Hace un par de años un generoso amante le regaló a Becky una libreta Moleskine para que anotara "sus pensamientos". Ella -tan esnob y arribista como siempre- quedó fascinada con el cuadernito de cuero italiano (él mismo que supuestamente usaron escritores como Hemingway o Chatwin) y lo llevaba a todas partes en su cartera, sintiéndose con él como una verdadera escritora de viajes.Lo llevaba a su taller literario para tomar apuntes y al supermercado con la lista de compras; lo usaba para anotar teléfonos y para guardar boletas y recibos en el bolsillo secreto; lo llenaba con muestras de géneros y con apuntes sin importancia. Lo único que no hizo fue llenarlo de "sus pensamientos", no porque no los tuviera sino porque no le daban ganas de escribirlos sobre el papel.
Y pasó que hace unos días la famosa libreta de Becky explotó. Ocurrió mientras conversaba con una amiga afuera de la Galería Animal -Becky con su Moleskine en la mano estaba anotando el teléfono de un gásfiter- cuando el elástico café que envuelve la libreta se rompió tirando al suelo decenas de papeles y boletas, géneros y cotizaciones, y convirtiendo su arribista libreta en un simple cuaderno viejo. "Adiós querida Moleskine", se dijo Becky, y por un segundo pensó en lo riesgoso que era ser tan esnob.
Y pasó que hace unos días la famosa libreta de Becky explotó. Ocurrió mientras conversaba con una amiga afuera de la Galería Animal -Becky con su Moleskine en la mano estaba anotando el teléfono de un gásfiter- cuando el elástico café que envuelve la libreta se rompió tirando al suelo decenas de papeles y boletas, géneros y cotizaciones, y convirtiendo su arribista libreta en un simple cuaderno viejo. "Adiós querida Moleskine", se dijo Becky, y por un segundo pensó en lo riesgoso que era ser tan esnob.