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26 junio 2012

séptimo día de invierno

Escribo y deshago mi tesis. No me acomodan las palabras doctas e insisto en escribir algo que cualquiera pueda entender. Y me quedan párrafos entretenidos, vivos, claros, pero que no sé si son los apropiados para una tesis de magister. Por mi ventana veo árboles gigantes y un sol de invierno que calienta hasta las 6. También veo a mi perro acostado sobre los adoquines, gozando con los rayos del sol.

Tengo ganas de comerme un chaufa de camarones. De esos ricos que preparan en el Olán o en el restaurant del centro que mis amigos me tienen prohibido mencionar. Es que no quieren compartir el dato con más gente y que se termine llenando demasiado -como pasó con el boliche de doña Celestina- y que los precios terminen por las nubes. 

A veces pasa con ciertos autores que uno adora que dan ganas de compartirlos con los demás. Para poder comentarlos, gozarlos juntos. Pero hay otros que uno siente tan propios que, egoístamente, no quisiera que nadie más leyera. Reconozco que me pasó con Paula Fox. No era tan conocida en Chile y yo la adoraba (la sigo adorando) y sentía que sus libros me pertenecían tanto que nadie más los iba a apreciar como yo. Igual a veces la recomendaba, quizás sin tanto entusiasmo, pero reconozco que era feliz de que nadie más la conociera. Eso sí, con los años empecé a sentir, de a poco, que debía compartirla con los demás. Y bueno, finalmente terminé escribiendo sobre ella y le di bastante notoriedad.

Quizás en unos meses más les recomiende el restaurante peruano que descubrieron mis amigos, cuando ya no sea importante mantener el secreto. Y quizás también recomiende otros autores que me he dejado sólo para mí. Por el momento hablo de lo quiero compartir. Del Rishtedar, de la marcha, de las Beckitas y de algunos libros. Y dejo las otras cosas para una siguiente ocasión.



24 junio 2012

quinto día de invierno

Hoy apareció publicado en Revista de Libros de El Mercurio el artículo de Paula Fox que escribí hace un tiempo atrás. Si les interesa, lo pueden leer aquí

Es un artículo largo, y lo era más aún antes de cortarlo, y que da una idea general de esta estupenda escritora estadounidense. Así y todo, podría escribir muchas más páginas sobre ella y sus libros. Y podría releer sus libros una y otra vez, al igual que Jonathan Franzen. En especial Personajes Desesperados, que es una de mis novelas favoritas de todos los tiempos y, a mi juicio, una joyita del siglo XX.


20 junio 2012

primer día de invierno

Escribo, corrijo, deshago y leo. Y los días se me pasan escribiendo -o tratando de escribir- una tesis que no avanza. Mientras, sigo con mi vida. Niños con muchos quehaceres, uno que otro texto que escribir, algún libro que reseñar, cosas que arreglar en la casa, y las típicas latas de las que no sé por qué tenemos que encargarnos las mujeres en las casas.

Hace poco estuve de cumpleaños y lo celebré por partes, como ya es una costumbre. Amigas al almuerzo, comida con amigos en la noche, familia el fin de semana y una mini fiesta el sábado para los amigos más bailadores. Y todo resultó muy bien y además de estar muy regalada.

La fiesta, divertidísima. Hace mucho tiempo que no me reía tanto. Mr. Sharp de smoking y humita dorada, y yo de vestido metálico, bien dorado y brillante, como sacada de la próxima película de El Gran Gatsby. Un vestido altamente peligroso, como me dijeron al día siguiente, porque no faltó el que se hizo cortes en las manos por tomarme en andas mientras bailábamos. Ahora entiendo porque Rafaella Carrá usaba patas de lycra para sus bailes. Pero son los riesgos a los que se exponen quienes me rodean. Les puedo dar mi amistad, pero también pueden salir heridos. O incluso ser víctimas de la globoterapia.

Libros me regalaron dos. Uno de Siri Hustvedt y otro de Juan Pablo Roncone, Hermano Ciervo, que es un conjunto de cuentos muy buenos, similares a los que él escribía en el taller literario al que íbamos hace años. También me regalaron ropa, platita y muchas cosas para el cuerpo y la casa. Y todas me encantaron. Yo me regalé Novelas de Flannery O'Connor, una escritora formidable que sorprende bastante con estas dos novelas -las únicas que escribió junto a sus decenas de cuentos- y que nos narran dos historias entre heréticas y religiosas, con protagonistas que son como héroes que luchan contra la fe del mundo, pero que terminan siendo -cada uno en su estilo- más creyentes que cualquiera. 

Otro libro que leí -aparte de todo lo que he leído para la tesis- es el último libro de Franzen, Farther Away, que es un conjunto de sus mejores artículos y reseñas de prensa. Y está bien bueno, en especial el ensayo dedicado a Personajes Desesperados y a su autora, la gran Paula Fox. El libro no ha llegado a Chile (me lo traje de Nueva York en mayo), pero vale la pena conseguirlo. Otro que me traje y hojeo de vez en cuando son los poemas completos de Philip Larkin, que son una maravilla y que uno debiera tener en el velador. Ahora creo que voy a leer el libro de Siri Hustvedt y luego voy a lanzarme con un par de clásicos: El Gran Gatsby y Anna Karenina, para ponerme a tono con las dos películas que llegan a fin de año.


Quizás debiera leer menos, como aconseja Philip Larkin, y hacer otras cosas, pero no son muchas más las cosas que me gustan hacer. Quizás debiera escribir más (¿y volver al mini taller?). Todo puede ser. Por lo pronto, sigo leyendo y sigo amando. Y sigo en marcha por la igualdad de los derechos de todos. 
Por eso, a los que me quieren y también a los que no (y que igual sapean este blog) los invito a marchar este sábado 23 de junio en Santiago, por un país más justo y con iguales derechos para todos. Es importante y es necesario. La cita es a las 14:00 en Plaza Italia. Los espero a todos. 
Y nos estamos viendo en otro post.




30 diciembre 2011

News from Becky

No prometo que el próximo año escribiré más en este blog, porque no puedo prometer cosas que no sé si cumpliré. Pero sí seguiré escribiendo -aquí, allá o donde sea- y leyendo y recomendando libros.
El año pasado fue muy intenso y, aunque debiera contar lo que me pasó en noviembre, la verdad es que me da una soberana lata, y sólo hablaré del tema para agradecer las cientos de muestras de cariño que recibí durante mi larga estadía en la clínica y que sigo recibiendo hasta el día de hoy, y que me ayudaron muchísimo para salir adelante y dejar en el pasado ese maldito derrame intracraneal.
A los pocos días de volver a la casa, me puse a leer en el Ipad el último libro de Paula Fox -News from de the world- que compré vía Amazon. Y con sorpresa descubrí que mi gran escritora también sufrió un derrame subdural (igual que el mío) mientras se encontraba de viaje en Israel. A raíz de ese accidente vascular, ella debió aprender a caminar y leer de nuevo (aunque no se demoró tanto a pesar de sus 70 y tantos años) y me di cuenta de lo afortunada que fui al no quedar con ninguna secuela. Pero también me di cuenta de lo afortunada que soy al tener tantos y tan buenos amigos. Amigos que me llamaban o me iban a ver (aunque no se podía entrar a la UCI) y que acompañaban a mi familia, tantos primos y tíos que aparecieron a dejar flores, chocolates, estampitas y sus cariños y que me hicieron sentir parte de una familia grande y maravillosa, mis hermanos y mis papás que se quedaron junto a mi cama durante esos 17 días de hospitalización, mis hijos y sus amigos que me mandaban tarjetas y saludos, mi marido que nunca se despegó de mi lado y tantos amigos y amigas que se encargaron de mis hijos, de que estudiaran, de que llevaran regalos a los cumpleaños y, principalmente, de que no se sintieran tristes.
Aunque la vuelta a la "normalidad" no ha sido fácil, he recibido el apoyo de tanta gente que no podría desmoronarme. Y han sido tantos los brindis y celebraciones desde que salí de la clínica hasta esta navidad, que he quedado exhausta aunque llena del cariño de mis amigas y amigos del colegio, del magíster, de la universidad, de la vida y las letras.
Para este 2012 espero no sorprenderlos de nuevo con ninguna enfermedad. Y espero terminar y entregar mi tesis, defenderla con éxito, leer muchos libros y seguir viendo a todos mis amigos. Que mi familia siga unida y feliz, que pueda seguir trabajando en lo que me gusta y que mi amor me acompañe siempre. ¡Feliz año nuevo a todos! Ya me tengo que ir a celebrar con los míos a la playita.
Los quiero.


07 junio 2010

decepcionada con la cultura Parte I

Debo confesar que desde hace un buen tiempo todo lo que tiene que ver con cultura me tiene muy decepcionada. Los sábados leo la sección de cultura de La Tercera y por lo general no me interesan más de dos artículos y los domingos al tomar el Artes y Letras me aburro desde el comienzo al fin, en especial con todos esos temas dedicados al patrimonio y al abobe y al rescate de la teja chilena, que me imagino deben encantarles a un par de latifundistas pechoños y a los amantes de "lo nuestro", la cueca, el poncho y la empanada. Pero a nadie más.

Debo confesar que me aburro y que ni siquiera puedo entrar en cada tema, porque por lo general están escritos de manera tan básica, casi colegial, que no son, en sí mismos, ningún aporte cultural. Yo escribo de cultura, y creo que no lo hago mal, y en cada tema que escribo no sólo aporto conocimiento, sino que además trato de mostrar un estilo, una gracia, algo más que un alto de párrafos ordenados y redactados con cuidado. Cómo puede ser que un suplemento de cultura tenga artículos de tipo ensayo colegial o entrevistas de primer año de periodismo. ¿Qué pasa con la ironía, la opinión, el bagaje, la entretención? Por supuesto que hay excepciones, y ambos diarios tienen plumas muy buenas -Pedro Pablo Guerrero, Roberto Careaga, Patricio Tapia, Andrés Gómez, por ejemplo-, pero creo que esos periodistas deberían ser la norma del diario y no bajar de ese nivel. 
Tomo el Sunday Book Review del New York Times y me encuentro con un excelente artículo de Jonathan Franzen sobre Christina Stead, una escritora de los años 40, a quien no conocía y está tan bien escrito que de inmediato me engancho con Franzen y con la Stead, así como hace años un artículo de Franzen me llevó a la escritora Paula Fox. Porque eso es lo que hace un buen artículo, una buena pluma, un buen periodista cultural. Y claro, también un editor. Porque la Stead no es actual, ni publicó un libro hace poco, ni nada que haga noticia, pero un buen periodista puede llevar un tema a la actualidad, puede revisitarlo años después y hacerlo llegar a un público que se mantenía al margen.
Tomo otro artículo, es del New Yorker de este fin de semana, sobre los 20 mejores escritores de menos de 40 años. Y claro ahí está nombrada Chimamanda Ngozi, de quien ya he hablado en este blog, pero que para los medios culturales chilenos no existe. Y está Daniel Alarcón, y la Nicole Krauss, y Jonathan Safran Foer. Y está un editor que pensó en marcar su propia pauta, que pensó en crear una especie de canon y que se la jugó por algo distinto, aunque ni tan original.

Pero en Chile nadie se atreve con las listas. Ni a criticar cuando algo no está bien. De seguro, cuando aparezca un comentario sobre la exposición "Para Subir al Cielo" que acaba de inaugurarse en Casas de lo Matta, se dirá que el era buena, que estaba bien montada o que quizás el arte colonial chileno no es mejor que esto. Pero quién se atreverá a decir lo que yo -y mis acompañantes- pensamos cuando visitamos la muestra.
Quién se atreverá a decir que las obras seleccionadas no eran las mejores, que la exposición no está bien curada, que no es clara ni educativa, que el montaje parece tienda Fiorucci con tanto ángel celeste, pero que no tiene nada que ver con el arte religioso colonial. ¿Dónde está el orden, la lógica, la explicación, que no sólo debe incluir la mirada estética sino también la visión religiosa? ¿Cómo puede ser que la que obra más importante -una imagen de San Francisco Javier agonizante del escultor jesuita germano Jacobo Kelner- estuviera puesta en una caja de vidrio a tal altura que hacía imposible apreciarla en su totalidad? ¿Alguien se atreverá a decirlo, sin el miedo a enemistarse con el alcalde, el museólogo o el curador? Por lo menos hoy, me atrevo yo.

07 julio 2009

Las Horas del Verano

Tengo un amigo que me adora -tanto que me dedicó un blog de alto contenido erótico- y con el que suelo salir de cuando en vez. Este sábado me tocó salir con él. Y lo pasamos genial. Un cafecito en el Ona -él tomó mate con azúcar- tipo siete de la tarde y luego compartimos un brownie y una linda caminata por el barrio Lastarria-Forestal. Pasamos por Berry y por el Bar Don Rodrigo, donde el guardia nos saludó con tanto cariño que le prometimos visita para este mes (pensar que todavía se acordaba de nuestros lunes literarios en el bar). Y para amenizar la tarde, entramos al Biógrafo a ver Las Horas del Verano, una película sencillamente espectacular. Habla de la familia y de la tradición, y de tantas otras cosas más, que vale la pena verla, de verdad. A mi amigo le encantó, a mí igual. Después nos fuimos a comer unos sushis al Kintaro, y comentamos la película y lo difícil que es mantener buenas relaciones en el entorno familiar. En la película lo resuelven bien. En el libro que me acabo de leer bastante mal. El libro se llama Los Hijos de la Viuda, de mi adorada Paula Fox, y habla sin tapujos de la difícil relación de una madre con su hija y de esta mujer con sus hermanos. El tema se ha escrito harto, pero Fox lo muestra de una manera natural, triste y despojada, que bien vale su lectura. Aunque no deja lecciones para seguir. Porque tanto en la literatura como en la vida, el tema de las relaciones familiares no es un tema fácil de resolver. Pongamos o no pongamos de nuestra parte.
Gracias amigo por el panorama (aunque personalmente ya se lo agradecí) y por ser tan bueno conmigo. La próxima invito yo.
Ah, y también gracias por llevarme el domingo a almorzar con mis niños al Morandé. Les encantó el restaurant y lo mejor fue encontrarnos con el mismísimo Comisario Rivas en el lugar (Alvaro Rudolphy). Por su mirada maléfica, estoy entrando a creer que es él quien secuestró a Elisa. Y mis niños lo creen también. Puede ser. Debiéramos preguntarle si lo vemos otra vez.

22 junio 2009

El Invierno Más Crudo

El frío que siento debe ser bastante menor que el que sintió Paula Fox durante su estadía en Europa en 1946 y que aparece claramente retratado en El Invierno Más Crudo, el primer libro que leí del embarque que me llegó de Buenos Aires. Porque aunque no estoy sumergida en el invierno "más duro de los últimos 20 años" ni sólo tengo un abrigo prestado para taparme, aún así estoy pasando el invierno más crudo de mi vida y ni siquiera los lindos guantes que me regaló Víctor ni el precioso chal que me dio Roque han logrado calentarme como lo hacía mi antigua calefacción.

Calefacción querida, que llenaba de calor cada rincón de esta gran casa, y que ahora, tras un accidente casero ha dejado de funcionar, y ha sumergido a mi familia en un estado de gran congelamiento, del que sólo podremos salir cuando ésta vuelva a funcionar. ¿Cuándo volverás a este hogar?

Mis niños llegan del colegio y se encuentran con una casa, pero no con un hogar. Es un lugar frío, donde sólo hacinándonos en una pieza logramos entrar en calor. En la noche cada uno con su guatero, como niños dickensianos logran llenar sus camitas con un poco de calor. Pero lo peor son las frías mañanas en este escritorio, donde con los dedos congelados apenas ha podido escribir. Algunos días, cual JK Rowling he partido al Starbucks en busca de café y calor y es ahí donde más he podido trabajar. Pero no es tan cómodo como mi mesita de cuero, donde están mis libros, mi impresora y la tranquilidad del hogar. Ni tan seguro (porque es bien sabido que los robos son muy altos en los cafés con internet).
Oh, calefacción querida, ¿cuándo volverás a mi hogar?

Me llama mi hermana para hablarme de la Toyotomi y una amiga me recomienda la estufa Kerona. Pero yo no quiero parafina, quiero mi calefacción central, que calienta baño, piezas y cocina, que me permite caminar descalza y usar mini camisas de dormir. ¿Dónde estás calefacción? Mientras espero su llegada forro a mis niños con chalecos y cuellos, compro guateros de mano, pies y cuerpo, tiro chales sobre las camas y me paseo con mis guantes y mi echarpe de artesanías Chile por toda la casa.

Oh, calefacción querida, vuelve pronto a este lugar.
Que tu ausencia ha enfriado mi casa, mi cama y mi corazón.
Ha congelado a mis niños, a mis amigos y mi razón.
Me ha vuelto fría, distante y tonta.
Cesante, aburrida y abúlica,
gélida, antipática y casta
como nieve virginal.