Debo confesar que desde hace un buen tiempo todo lo que tiene que ver con cultura me tiene muy decepcionada. Los sábados leo la sección de cultura de La Tercera y por lo general no me interesan más de dos artículos y los domingos al tomar el Artes y Letras me aburro desde el comienzo al fin, en especial con todos esos temas dedicados al patrimonio y al abobe y al rescate de la teja chilena, que me imagino deben encantarles a un par de latifundistas pechoños y a los amantes de "lo nuestro", la cueca, el poncho y la empanada. Pero a nadie más.
Pero en Chile nadie se atreve con las listas. Ni a criticar cuando algo no está bien. De seguro, cuando aparezca un comentario sobre la exposición "Para Subir al Cielo" que acaba de inaugurarse en Casas de lo Matta, se dirá que el era buena, que estaba bien montada o que quizás el arte colonial chileno no es mejor que esto. Pero quién se atreverá a decir lo que yo -y mis acompañantes- pensamos cuando visitamos la muestra.
Debo confesar que me aburro y que ni siquiera puedo entrar en cada tema, porque por lo general están escritos de manera tan básica, casi colegial, que no son, en sí mismos, ningún aporte cultural. Yo escribo de cultura, y creo que no lo hago mal, y en cada tema que escribo no sólo aporto conocimiento, sino que además trato de mostrar un estilo, una gracia, algo más que un alto de párrafos ordenados y redactados con cuidado. Cómo puede ser que un suplemento de cultura tenga artículos de tipo ensayo colegial o entrevistas de primer año de periodismo. ¿Qué pasa con la ironía, la opinión, el bagaje, la entretención? Por supuesto que hay excepciones, y ambos diarios tienen plumas muy buenas -Pedro Pablo Guerrero, Roberto Careaga, Patricio Tapia, Andrés Gómez, por ejemplo-, pero creo que esos periodistas deberían ser la norma del diario y no bajar de ese nivel.
Tomo el Sunday Book Review del New York Times y me encuentro con un excelente artículo de Jonathan Franzen sobre Christina Stead, una escritora de los años 40, a quien no conocía y está tan bien escrito que de inmediato me engancho con Franzen y con la Stead, así como hace años un artículo de Franzen me llevó a la escritora Paula Fox. Porque eso es lo que hace un buen artículo, una buena pluma, un buen periodista cultural. Y claro, también un editor. Porque la Stead no es actual, ni publicó un libro hace poco, ni nada que haga noticia, pero un buen periodista puede llevar un tema a la actualidad, puede revisitarlo años después y hacerlo llegar a un público que se mantenía al margen.
Tomo otro artículo, es del New Yorker de este fin de semana, sobre los 20 mejores escritores de menos de 40 años. Y claro ahí está nombrada Chimamanda Ngozi, de quien ya he hablado en este blog, pero que para los medios culturales chilenos no existe. Y está Daniel Alarcón, y la Nicole Krauss, y Jonathan Safran Foer. Y está un editor que pensó en marcar su propia pauta, que pensó en crear una especie de canon y que se la jugó por algo distinto, aunque ni tan original.
Pero en Chile nadie se atreve con las listas. Ni a criticar cuando algo no está bien. De seguro, cuando aparezca un comentario sobre la exposición "Para Subir al Cielo" que acaba de inaugurarse en Casas de lo Matta, se dirá que el era buena, que estaba bien montada o que quizás el arte colonial chileno no es mejor que esto. Pero quién se atreverá a decir lo que yo -y mis acompañantes- pensamos cuando visitamos la muestra.
Quién se atreverá a decir que las obras seleccionadas no eran las mejores, que la exposición no está bien curada, que no es clara ni educativa, que el montaje parece tienda Fiorucci con tanto ángel celeste, pero que no tiene nada que ver con el arte religioso colonial. ¿Dónde está el orden, la lógica, la explicación, que no sólo debe incluir la mirada estética sino también la visión religiosa? ¿Cómo puede ser que la que obra más importante -una imagen de San Francisco Javier agonizante del escultor jesuita germano Jacobo Kelner- estuviera puesta en una caja de vidrio a tal altura que hacía imposible apreciarla en su totalidad? ¿Alguien se atreverá a decirlo, sin el miedo a enemistarse con el alcalde, el museólogo o el curador? Por lo menos hoy, me atrevo yo.



