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07 julio 2009

Las Horas del Verano

Tengo un amigo que me adora -tanto que me dedicó un blog de alto contenido erótico- y con el que suelo salir de cuando en vez. Este sábado me tocó salir con él. Y lo pasamos genial. Un cafecito en el Ona -él tomó mate con azúcar- tipo siete de la tarde y luego compartimos un brownie y una linda caminata por el barrio Lastarria-Forestal. Pasamos por Berry y por el Bar Don Rodrigo, donde el guardia nos saludó con tanto cariño que le prometimos visita para este mes (pensar que todavía se acordaba de nuestros lunes literarios en el bar). Y para amenizar la tarde, entramos al Biógrafo a ver Las Horas del Verano, una película sencillamente espectacular. Habla de la familia y de la tradición, y de tantas otras cosas más, que vale la pena verla, de verdad. A mi amigo le encantó, a mí igual. Después nos fuimos a comer unos sushis al Kintaro, y comentamos la película y lo difícil que es mantener buenas relaciones en el entorno familiar. En la película lo resuelven bien. En el libro que me acabo de leer bastante mal. El libro se llama Los Hijos de la Viuda, de mi adorada Paula Fox, y habla sin tapujos de la difícil relación de una madre con su hija y de esta mujer con sus hermanos. El tema se ha escrito harto, pero Fox lo muestra de una manera natural, triste y despojada, que bien vale su lectura. Aunque no deja lecciones para seguir. Porque tanto en la literatura como en la vida, el tema de las relaciones familiares no es un tema fácil de resolver. Pongamos o no pongamos de nuestra parte.
Gracias amigo por el panorama (aunque personalmente ya se lo agradecí) y por ser tan bueno conmigo. La próxima invito yo.
Ah, y también gracias por llevarme el domingo a almorzar con mis niños al Morandé. Les encantó el restaurant y lo mejor fue encontrarnos con el mismísimo Comisario Rivas en el lugar (Alvaro Rudolphy). Por su mirada maléfica, estoy entrando a creer que es él quien secuestró a Elisa. Y mis niños lo creen también. Puede ser. Debiéramos preguntarle si lo vemos otra vez.

25 agosto 2008

Y después, sale el sol

Después de una semana fría e infame, por fin el domingo salió el sol. Y para aprovecharlo al máximo fui con mi familia al valle de Casablanca (camino a Viña) a comer unas buenas carnes a las brasas con ensalada a la chilena, acompañadas de unas ricas sopaipillas, mucho pan amasado y pebre del mejor. De postre probé un poco de Dulce Patria, que es un postre exquisito y que he podido encontrar en muy pocas partes (lo tienen en Le Flaubert y en el Emporio Nacional, por lo menos) y también comí una buena porción de mote con huesillos, que estaba muy fresco y reponedor. 

Y de ahí, arrendamos caballos y partimos acompañados por don Ramón a recorrer los cerros del sector. El día estaba tan lindo que no daban ganas de bajar  y arriba, desde la punta del cerro, el valle de Casablanca se veía verde, grande y maravilloso a nuestros pies. Un panorama espléndido, sugerido por mi amiga Rocío, y que no puedo dejar de recomendar. El lugar lugar se llama Puro Caballo, y está en el pueblo de Lagunillas, en el valle de Casablanca. El restaurant, buenísimo, y los paseos -que se pagan por separado- son a caballo por los cerros del sector. Muy recomendable para estos días casi primaverales. Y para dejar atrás momentos desagradables y días fríos y aburridos.