Y eso que Becky es bastante moderada en sus gastos. Nunca en su vida se ha comprado una cartera cara o cremas de marca (las que tiene se las regala su madre o su abuela) ni tampoco va a la peluquería, al gimnasio o al spa. Como detesta que alguien le maneje tampoco gasta en taxis y prefiere ir a una fuente de soda que a un restaurant. Pero así y todo está endeudada y espera aterrada la cuenta hospitalaria de su última intervención.
Por suerte su operación fue todo un éxito y finalmente le sacaron los dos cálculos que tenía en la boca. El doctor quería dejarla un día en la clínica, pero Becky se negó. “No tengo con quién dejar a mis hijos”, le dijo incorporándose en la cama, así que el doctor no tuvo más remedio que darle el alta y verla partir.
Medio mareada por la anestesia llegó a su casa, acostó a sus hijos y leyó un par de páginas de Jill (además se identificó con el protagonista pobretón). “Quedan todavía dos semanas para que termine este mes”, pensó antes de dormirse, “y tantas cuentas que pagar”. Sin el cálculo en la boca y con calculadora en mano, tendrá que hacer malabares hasta mayo o conseguirse un trabajo (o un amante) más lucrativo del que tiene en la actualidad.