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15 marzo 2018

Tres libros que no pensaba leer


Cada enero me preparo de un buen arsenal de libros para partir a la playa por un par de semanas con mis hijas y sus infaltables amigas invitadas. Los libros son mi especie de armadura frente a este verdadero team de verano formado por ocho adolescentes para quienes las vacaciones son puro grito y baile –y canturrear Moral Distraída a toda hora- y mi excusa para resguardar un par de lugares de silencio en la casa –mi pieza y el living- y escapar del desorden constante, el parlante sonando en la terraza todo el día y el interminable sonido del secador de pelo cada noche. Los libros también son mi compañía para hacer hora mientras espero que vuelvan de carretear.
Pero algo pasó este año que me quedé sin libros. Los que había encargado a Book Depository estaban retenidos en una bodega de correos y minutos antes de partir a la playa no tenía nada nuevo que leer. Llevaba un tiempo pegada con escritores latinoamericanos nacidos en los 70 y 80 y sus historias de barrios, boliches y viajes, y de repente me vi buscando en mi biblioteca algún libro que hubiera quedado rezagado. Y ahí estaba Tierra desacostumbrada (Salamandra, 2010) el libro de relatos de Jhumpa Lahiri que había comprado hace varios años y que no sé por qué no había leído.
Demás está decir que el libro me encantó. Relatos bien escritos, sobrecogedores y simples sobre padres, hijos y hermanos de inmigrantes bengalíes que viven en Estados Unidos y Europa, con realidades e identidades muy disímiles y un distinto grado de cercanía o apego a su origen indio. Son historias de familias, de vecinos, de amantes: cuentos que hablan de los éxitos económicos o académicos de estos inmigrantes -también de pérdidas y grandes dolores-, pero siempre, aunque sea disimuladamente, del aporte bengalí a la sociedad occidental.
Cuando terminé el libro volví a leer el epígrafe del comienzo, que es una cita tomada de La Aduana de Nathaniel Hawthorne. “La naturaleza humana no dará fruto, al igual que la patata, si se planta una y otra vez, durante generaciones, en la misma tierra agotada. Mis hijos han tenido otros lugares de nacimiento y, hasta donde alcance mi control sobre su fortuna, echarán raíces en tierra desacostumbrada”. La cita queda perfecta si hablamos de inmigración y de las ventajas de la multiculturalidad. Pero también si la aplicamos a nuestras vidas, cuánto más ricas son nuestras conversaciones cuando estamos sentados en una mesa diversa en edades, sexos, pensamientos. Cuánto más ganamos cuando salimos de nuestro barrio, de nuestro círculo de conocidos y vemos lo que pasa más allá. Pero es más fácil decirlo que practicarlo. A medida que mis hijos crecen me cuesta ver que siguen caminos distintos a los que en mi mente les he trazado. Eligen sus lecturas, sus amigos, y hasta sus vacaciones. “Qué bueno que no siga tus pasos”, me dice mi amigo Rodri cuando le cuento que el mayor de mis hijos entra a una facultad de periodismo distinta a donde yo estudié. Y tiene razón, es mejor que cada uno siga su propio camino, pero cuesta asumirlo cuando eres malaza para los cambios.
Los días están nublados en la playa y las adolescentes no se pierden noche de discoteque. Busco en esta casa algún otro libro para leer y encuentro uno que había dejado mi marido en navidad. Muriendo por la dulce patria mía (Laurel, 2017) un libro sobre Arturo Godoy, el boxeo chileno e Iquique, tres cosas que no podrían interesarme menos, pero que me cautiva de inmediato. Escrito con maestría por Roberto Castillo, quien aparece como narrador e investigador de una historia magnífica donde intenta reconstruir la vida del campeón chileno de box a través de mitos y verdades, cartas, entrevistas, diarios y uno que otro encuentro (como la descabellada comida  que tuvo el propio Castillo con el nonagenario manager de Godoy en su departamento de Nueva York), y que forman un conjunto gracioso, triste, glorioso y, a mi parecer, muy auténtico de lo que fue el gran Arturo Godoy.
Veo que en Twitter algunos de los que sigo se han puesto a leer La Divina Comedia siguiendo una invitación que hizo el ensayista @maurette79 a hacer una lectura, simultánea y masiva, del famoso libro de Dante Aliguieri. Y aunque no tengo el libro en la playa, sigo a @autodante que sube un canto al día en Twitter y me uno a esta lectura compartida que comenzó el 1 de enero y que espera terminar con el canto 100 el 10 de abril.
Y pienso en la frase de Hawthorne y la asocio con la lectura. No hace mal leer, de vez en cuando, lecturas desacostumbradas. Buscar otras editoriales, leer un clásico de hace 700 años en Twitter, abrirse a otros escritores. Y después volver a casa con la sensación de haber viajado y sembrado y entonces, retomar lo tuyo con la cabeza más abierta y leer con felicidad esa Emma de Jane Austen que habías olvidado en el velador.

Publicado en el blog de Fundación La Fuente el 20 de febrero del 2018 (fundaciónlafuente.cl)


13 octubre 2016

Libros que llegan por azar


Suelo caer en las novedades. En el libro de cuentos recién aparecido, en la novela que ganó el premio Man Booker, Booker, Goncourt, o el que sea, el último libro del autor o autora que aparece en el New Yorker o en el Guardian, en las reseñas de los diarios o revistas locales e hispanos, y me olvido de los otros, los libros que se escribieron antes, a menos que ocurra algo fortuito que me lleve a ellos o sea época de vacaciones, donde siempre recurro a algún clásico, de esos gordos, que termina volviendo a Santiago con sus portadas gastadas y sus hojas llenas de arena.
Hace unas semanas una amiga, a punto de parir, me pidió que le prestara un libro entretenido. Le había recomendado La montaña mágica y lo había encontrado soporífico y necesitaba distraerse antes de que naciera Facundo. Entonces me acordé de un libro que compré hace como diez años y que, aunque sabía que era bueno, nunca leí. Pero mi amiga no pudo pasar a buscar el libro a mi casa y después de ver durante días El buda de los suburbios en la mesita de la entrada, me decidí a leerlo.
Y resultó que el libro me encantó de principio a fin. Es la historia de Karim Amir, un niño de padre indio, nacido en Londres, que crece en un suburbio pobre de esta ciudad y que descubre de a poco los códigos para sobrevivir en una escuela donde los indios son discriminados,  donde las oportunidades son escasas y la educación es asunto de privilegiados. Un niño que crece con un papá que se convierte –de un día a otro- en un santón del barrio, y que le hace descubrir un mundo más amplio, y donde Karim empieza a escalar cada día más socialmente (y descender moralmente) al conocer el Londres de la burguesía intelectual, de la experimentación sexual de los 70, del snobismo del arte y de la soledad de la gente rica. La novela, escrita por Hanif Kureishi en 1990 también ganó un premio literario en su momento, pero 16 años después uno ya ni se acuerda de eso. Finalmente queda la novela, a punto de pasar a ser un clásico de este autor tan conocido por sus guiones de películas (Mi hermosa lavandería y Sammy y Rosie van a la cama, que fueron dirigidas por Stephen Frears), una obra graciosa, profunda e irónica sobre la iniciación sexual, social y cultural de un joven inglés al que muchos en su país ven como un extranjero.
No había terminado la novela cuando por casualidad –en un vuelo de avión- me encuentro con una película de Wes Anderson que no había visto: Viaje a Darjeeling, estrenada el 2007, donde tres hermanos hacen un viaje por la India para encontrar a su madre que los había abandonado años atrás. La película está llena de imágenes imborrables, de estos hermanos que se odian pero se adoran y que terminan haciendo esta especie de viaje de sanación para superar la muerte del padre, la ausencia de la madre y expiar sus propios fracasos. La película está llena de imágenes de la India, de los trenes, de los paisajes, de su gente, a diferencia del libro de Kureishi, donde la India es el lugar de origen del padre, pero al que nadie en su familia ha querido volver. Karim, el protagonista de la novela de Kureishi, ni siquiera habla indio, y cuando lo contratan en una obra de teatro para hacer el papel de Mowgli de El libro de la selva inventa un dialecto propio, mezcla de inglés, indio y cockney, que se roba todas las carcajadas del público.
Unos días después de terminado el libro (y ya de vuelta de mi viaje) me llama un amigo para invitarme a un taller de lectura. Más por socializar que por leer (porque por trabajo o por gusto siempre estoy leyendo), le digo que sí y me cuenta que el libro del mes es Vida de familia, de Akhil Sharma, uno de los escritores destacados por la revista Granta. A estas alturas ya pienso que esto es más que una casualidad. Por tercera vez en el mes voy a meterme en una historia relacionada con la India.
Ahora es sobre una familia india que se va a vivir a Estados Unidos en los 80 con la esperanza de salir de la pobreza y alcanzar el sueño americano. Pero en Estados Unidos aparecen las más grandes frustraciones: el desarraigo, la soledad, la discriminación. El protagonista, Ajay Mishra, comienza a narrar esta historia desde que tiene 8 años, y en su relato aparecen sus grandes dolores, el rechazo de sus compañeros, el alcoholismo del padre y la enfermedad de su hermano mayor. Hasta que, por azar, conoce la literatura –y en especial la obra de Hemingway- y comienza a leer y escribir; y la escritura se convierte, de pronto, en la coraza que necesita para defenderse de los ataques de sus compañeros: “Ahora empezaba a sentir que iba por la vida coleccionando cosas que podría utilizar más tarde: el sonido de una pelota de ping-pong era como una mujer que camina con tacones altos, el flujo de la ducha era como los parásitos en un televisor. Me protegía ver cosas como material de escritura. Cuando un chico buscaba pelea diciendo: ‘Eres vegetariano, ¿eso quiere decir que no comes coños?’, pensaba que podría servirme para un texto narrativo”.
La literatura nos lleva a coleccionar imágenes, frases, personajes. También nos lleva a rumbos desconocidos. Un autor te lleva a otro, un libro te lleva a otro, y una historia puede ser contada de mil maneras. La familia de Ajay Mishra –como la familia de El buda de los suburbios- nunca más vuelve a la India, y el lejano país –que ha aparecido representado en la literatura de tantas maneras como por tantos autores –Naipaul, Maugham, Forster, Lahiri, y tantos más- acá se nos presenta como una ausencia, como el lugar del que vienen las familias Amir y Mishra, pero que de a poco se va desdibujando –como una foto vieja- en la memoria de quienes han emigrado.

Publicado el 30 de septiembre de 2016 
Fundación la Fuente


15 agosto 2012

quincuagésimo séptimo día de invierno

No pude encontrar en ninguna biblioteca la edición de Soledad de la sangre que se editó en Montevideo en 1967 y que tiene el importante prólogo de Ángel Rama que necesitaba para mi tesis. Así que tuve que comprar el libro y, con el dolor de mi alma, pagar las 12 lucas que me pedían en la librería El Cid. Pero me quedé con el libro y no con las fotocopias del famoso prólogo (que me habrían costado menos de luca aunque de seguro terminarían más temprano que tarde en algún basurero de esta casa).

Tampoco encontré liebre (transporte escolar) para que lleve a mis niñitas al colegio mientras estoy de viaje. Parece que en el colegio no se usa que las niñas lleguen adentro de un furgón. Así que tuve que contratar a una antigua baby sitter para que en las mañanas haga de chofer y me lleve a las Beckitas al colegio. En auto, que es como llegan todas.

Y tampoco encontré el libro de lectura que le pidieron a la Beckita mayor para este mes. El libro se llama Esperanza Renace y no lo venden en ninguna librería ni tampoco está en kindle, para encargarlo como lo hice la otra vez. Y me da harta lata que le pidan libros de lectura que no vendan ni estén en bibliotecas, y que en la biblioteca de su colegio no alcancen los ejemplares para todas las de la generación. 

Mejor me voy a leer. Un libro usado, de 1967, que me costó 12 lucas en la librería El Cid. Y que seguro no lo vendo ni en seis. Prometo que cuando termine esta tesis lo donaré a la biblioteca de la Chile. Y si encuentro Esperanza Renace lo guardaré para la otra Beckita y después lo venderé. 


01 agosto 2012

cuadragésimo tercer día de invierno


Ah, y me olvidaba. Esta es la novela que estoy leyendo: Tierna es la noche. En una edición no tan linda como la de la foto y que me llega a dar vergüenza en la sala de espera del kinesiólogo, porque parece libro de autoayuda.

Pero es la que edición que encontré (y que llevo en la cartera para leer en las esperas afuera del colegio, afuera del kinesiólogo, afuera de las clases de batería, de inglés, de atletismo, volleyball o lo que sea). 

En esos momentos de espera diarios -que suelen ser muy aburridos y en los que no sólo me pregunto dónde están los abuelos de estos niños, sino también su padre-, en esos momentos saco mi libro, el que esté leyendo, y me olvido de la lata y vuelvo a ser feliz. 

Nos vemos otro día de invierno. Quizás mañana, que puede ser un día de lluvia.

26 junio 2012

séptimo día de invierno

Escribo y deshago mi tesis. No me acomodan las palabras doctas e insisto en escribir algo que cualquiera pueda entender. Y me quedan párrafos entretenidos, vivos, claros, pero que no sé si son los apropiados para una tesis de magister. Por mi ventana veo árboles gigantes y un sol de invierno que calienta hasta las 6. También veo a mi perro acostado sobre los adoquines, gozando con los rayos del sol.

Tengo ganas de comerme un chaufa de camarones. De esos ricos que preparan en el Olán o en el restaurant del centro que mis amigos me tienen prohibido mencionar. Es que no quieren compartir el dato con más gente y que se termine llenando demasiado -como pasó con el boliche de doña Celestina- y que los precios terminen por las nubes. 

A veces pasa con ciertos autores que uno adora que dan ganas de compartirlos con los demás. Para poder comentarlos, gozarlos juntos. Pero hay otros que uno siente tan propios que, egoístamente, no quisiera que nadie más leyera. Reconozco que me pasó con Paula Fox. No era tan conocida en Chile y yo la adoraba (la sigo adorando) y sentía que sus libros me pertenecían tanto que nadie más los iba a apreciar como yo. Igual a veces la recomendaba, quizás sin tanto entusiasmo, pero reconozco que era feliz de que nadie más la conociera. Eso sí, con los años empecé a sentir, de a poco, que debía compartirla con los demás. Y bueno, finalmente terminé escribiendo sobre ella y le di bastante notoriedad.

Quizás en unos meses más les recomiende el restaurante peruano que descubrieron mis amigos, cuando ya no sea importante mantener el secreto. Y quizás también recomiende otros autores que me he dejado sólo para mí. Por el momento hablo de lo quiero compartir. Del Rishtedar, de la marcha, de las Beckitas y de algunos libros. Y dejo las otras cosas para una siguiente ocasión.



25 junio 2012

sexto día de invierno

"Tengo una deuda con Anna Karenina" es un eufemismo para decir que aún no la he leído. Pero este año la leo de todas maneras. Demás está decir que espero con ansias la adaptación que hizo Joe Wright de la novela de Tolstoi. Se espera su estreno para fin de año.

22 junio 2012

tercer día de invierno

Hoy tuve que hablar de Marta Brunet en una charla para alumnas de cuarto medio y creo que estuvo bastante bien. Me pagaron con una bufanda de seda bien bonita. Al almuerzo me junté con mi amigo R. en el Huerto y me contó que en su colegio se pagaban estas charlas con plata. 70 lucas por charla, aunque si el conferencista era famoso podían llegar a pagarle 200. Mi charla fue bien simple, muy tranquila y conversada y no podría haber cobrado por ella. La bufanda se me ve preciosa y me combina con mi cartera de new york.
***
En la casa del lado hay un cumpleaños infantil. Me imagino que la festejada debe andar por los 12 o 13. Cantan y bailan, y gritan a todo pulmón. Desde mi pieza sólo escucho gritos, me es imposible leer. Debe ser una venganza por el cumpleaños que celebré el viernes pasado en la tarde. El cumpleaños de mi hija también estuvo a todo pulmón.
***
Antes de llegar al Huerto pasé a comprar Fresita para la previa de la marcha por la igualdad. No sé cuántos llegarán a la casa de P. y R., pero espero que sean muchos, para que juntos caminemos por Santa María, por el puente redondo, por la Alameda hasta el final. No se me puede olvidar mi bandera multicolor -que alguien me regaló en la marcha del año pasado- y el pañuelo con los colores del arcoiris que me trajo V. de su viaje a Ecuador.
***
Después de almuerzo, me regalé un libro. Un clásico que nunca leí. Y pasé a dejar a R. a su edificio francés. En el camino me cuenta que alguien de la administración decidió colgar lámparas artesanales en todos los pisos del edificio. Me acordé de los problemas que había en mi antiguo edificio y de las discusiones sobre el buen y mal gusto de este vecino y de aquel. Si viviera en el edificio de R. de seguro estaría en pie de guerra contra esas lámparas nuevas, así que entiendo su malestar. Yo tengo una vecina que me ilumina desde su casa con una lámpara halógena, y que me hace sentir, sentada en el baño, como si estuviera en un interrogatorio de la ex-CNI. Yo, en cambio, ilumino mi calle -desde el tercer piso- con una lámpara que es preciosa, aunque de seguro para la diseñadora de las lámparas artesanales y para mi vecina, debe de ser un horror.

20 junio 2012

primer día de invierno

Escribo, corrijo, deshago y leo. Y los días se me pasan escribiendo -o tratando de escribir- una tesis que no avanza. Mientras, sigo con mi vida. Niños con muchos quehaceres, uno que otro texto que escribir, algún libro que reseñar, cosas que arreglar en la casa, y las típicas latas de las que no sé por qué tenemos que encargarnos las mujeres en las casas.

Hace poco estuve de cumpleaños y lo celebré por partes, como ya es una costumbre. Amigas al almuerzo, comida con amigos en la noche, familia el fin de semana y una mini fiesta el sábado para los amigos más bailadores. Y todo resultó muy bien y además de estar muy regalada.

La fiesta, divertidísima. Hace mucho tiempo que no me reía tanto. Mr. Sharp de smoking y humita dorada, y yo de vestido metálico, bien dorado y brillante, como sacada de la próxima película de El Gran Gatsby. Un vestido altamente peligroso, como me dijeron al día siguiente, porque no faltó el que se hizo cortes en las manos por tomarme en andas mientras bailábamos. Ahora entiendo porque Rafaella Carrá usaba patas de lycra para sus bailes. Pero son los riesgos a los que se exponen quienes me rodean. Les puedo dar mi amistad, pero también pueden salir heridos. O incluso ser víctimas de la globoterapia.

Libros me regalaron dos. Uno de Siri Hustvedt y otro de Juan Pablo Roncone, Hermano Ciervo, que es un conjunto de cuentos muy buenos, similares a los que él escribía en el taller literario al que íbamos hace años. También me regalaron ropa, platita y muchas cosas para el cuerpo y la casa. Y todas me encantaron. Yo me regalé Novelas de Flannery O'Connor, una escritora formidable que sorprende bastante con estas dos novelas -las únicas que escribió junto a sus decenas de cuentos- y que nos narran dos historias entre heréticas y religiosas, con protagonistas que son como héroes que luchan contra la fe del mundo, pero que terminan siendo -cada uno en su estilo- más creyentes que cualquiera. 

Otro libro que leí -aparte de todo lo que he leído para la tesis- es el último libro de Franzen, Farther Away, que es un conjunto de sus mejores artículos y reseñas de prensa. Y está bien bueno, en especial el ensayo dedicado a Personajes Desesperados y a su autora, la gran Paula Fox. El libro no ha llegado a Chile (me lo traje de Nueva York en mayo), pero vale la pena conseguirlo. Otro que me traje y hojeo de vez en cuando son los poemas completos de Philip Larkin, que son una maravilla y que uno debiera tener en el velador. Ahora creo que voy a leer el libro de Siri Hustvedt y luego voy a lanzarme con un par de clásicos: El Gran Gatsby y Anna Karenina, para ponerme a tono con las dos películas que llegan a fin de año.


Quizás debiera leer menos, como aconseja Philip Larkin, y hacer otras cosas, pero no son muchas más las cosas que me gustan hacer. Quizás debiera escribir más (¿y volver al mini taller?). Todo puede ser. Por lo pronto, sigo leyendo y sigo amando. Y sigo en marcha por la igualdad de los derechos de todos. 
Por eso, a los que me quieren y también a los que no (y que igual sapean este blog) los invito a marchar este sábado 23 de junio en Santiago, por un país más justo y con iguales derechos para todos. Es importante y es necesario. La cita es a las 14:00 en Plaza Italia. Los espero a todos. 
Y nos estamos viendo en otro post.




27 junio 2011

Menos Carver y más Bombal




-¿Qué escritores chilenos le gustan?

-¿Chilenos? -piensa unos momentos-. Leo en  general más escritores extranjeros que chilenos, Roth, Auster, Chandler, Carver, Hemingway, Scott Fitzgerald.


Entrevista a Luciano Cruz Coke, ministro de cultura de Chile. (Revista El Sábado, 25 de junio de 2011).



No es novedad que el ministro de cultura no lea autores chilenos. De hecho, en marzo de este año ya había manifestado, en el suplemento Artes y Letras, su afición por escritores como William Faulkner, Scott Fitzgerald, Paul Auster y Richard Yates, "más algunas novelas de Phillip Roth". "Además Hemingway y los cuentos de Herman Melville", dijo en esa oportunidad. "La novela negra de Raymond Chandler me fascina, así como la narrativa inglesa de Ishiguro y McEwan". 

Y, debo decir que varios de esos autores son también los que leo yo. Pero no por eso puedo dejar de comentar que hay algo que me molesta profundamente en sus palabras, o más bien en su canon literario, y es la falta de autores nacionales. Nadie está obligado a leer autores chilenos, pero ¿no es un poco extraño que nuestro ministro de cultura no lea autores chilenos? ¿No hay ninguno que le agrade, de los vivos o los muertos o es simplemente que no los conoce?

Porque, aunque los libreros nos vivan recomendando libros extranjeros, y las novelas de Anagrama (la llamada mafia amarilla) se nos aparezcan hasta en la sopa (y se ven tan lindas en nuestros libreros, como me dijo una vez un amigo), hay algo, parece, que el ministro de cultura no ha notado: hay más autores que los norteamericanos, más editoriales que Anagrama y muy buenos autores nacionales.

No lea a Ampuero, no vale la pena (lo digo a punta de prejuicio porque nunca he ni siquiera ojeado sus novelas), pero lea a Couve, que tiene una visión estética que le encantaría a un espíritu sensible como el suyo. O lea a Marta Brunet y a María Luisa Bombal, que son excelentes. O a Lemebel, que es tan potente. O a Bertoni y sus poemas geniales. Y para qué decir a Bolaño -ah no, verdad que no le gustó Bolaño-, pero puede leer a Zambra, ¡y son novelas cortas! Quizás en un fin de semana puede leerse las tres  de un tirón. Y le van a gustar. Y no son tan caras como las de autores gringos que publica Anagrama. Y son habladas en chileno. Sin traducciones llenas de palabras como joder y gilipollas. Va a gozar, ministro, como he gozado yo. Y deje las novelas norteamericanas por un rato, para que se conecte con la escritura chilena y con los escritores que postulan año tras a año a los concursos y fondos que su ministerio suele entregar. No se arrepentirá.

30 abril 2010

En el Canadian Express

Desde que entré a la universidad ando con un fajo de fotocopias en el auto y un destacador amarillo en la cartera. Así, en cualquier minuto libre, me pongo a leer y subrayar como posesa los ensayos de Piaget, Bajtín, Gutiérrez Girardot y Bourdieu, que se han convertido en mis nuevos compañeros de café, y por quienes -por el momento- he debido abandonar a mis queridas amigas, las novelas, que esperan entre el velador y la repisa que me apiade de ellas y las tome de nuevo entre mis manos. Mi hijo mayor, de 12, preocupado por mi cambio de lecturas, me aconsejó una noche, antes de acostarse, que no dejara de leer novelas, "porque son tan entretenidas" y abandonara las fotocopias un rato. Y como buen lector que es me recomendó el libro que, fascinado, se había terminado hace unos días, El Asesinato en el Canadian Express, de un tal Eric Wilson.

Y el librito forrado en plástico quedó sobre mi velador por varios días, y cada noche, antes de dormirme, lo miraba e incluso un par de veces lo tomé para leerlo, pero era tanto mi cansancio que me dormía antes de llegar a la segunda página. Y todas las mañanas mi hijo me preguntaba por el libro y yo veía su carita de decepción cuando le decía que no había podido leerlo. Hasta que el martes me di cuenta de lo egoísta que había sido. Yo, que vivo recomendándole libros, que lo hago leer a Poe y a Melville, que le muestro la diferencia entre un libro de tapas bestselleras y un clásico de la literatura, que le digo siempre y en todo momento lo feliz que me me pone verlo leer; yo, la misma que he ayudado a formarle un gusto y una opinión, que escucho cada uno de sus comentarios, ahora no me estaba dando cuenta que mi niño, a sus 12 años, me estaba recomendando un libro. Un libro que le había gustado, por supuesto, pero que además él creía que era un libro bueno y del que necesitaba saber mi opinión.

Y así fue como el miércoles en la mañana decidí dejar a Bajtín de lado y sumergirme en el famoso Canadian Express. Y me tomé en serio el trabajo, tomé apuntes, puse atención en cada una de las 160 páginas y cuando lo terminé -a eso de las 3- esperé a mi hijo con mi análisis literario ya terminado. Y debo reconocer que lo dejé sorprendido. ¿Cierto que era bueno, mamá?. Buenísmo, le contesté, aunque no dejé de comentarle que me parecía extraño que al niño detective se le hayan pasado varias pistas del asesinato. Pero esa es la gracia, mamá, me dijo con su voz ronquita, eso lo hace más real, porque es sólo un niño. Y ahí entendí que por más que se lea con atención un libro, cada uno -desde su experiencia- le va a dar una lectura distinta, personal y única a "su" libro. Y no es por mamá chocha, pero debo admitir que la lectura que hizo mi hijo fue bastante más acertada que la mía.

28 septiembre 2009

La Barrera del Pudor

Ya apareció la tercera novela de Simonetti. ¿Quién será el primero en comentarla? ¿Algún voluntario para pasar la barrera? Yo, por mi parte, espero terminarla antes de dar mi opinión. Que es muy feo hablar de libros que no se han leído. Y más feo aún es hablar mal de libros que no se han leído.

02 septiembre 2009


No tengo mucho tiempo, por eso aprovecho este medio para dar los siguientes avisos:
1.- No habrá mini-taller esta semana. Las razones: Londres, París y Madrid.
2.- Gracias Diego por traerme las entradas para lo de McEwan. Iré de todas maneras. Y perdone por haberlo tratado mal.
3.- ¿Alguien irá a lo de Darwin? Estoy dudosa, como voy a ver a McEwan en la UC, no sé si será mucho verlo el martes también.
4.- No habrá concurso Becky, ganó el No con 10 votos contra 9. Me reí mucho con los votantes, hasta de provincia votaron para esta elección.
5.- ¿Quién me acompaña a lo de McEwan?
6.- ¿ Quién mató a Elisa?
7.- ¿Quién subió los precios en el Olán?
8.- ¿Quiénes son mis enemigos?
9.- ¿Quiénes siguen este blog?
10.- ¿Por qué hay gays que se casan con mujeres?
10.- Escriban (los que saben hacerlo) y guarden sus escritos para nuestro próximo mini- taller dieciochero, con empanadas y fierritos, y la infaltable chicha rosada.
Los quiero.

30 agosto 2009

Alicia en la conferencia de Richard Ford

El otro día vi a mi amiga Alicia en la conferencia que dio Richard Ford en la Casa Central de la UC. Estaba sentada con un hombre muy guapo -atrás, como para pasar inadvertidos- y se reían y conversaban divertidos, y siguieron riéndose mientras esperaban a que Richard Ford les firmara un libro. Ella llevaba Acción de Gracias, el joven guapo un bolsito lleno de papeles. Atrás un amigo de chaleco morado les mostraba sus tres libros: De Mujeres con Hombres, El Día de la Independencia y El Periodista Deportivo. Más allá Carla Guelfenbein mostraba Un trozo en mi corazón a sus amigos Pablo y Rafael.

Yo desde atrás miraba a Alicia, mujer casada, que sin disimulo coqueteaba con este joven guapo y a quien unos segundos después vi conversando con el mismísimo Ford. Y Ford le tomaba las manos y ella le hablaba en inglés, y Ford la miraba con sus ojos celestísimos y ella le agradecía la dedicatoria y los "warm wishes" con coquetería. Y el hombre guapo sólo acompañaba porque no sacó ningún libro del bolsito ni saludó a Ford, y de seguro la va a acompañar a McEwan y a Franzen y a todos los que vengan este año, mientras yo hacía mi fila sola.

Más tarde mientras esperaba mi micro a la salida de la UC Alicia pasó a mi lado y me saludó. "Voy apurada, mi marido me está esperando", me dijo y el joven guapo sonrió. Y mientras la veía alejarse camino a su auto, con su amante de la mano, un marido esperándola en casa y su libro dedicado tan cariñosamente por Richard Ford, sólo atiné a pensar: "Qué rabia, como odio a esta Alicia".

10 agosto 2009

Las lecturas de mis hijos

"La Historia del Osito Bosque" es el cuento favorito de mis hijos, aunque llevan años escuchándolo. Es la historia de un osito goloso y desobediente, que suele meterse en líos por no hacer caso a sus padres o seguir los malos pasos de su amigo Lagartijín. Es una historia simple, que comienza y termina con una pegajosa canción, pero que no ha dejado de entretenerlos en todos estos años porque es una historia divertida, que tiene aventura, acción, e incluso peligro, pero siempre un final feliz.
No traten de googlearla o buscarla en alguna librería, porque no la encontrarán. "La historia del osito bosque" fue inventada hace años por mí (en especial la canción), pero cuyo argumento fue creciendo muchísimo gracias a los aportes de mis hijos y de mi Jorge (que incluso durante un tiempo le dio un carácter medio violento a un par de personajes, para deleite de mis hijos) y hoy en día es una historia inmensa, preciosa y, principalmente, nuestra.
De todos los libros que les leí cuando eran chicos y de todos los que he comprado, creo -sin lugar a dudas- que el osito bosque sigue siendo el personaje literario favorito de mis hijos, más que Winnie, Peter Rabbit y los muchos Jerónimos, Papeluchos y Teos. Y creo que el amor que ellos sienten hoy por la lectura y en especial por las buenas historias se debe mucho a ese osito guatón y porfiado que con sus aventuras logró convertir el tiempo de acostarse en un minuto para las palabras, y en especial, para soñar y regalonear.
Ayer, me enojé con uno de mis hijos porque no ha terminado de leerse un libro para el colegio, a pesar de que le ha gustado mucho. Y a otro de mis niños debo suplicarle que no lea tanto, porque no dosifica y es capaz de quedarse hasta la 1 de la mañana por la ansiedad de terminar un libro. Quizás no debiera meterme tanto en las lecturas de mis niños, pero como buena lectora que soy me es imposible no vigilar sus hábitos, recomendarles libros, incentivar, proponer, conversar, discutir.
A mi hijo mayor, un ávido lector que me recuerda a mí de niña, ya no le leo los libros, pero no hay día que no me cuente cómo van las aventuras que está leyendo, sean de Gerónimo Stilton o de los terribles hermanos Darling, de ASTERIX o de algún libro de Roald Dahl. Ahora él me recomienda libros, me comenta, me instruye, tal como yo le hablo de los libros de Poe, Richard Ford o Paula Fox.

Hace poco le conté de un libro que le había comprado cuando él era chico y al que tuve que cambiarle el final mientras se lo leía porque no me pareció apropiado para su edad. El se rió, pero me encontró la razón. Era un libro de Mark Twain -La Historia de un niño malo y de un niño bueno- en una edición preciosa, con dibujos maravillosos y que me salió bien caro, pero que no era para niños, aunque lo pareciera. Y no es primera vez que me encuentro con libros que en apariencia van dedicados a los niños, pero cuyos temas son para adultos con el criterio más que formado.
Hay uno de princesas olvidadas, bellamente dibujado por Rébecca Dautremer, que ciertamente no es para menores, a pesar de que suelen regalárselo a niñas de menos de 10. Y hay otro aún peor, "Las niñas son raras, pero huelen rico", que está en los principales mesones de las librerías y en las vitrinas, y que por error le compré a mi hija para las vacaciones de invierno, y que es el libro más ofensivo que he tenido en mis manos. Por suerte, mi hijo mayor lo hojeó antes que ella lo leyera y me advirtió de su contenido inescrupuloso y grosero (muy adornado con ilustraciones infantiles e inocentes) y juntos lo botamos a la basura.
Porque así como hay comida que les hace mal a los niños, hay lecturas que no son para ellos, a pesar de que estén ilustradas y coloreadas. Y como padres debemos estar atentos para distinguir y aconsejar.
Cuando mi hija de nueve años me preguntó -días después- por su precioso libro rosado, no dudé en responder que no era un libro para ella, ni para ninguna mujer, porque nos ofendía, nos hacía parecer seres inferiores, mentalmente incapaces y sin valores. Y, para mi sorpresa, ella entendió y fue la más feliz cuando supo que lo habíamos botado al basurero. "Para que ninguna otra niña lo lea", me dijo, "y para que nadie hable mal de las mujeres". Y aunque voy a tener que comprarle otro libro y hacer que me abran el plástico en la librería para revisar bien el contenido, doy gracias porque no alcanzó a leerlo. Y doy gracias por tener un hijo lector, que ya a sus 11 años, sabe distinguir qué libro es para su hermanita y qué libro no.

Jill


JILL
Philip Larkin
Lumen, Buenos Aires, 2008
338 páginas
$10.000

Muchos escritores comienzan su carrera garabateando versos para luego pasar a las novelas. Philip Larkin (1922-1985) hizo el camino inverso: publicó un par de novelas y trató de escribir una tercera, pero ante la imposibilidad de hacerlo decidió seguir con la poesía, convirtiéndose en uno de los más grandes poetas ingleses del siglo XX. Pero no por eso sus novelas deben ser olvidadas, especialmente la primera, Jill, que escribió a los 21 años de edad mientras estudiaba en Oxford, y que a pesar de la juventud del autor, dista bastante de ser una novela de primerizos.
Publicada originalmente en 1946, la novela volvió a ser publicada en 1964 –cuando el autor ya se había hecho un nombre como poeta- con un prólogo en el que Larkin definía su novela como “una historia sin ambiciones” y donde esperaba que el lector todavía disfrutara “de la indulgencia que tradicionalmente se le concede a las obras juveniles". Pero a pesar de las advertencias, Jill es una muy buena novela, y no sólo por ser escrita por un joven estudiante de 20 años.
Es una novela de ambiente, que nos muestra el mundo universitario de Oxford durante la Segunda Guerra Mundial, bajo la mirada de un estudiante pobre y extremadamente tímido que, tras ser becado en el colegio ingresa a un exclusivo college inglés, donde para su desventura debe compartir habitación con un joven rico y vividor, cuyas preocupaciones van por el lado de la juerga y el alcohol más que por el estudio. Y es en el encuentro con este antagonista y su tropa de amigos que John Kemp saca a relucir todos los matices de su personalidad: la envidia, la tristeza, la timidez y también sus ansias por destacar y ser aceptado dentro de este grupo de gorrones. Y es el encuentro con este antagonista unido al tedio de la universidad y las constantes amenazas de bombardeo, lo que lo llevan a inventarse una hermana, Jill, que tiene la misma cara de una niña que visita el college, y con quien termina obsesionándose hasta la fatalidad.
Jill retrata con crueldad y simpleza el mundo universitario de Oxford de 1940 (con sus escenas de trenes, cafeterías, dormitorios y pubs): el mismo que conoció Larkin mientras estudiaba ahí y donde forjó su férrea amistad con el entonces estudiante Kingsley Amis. Y aunque el autor aseguraba años después que “lo que pretendía en 1940, más que exagerar las diferencias sociales, era minimizarlas”, lo cierto es que la novela habla de las diferencias sociales, como también de los diferentes intereses de los jóvenes de esa edad, y de sus distintas maneras de evadirse en esos tiempos grises, fúnebres y adversos.


Reseña aparecida en Revista de Libros el 26 de julio de 2009.

03 mayo 2009

La Flor Púrpura

Esta impresionante novela marcó el debut literario de Chimamanda Ngozi Adichie (1977), la nigeriana que el 2007 obtuvo el prestigioso premio Orange por su segunda novela Medio Sol Amarillo y que a sus 30 años y sólo dos novelas publicadas no ha parado de recibir condecoraciones y buenas críticas.

Narrada por su protagonista, una tímida niña de quince años de nombre Kambili Achike, La Flor Púrpura (en inglés, Purple Hibuscus) cuenta la historia de una familia acomodada de Enugu, que bajo un manto de perfección esconde los constantes abusos de un padre tirano y fanático religioso, quien no duda en castigar a su esposa y a sus hijos ante cualquier cosa que él considere un error.

“Todo empezó a desmoronarse en casa cuando mi hermano, Jaja, no fue a comulgar y Padre lanzó su pesado misal al aire y rompió las figuritas de las estanterías”, comienza el relato de Kambili, quien en un principio parece no entender lo que sucede en su casa: se niega a escuchar los ruidos que vienen de la habitación de sus padres, se niega a creer que su padre haya golpeado a su madre hasta causarle un aborto; en fin, no quiere entender que “Padre” (como ella lo llama), un hombre tan venerado en su comunidad, un ejemplar defensor de los derechos humanos y activo participante de la Iglesia Católica sea en realidad un sádico.

Y mientras avanza el relato de Kambili, el lector va enterándose de la violencia y crueldad del progenitor, de la sumisión enfermiza de la madre, de los castigos que recibe el hermano mayor, Jaja, y de los dolores de Kambili, quien muda y obediente, sólo calla. Pero todo empieza a cambiar cuando los niños son invitados a pasar unos días en Nsukka, en la casa de su liberal tía paterna, -una madre viuda con tres hijos y serias dificultades económicas- y los hermanos descubren el hibisco de flor púrpura que da nombre al libro, se reencuentran con su abuelo (a quien el padre consideraba un pagano) y comienzan a cuestionar la autoridad de su progenitor. En casa de la tía, relata Kambili, “ya ni siquiera recordaba que hubo un día en que deseé no volver a abrir los ojos, había olvidado aquel dolor intenso en todo el cuerpo”, y esa ansia de tranquilidad es lo que precipita el desenlace final.

La novela, ambientada durante uno de los períodos dictatoriales de Nigeria (posiblemente el de 1993), nos hace partícipes de la violencia de un país y de un hogar, y nos muestra a este padre con dos caras tan disímiles: por un lado, un héroe para la sociedad y enemigo de la dictadura, y por otro lado, un tirano, un hombre tan fuertemente atraído por el mundo de los blancos –por el capitalismo y el fanatismo religioso- que reniega de su propio origen igbo. Narrada con realismo e inocencia, la novela tiene pasajes desoladores, y tristes -tan amargos como el utazi que las mujeres echaban al caldo-, sólo alivianados con la refrescante irrupción del joven sacerdote Amadi y la lenguaraz prima Amaka, y las infaltables horas de almuerzo y comida, cuando los niños se distraían comiendo arroz con ñame y haciendo bolitas de fufú para echar a la sopa.


10 noviembre 2008

Carta de Diego Lira

Me acaba de llegar esta carta de mi amigo Diego Lira. La publico mientras pienso cuál libro recomendarle. ¿Alguien tiene una sugerencia para este atribulado hombre? Espero sus respuestas.
Acá va la carta:








Querida Becky:

De alguna manera, trato de explicarme ciertos comportamientos tan extraños
que uno comete, incluso, con las personas que más quiere. Como uno puede
“asustar” y “espantar” a quienes creen conocerte mejor, para terminar solo,
preso de una tristeza real, pero evitable.  La novela de   Robert Louis
Stevenson “ Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde”  (1886)  relata la
historia de un abogado londinense, Utterson, que narra la relación del
violento Hyde con el respetable Dr. Jekyll, conexión que pretende,
exitosamente, abarcar la dualidad de la naturaleza humana, buena y mala,
pero que fracasa en dividir la moralidad de ambos personajes ante los mismos
hechos. Finalmente no existe un moralidad distinta entre estos personajes y
la obra nos da cuenta de un único estadio con matices, a veces muy grandes,
de una individualidad errante y forzada, no de la existencia de dos
distintas. 

En muchas novelas, en especial la contemporánea, me llama la atención de
cómo los personajes pueden ser tan erráticos. Como hombres y mujeres, sin
importar la edad de estos, se dirigen a acantilados inexistentes creados por
ellos con el fin de terminar con lo convencional, para los autores,  en sus
vidas; el amor, la familia, el trabajo.   Esclavos de su carácter, unos más
que otros,  se empecinan en destruir todo aquello que les es preciado.  Este
arrojo, mezclado con un lenguaje directo,  en lo personal, me ha seducido
los últimos años de mi vida.    Sin importar la calidad de la novela, esta
sed de terminar una carrera que se sabe corrida me ha provocado hilarantes
momentos y una filiación extraña a  estos nuevos autores.

Si busco con sinceridad,  mi verdadero yo, por lo menos el que me gustaría
ser, se ve  más cerca de la poesía, de las “nouvelles” silenciosas y
etéreas, del amor, de la familia.


Espero que su conocimiento profundo de la literatura me ayude, y pueda
recomendarme un libro donde encontrar cobijo, un momento de calma para
volver a encantarme con   lo simple, sin la estridencia que desesperadamente
invade mi corazón de cuando en vez.

Agradecido de su tiempo y comprensión,


Diego Lira 

04 noviembre 2008

De menos a más

No sé si es por mi tozudez o mi tacañería, pero soy incapaz de dejar un libro a medias o de abandonarlo después de leer las primeras páginas. Claro, por lo general trato de llevar a mis manos libros de buena calidad literaria o de algún autor que merece mi respeto, y cuando de frentón me ha tocado leer un libro malo, igual llego hasta el final para ver si la cosa se compone o por último para despotricar contra el autor y el libro con conocimiento de causa.

Hace un mes -más o menos- comencé a leer con entusiasmo la Piedra Lunar de Wilkie Collins por varias razones que no vale la pena mencionar y debo confesar que me costó avanzar en su lectura, no porque el libro no fuera interesante (de hecho es un libro espléndido) sino porque los tiempos del libro son tan distintos de los agitados tiempos actuales que a ratos sentía que el libro estaba en cámara lenta y yo me sentía cada minuto más apremiada por saber quién había robado la famosa piedra lunar. Pero después de leer las primeras 300 páginas, el libro empieza a agarrar vuelo y las últimas 250 son un deleite de descripciones donde el efecto del opio (del protagonista y al parecer también del autor del libro) se deja sentir a lo largo de todo el relato, que combina personajes ingleses con hindúes de dudosa reputación, todo mezclado con una historia de amor, otra de arribismo y una última de misticismo, que hacen impredecible el desenlace último de la novela. Realmente una joya, y el estilo, único, porque mezcla cartas con relatos de los distintos protagonistas, donde cada uno agrega nuevas piezas a este puzzle detectivesco. Genial.

Y así como pasé con la Piedra Lunar de menos a más, mi nueva lectura El Desierto de los Tártaros también ha ido cautivándome de a poco. Escrita por Dino Buzzati en 1940, la historia es de una melancolía suprema, donde cada capítulo le va agregando nuevas tristezas y desesperanzas al protagonista, el teniente Drogo, en medio de espacios atemporales, inciertos y llenos de silencios. Digna de leerse. Y más corta que la Piedra Lunar. A ver si la encuentran en medio de todos los best-sellers y libros de autoayuda que al parecer están inundando la Feria del Libro de Santiago por estos días. 

15 octubre 2008

Sobre Siri Hustvedt

Con mucho agrado leí ayer en la Revista Ya la entrevista que le hizo María José Viera-Gallo a Siri Hustvedt en la casa que comparte con su marido, el escritor Paul Auster, en Nueva York. La Hustvedt es una escritora que me gusta mucho -su novela Todo cuanto amé, me pareció fascinante-, pero además es una mujer inteligente, poco pretenciosa, profunda, pero no grave, y que cuando le preguntan por su famoso marido no tiene problemas en hablar de él (a diferencia de esas figurillas de la farándula nacional que ante cualquier pregunta saltan con su manoseado "de mi vida privada no hablo"). Ella, segura de sus méritos propios, habla de él y de ella sin complicaciones, y de cómo compartir el oficio de escritor los ha unido mas que separado.

Cuando le preguntan por la cultura de nuestros tiempos, la Hustvedt lanza una frase que comparto plenamente: "Está lleno de expertos de las cosas más inimaginables, que al mismo tiempo nunca han leído Madame Bovary". Qué cierto. En cuanto a sus autores favoritos, nombra a DeLillo, las hermanas Brönte y Emily Dickinson. Buena elección. 

En otra parte de la entrevista dice que no cree en la literatura de género, sólo en la literatura. Y en esto coincido con ella. Porque claro, hay literatura buena y mala (o literatura y no literatura), pero ya llega a ser absurdo seguir hablando de literatura femenina, liviana o gay sólo cuando algo no es bueno. Eso se llama mala literatura, porque los buenos escritores no cargan con etiquetas (¿alguien alguna vez dijo de E.M. Foster o Maugham eran literatura gay o que Charlotte Brönte era "literatura de chicas"?). Un buen libro con personajes homosexuales no es literatura gay y un buen libro con protagonistas mujeres no es "Chick lit". Y estas etiquetas sólo aparecen en los best-sellers o en libros de dudosa calidad del tipo "Sex and the city" y "El Diario de Bridget Jones".

Lean a la Hustvedt. Por lo menos yo espero con ansias que salga en español su último libro, The Sorrows of an America.