escribió que su novela El filo de la navaja "era una pura delicia".
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Escrita en 1944, El filo de la navaja fue una de sus novelas más exitosas, junto a Pasteles y cerveza (1930), La luna y seis peniques (1919) y Servidumbre humana (1915), la más importante a juicio de Maugham y también la más autobiográfica de todas. Descrita en su tiempo como "una de las más grandes novelas del siglo XX", la obra tiene como protagonista al estudiante de medicina Philip Carey, un joven fatalmente enamorado y cojo, y que guarda tantas similitudes con el propio Maugham, que a lo largo de sus páginas se puede conocer buena parte de la vida del escritor.
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William Somerset Maugham nació el 25 de enero de 1874 en la embajada de Inglaterra en París y fue el cuarto hijo de un padre abogado y una madre tuberculosa que murieron antes de que el pequeño cumpliera los 11 años de edad. De ahí su vida cambió radicalmente cuando fue enviado a vivir con un tío párroco a Inglaterra mientras sus hermanos permanecieron internos en París, y debió crecer solo, desraizado e infeliz al igual que el protagonista del libro, internado en una fría escuela donde era menospreciado por su pobre manejo del inglés, su baja estatura y su naciente tartamudeo -que en Servidumbre humana aparece reemplazado por el mal del pie equino que tenía Philip Carey- y criado por un tío cruel y distante, que en la novela aparece retratado como el vicario de Blackstable.
Y al igual que el protagonista de Servidumbre humana, después de estudiar Filosofía, Literatura y Alemán en la Universidad de Heidelberg, Maugham decidió convertirse en doctor. Pero tras pasar cinco años en el hospital Saint Thomas de Londres, estudiando de día y escribiendo de noche, en 1897 se atrevió a publicar su primera novela, Liza de Lambeth, la historia de un adulterio y sus fatales consecuencias, situada en un barrio pobre de Londres que había conocido en su práctica como partero. Tuvo tan buena crítica que decidió dejar la medicina y dedicarse de lleno a la carrera de escritor.
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DE ESPÍA DE GUERRA A PRÍNCIPE DE CAP FERRAT
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Pero sus inicios no fueron tan fáciles como esperaba. Después de Liza de Lambeth, escribió en diez años una docena de obras de ficción, entre novelas y obras de teatro, que fueron un rotundo fracaso. Hasta que en 1907 la obra Lady Frederick lo llevó a la gloria. Al año siguiente el escritor logró tener cuatro obras suyas presentándose al mismo tiempo en los teatros de Londres, y una caricatura de la revista Punch mostraba a un nervioso Shakespeare mordiéndose las uñas mientras miraba la cartelera teatral atiborrada de obras de Maugham. A partir de entonces se sucedieron los éxitos para el escritor, que para 1914 ya era toda una celebridad.
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Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Maugham partió al frente de batalla como miembro de la Cruz Roja inglesa, y al igual que Hemingway, Dos Passos y Cummings, se desempeñó como chofer de ambulancia, en lo que más tarde se conoció como la "ambulancia literaria". Al año siguiente, volvió a Inglaterra por un tiempo a promocionar Servidumbre humana, y cuando regresó a la guerra lo hizo como oficial de inteligencia británico. De su experiencia como agente secreto, Maugham sacó una colección de cuentos y una novela, Ashenden, donde por primera vez un espía era retratado como un personaje caballeroso, sofisticado y distante, y que tuvo gran influencia en la obra de Graham Greene, Eric Ambler, Ian Fleming (y su personaje de James Bond) y John Le Carré. Durante esos años viajó mucho, especialmente a las colonias inglesas y a las islas del Pacífico, de donde proviene una de sus más conocidas novelas, La luna y seis peniques -el libro que escribió sobre Paul Gauguin-, y también sus brutales cuentos sobre Samoa, Borneo, Malasia, China, India y Tahiti, donde se advierte la fascinación que sintió Maugham por la vida salvaje de fuera de Europa.
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"Al Este de Suez" (1922), "The Causarina Tree" (1926) y su clásico cuento "Lluvia" (1921) son algunos de los relatos que escribió durante su época viajera, así como su novela El velo pintado (1925), cuya adaptación fue estrenada en cine, y donde Naomi Watts y Edward Norton encarnan a los protagonistas de la historia: el conflictivo matrimonio formado por Kitty y Walter Fane. En el 2004 otra película, Conociendo a Julia, había rescatado a Somerset Maugham del olvido al llevar al cine su novela Teatro (1937), donde Annette Bening interpretó el papel de la apasionada Julia Lambert. Con estas dos películas ya son cuarenta y ocho las adaptaciones de Maugham que han llegado al cine, fenómeno que el propio autor alcanzó a ver en vida. Y no sólo eso, el mismo apareció como anfitrión en algunas de sus películas hollywoodenses de los años 40 y 50.
El que Somerset Maugham sea uno de los escritores más llevados al cine y uno de los más leídos durante su época, se explica por su reconocida capacidad para contar historias, por sus personajes imperfectos pero reconocibles y por su fascinación por las personas que no tenían problemas en renunciar a su mundo con tal de encontrar algo mejor. En Servidumbre humana, Philip Carey abandona París y su vida bohemia en busca de la estabilidad económica y espiritual; en El velo pintado, Walter Fane obliga a su mujer infiel a acompañarlo a una lejana villa en China azotada por el cólera en pos de arreglar su matrimonio, y en El filo de la navaja el adorable Larry Darrell deja su novia, su fortuna y su acomodada vida en Chicago para buscar, en un recorrido por varios países y miles de lecturas, el anhelado sentido de la vida.
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En 1927 el propio Somerset Maugham debió abandonar su hogar en Inglaterra, a su esposa -la decoradora Syrie Wellcome- y a su pequeña hija Elizabeth Mary cuando se hizo pública su relación sentimental con el norteamericano Gerald Haxton. Desde ese momento el escritor asumió su homosexualidad y se exilió en Cap Ferrat, en la Riviera Francesa, en una gran casa que bautizó como Villa Mauresque y que según uno de sus conocidos era "un jardín del edén lleno de silbidos de serpientes": un palacio decorado con obras de Matisse, Gauguin, Léger, Renoir, Monet y Picasso, y que se convirtió en un importante salón literario y social de los años 20 y 30. Winston Churchill, Ian Fleming, Evelyn Waugh, Cecil Beaton, Rudyard Kipling y Rebecca West fueron asiduos visitantes de Villa Mauresque durante esos años, y Somerset Maugham, el anfitrión perfecto, que recibió a sus invitados con ostras y champagne, aunque sin por ello descuidar su trabajo como escritor.
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De esos años es Pasteles y cerveza, la novela favorita de Maugham, que causó gran escandalera literaria en la época por el cruel retrato que hizo de su entonces amigo, el escritor Hugh Walpole y por mostrar al recién fallecido Thomas Hardy como un novelista viejo, tonto y sometido a su joven esposa. Al final de sus días otro libro suyo volvió a traerle problemas y costarle varios amigos: su autobiografía, Looking Back (1962), donde atacó a su esposa Syrie, se burló de su matrimonio e incluso negó la paternidad de su hija Liza. Para 1940 William Somerset Maugham ya era considerado uno de los novelistas más famosos de habla inglesa, "un experto en el arte de escribir", según Truman Capote, y también uno de los escritores más acaudalados. Y aunque decía no saber nada de negocios, supo manejar como nadie sus acuerdos con los editores y fue uno de los primeros autores en enriquecerse con las adaptaciones fílmicas de sus novelas.
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En 1933, a los 50 años, había abandonado el teatro por sentirse demasiado viejo, aunque eso no le impidió seguir viajando y escribiendo por las siguientes tres décadas de su vida. De sus viajes, Maugham sacó memorias y diarios, y también historias que aparecieron en sus novelas y cuentos, donde la ficción y la realidad estaban tan entrelazadas que ni él mismo podía distinguir una de la otra. Su paso por la medicina también lo nutrió de temas literarios ("Vi cómo morían los hombres. Vi el fastidio de sufrir, la cara de la esperanza, del miedo, del alivio") y de un estilo desafectado y frío que mantuvo hasta el fin de sus días.

MISÓGINO Y AGUDO
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Maugham escribió con ironía y agudeza, se mostró indeciso ante las apariencias fáciles y no dudó en criticar al género femenino y la institución del matrimonio. Las protagonistas de sus relatos son antiheroínas de carácter fuerte, descaradas y osadas, con claras ambiciones personales y sexuales. Mujeres atractivas, cautivantes, muchas de ellas infieles o vengativas: mujeres malvadas, que consideran "cien veces mejor ser Becky Sharp y un monstruo de la perversidad que ser Amelia y un monstruo de la estupidez", en alusión a las protagonistas de La feria de las vanidades de Thackeray.
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En sus novelas y obras de teatro, Maugham también se encargó de mostrar, con cinismo, el doble estándar de la clase media y alta en Inglaterra y de cómo toda mentira y engaño se escondía bajo una aparente bendición conyugal. En 1944 publicó una de sus grandes novelas, El filo de la navaja, y en 1947 instituyó el concurso literario que lleva su nombre y que cada año premia al mejor escritor inglés menor de 35 años, y que hasta la fecha han ganado Martin Amis, Doris Lessing, V. S. Naipaul, Seamus Heaney, Ian McEwan, Julian Barnes y Alan Hollingshurst, entre otros.
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Las grandes ventas de sus libros y su buen ojo comercial le permitieron vivir confortablemente hasta el día de su muerte, ocurrida el 16 de diciembre de 1965, a los 91 años de edad. Al final de su vida, William Somerset Maugham se sintió orgulloso de todo lo que había logrado y de haberse convertido en un gran escritor a pesar de su tartamudez, su carácter tímido y la crítica, tantas veces, adversa.Winston Churchill, Ian Fleming, Evelyn Waugh y Rudyard Kipling fueron asiduos visitantes de Villa Mauresque, y Somerset Maugham, el anfitrión perfecto.
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04 agosto 2008

Indulgencia Literaria

En mi colegio no se cansaban de repetirnos que si se comulgaba el primer viernes de cada mes, durante nueve meses seguidos, uno se ganaba la "indulgencia plenaria", que era como el mayor pituto para entrar al cielo una vez muertos. Y como yo no quería quedar fuera del cielo, durante mis años escolares comulgué cada primer viernes de mes en la capillita de mi colegio, y por supuesto, me gané la indulgencia plenaria (por lo menos de mis pecados adolescentes).

Ahora que ya conseguí la indulgencia plenaria (todavía puedo conseguir más, lo sé), voy por la indulgencia literaria, y espero el perdón de los lectores si no les gusta lo que escribo. Para eso creé junto a dos queridos amigos un mini-taller de narrativa, que funcionará los primeros viernes de cada mes en un lugar tranquilo de Santiago donde se hablará de literatura, escritura y del estilo narrativo de cada participante. La primera sesión ya se realizó el viernes 1 en el Café Magdalena y la siguiente será el viernes 5 de septiembre en un lugar a definir, y aunque con esto estamos lejos de ganarnos el cielo, sí podemos llegar a otro premio, sea material, espiritual o simplemente recreacional. 

Por el momento sólo quiero agradecer a los participantes del primer viernes sus importantes comentarios y felicitarlos por sus excelentes narraciones. Los espero en un mes más en un lugar a acordar, así que a escribir, revisar y corregir, que tienen que traer algo nuevo para leer ese día. Suerte.

21 julio 2008

Franny y Zooey

Me gustó Franny y Zooey, aunque aún no tengo claro por qué. La parte dedicada a ella es simple y las descripciones que hace Salinger son puras y acertadas, en tanto que la parte dedicada a Zooey es más intrincada, pero llena de diálogos originales. El libro es entretenido y especial –más un cuento largo que una novela- y los tres personajes presentados, la madre, la hija y el hijo, están tan bien dibujados que se hacen inverosímilmente reales, y hasta adorables. En especial Zooey, la niña menor de la familia Glass, que vive una profunda crisis existencial de la que no quiere salir, y que es un tremendo personaje literario, “una fuente de inspiración”, como me escribió mi amigo Víctor en la dedicatoria del libro, y que se hace inolvidable de principio a fin. Una linda novela que toca de lado el tema de la familia y de la tolerancia, y que nos hace ver cómo cada pequeño mundo tiene sus propias claves y cómo cada familia tiene sus propias palabras, secretos y complicidades.
Muy lindo regalo, y absolutamente recomendable.

19 abril 2008

Premio Becky: Concurso Literario de Último Minuto

Becky Sharp te invita a participar del
Premio Becky al mejor cuento inédito. Para participar sólo debes mandar un cuento (no muy largo), ser mayor de edad y residir en Chile. El plazo de envío vence el lunes 21 a las 23:59 horas y el ganador será anunciado en este mismo blog el día miércoles 23.
Premio único: Una once con Becky Sharp en lugar a escoger y una foto autografiada por ella misma. ¡Participen! Sólo quedan dos días para que el jurado tome su decisión.

Envía tu cuento como comentario a este post y espera su publicación. Mientras más cuentos envíes, más posibilidades tienes de ganar. Mucha suerte.

27 diciembre 2007

Mi librero

Hoy empecé a embalar mi casa. Y como es de suponer, comencé con mis libros, mis bienes más preciados. Libros de arte y de literatura, novelas y noveluchas, diccionarios y enciclopedias, revistas de decoración y catálogos de punto cruz, libros antiguos -viejos, usados, heredados- y libros nuevos que no quise o no pude leer: todos los tesoros que he ido sacando del viejo estante de libros y que, de a poco, he comenzado a instalar en las virginales cajas de cartón cuyo destino es mi nuevo hogar.

Entre los hallazgos he encontrado varios de mis libros de infancia: el adorado libro de cuentos rusos, las novelas de Enid Blyton, el viejo diario de vida y un folleto de México que he atesorado desde los diecisiete años. También he encontrado cartas de amigas (algunas bien comprometedoras), postales, dibujos y varios poemas de amor que nunca envié. Por Dios que he guardado secretos durante estos años.

En este mueble están los libros de sexo y esoteria que más de alguna vez consulté en la adolescencia; están todos los diarios de Anaïs Nin y los libros de Henry Miller que leí a los dieciocho; están los clásicos ingleses, los Dostoivevski, Nabokov, Proust y Flaubert; los libros de moda, los McEwan, Amis y Roth, y los libros de autoayuda, de ayuno, tejido en telar, yoga y Kamasutra.

Los libros de viajes son tantos y sólo he usado el de Italia y París. Espera el de México, India y Escocia. También espera La Guerra y la Paz y cinco tomos de En Busca del Tiempo perdido. El Kamasutra ha sido hojeado a la ligera y la Antidieta todavía está encerrada en celofán. Pero hay otros que he leído más de una vez (Madame Bovary y Poemas de Paul Eluard, especialmente) y varios libros desarmados o subrayados por mi exceso de pasión.

Con las manos empolvadas he revisado mis lecturas desde los doce años hasta mis treinta y tres y, aunque no me enorgullezco de todos mis libros, por Dios que he leído durante estos años. Y por Dios que he acumulado historias en este lugar.