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01 agosto 2012

cuadragésimo tercer día de invierno


Ah, y me olvidaba. Esta es la novela que estoy leyendo: Tierna es la noche. En una edición no tan linda como la de la foto y que me llega a dar vergüenza en la sala de espera del kinesiólogo, porque parece libro de autoayuda.

Pero es la que edición que encontré (y que llevo en la cartera para leer en las esperas afuera del colegio, afuera del kinesiólogo, afuera de las clases de batería, de inglés, de atletismo, volleyball o lo que sea). 

En esos momentos de espera diarios -que suelen ser muy aburridos y en los que no sólo me pregunto dónde están los abuelos de estos niños, sino también su padre-, en esos momentos saco mi libro, el que esté leyendo, y me olvido de la lata y vuelvo a ser feliz. 

Nos vemos otro día de invierno. Quizás mañana, que puede ser un día de lluvia.

05 julio 2012

décimo sexto día de invierno

El colegio donde estudié está siendo investigado por supuestos casos de abusos sexuales a los niños del preescolar. El tema está recién empezando, pero ya hay dos procesados y se supone que habría más gente involucrada en estos abusos. Yo salí hace 20 años del colegio y no conocí a los sospechosos de los abusos, pero el tema igual me llega, porque mal que mal es el colegio donde pasé una buena parte de mi vida. 

Pero además me llega porque soy mamá y soy apoderada (de otro colegio) y me preocupa que ocurran estos casos de abusos en los lugares donde uno cree que sus hijos están bien cuidados. Me preocupa el no saber en quién confiar, en quién creer, hasta dónde soltar para no caer en una excesiva desconfianza y paranoia, que también puede generar daño en los niños. El tema no es fácil.

Y mientras pienso en esto y lo comento con mis más cercanas amigas del colegio, comienzan a llegar los mails de antiguas compañeras de curso. Una que propone mandar una caja de chocolates al colegio, a la directora que lleva mil años en el colegio y que de seguro está pasándolo pésimo con esta investigación, otra que propone mandar los chocolates, pero a las familias de las víctimas de estos abusos, y entre medio, van apareciendo ideas, reflexiones personales, odios guardados por el colegio, los años de terapia post escolar y también las distintas maneras que tiene cada una de enfrentar el tema del abuso.

Yo me he limitado a leer los mail y no he contestado nada. Por un lado, no me gustan esas cadenas de mails con copias a tanta gente. Por otro lado, siempre he sentido que los mails se pueden mal interpretar. Con muchos de esos mails me he sentido identificada: me duele lo que está pasando en el que fuera mi colegio, me imagino el dolor que sienten los que por años han trabajado ahí y se la han jugado para que este colegio no desapareciera, pero también me preocupa y me da una pena enorme esas familias que confiaron en parvularias, coordinadoras, inspectoras, en todo un colegio, y que ahora saben que sus hijos fueron abusados en ese lugar. 

Me duele pensar en esos niños, chicos, indefensos, y en un daño que podría haberse evitado. Pero no es mucho más lo que pueda decir. Que hay que prevenir, que hay que enseñarles a los niños a cuidarse, que deben saber desde chicos a distinguir lo que es un cariño de un abuso. Pero qué más podemos hacer. Una de las compañeras, la que no vive en Santiago ni tiene a sus niños en un sistema educacional convencional, habla de dedicarse a los niños todo el día, no delegarlos con nadie, no confiar en nadie, no llevarlos a ningún lugar. Pero eso acaso, ¿es una educación real? Con esa ideología, ¿estamos protegiendo a los niños o los estamos aislando de la sociedad y de paso llenándolos de miedo? 

Otra aparece hablando de un secreto que guarda desde que egresó y que no ha contado nunca. Y todas esperamos que ahora nos cuente qué fue lo que pasó. Pero dice que no es nada, que no nos pasemos rollos, pero ya tiró el comentario y con él la ola del rumor. Otra habla de lo mal que le hizo el colegio y otra habla pestes de la directora y de la educación que recibió. Y los mails derivan en una especie de catarsis colectiva, en una especie de terapia post trauma escolar que me ya me tocado escuchar de amigos que vienen de otros colegios. Porque claro, el colegio nos marca -para bien y para mal- y nos deja para la vida recuerdos lindos y también feos, y para más de alguien recuerdos del horror. Y qué pena que para muchas esos traumas no hayan cicatrizado. O qué pena que por años guardes tanto rencor y que incluso temas que tus niños vayan al colegio. La que hablaba de cuidarlos todo el día incluso llegó a decir que había que cuidar a los niños de los abusos, de las drogas, de la homosexualidad y de la violencia. A mí más me preocuparía exponer a mis niños a ese tipo de ignorancia y discriminación.




27 junio 2012

octavo día de invierno

Las Beckitas han estado ensayando una obra musical en el colegio. La obra se llama Prinzessin Lilliffe, y ellas actúan bailando y tocando instrumentos, aunque lejos de cualquier rol estelar.
Y están felices. En especial, felices de no haber sido Lilliffe. "Mamá, ¿cómo se te ocurre que yo iba a ser princesa?", me dice una. "Qué atroz ser Lilliffe, me muero del horror", me dice la menor. Mis hijas no sueñan con ser princesas. La verdad, ahora que lo pienso, nunca soñaron con ser algo así. Me acuerdo que cuando eran chicas les gustaba disfrazarse de animales, de futbolistas, incluso de power rangers. Y el disfraz de princesa -ese que yo les había comprado- permanecía colgado -impecable, ordenadito- en el clóset y sólo lo usaron medio obligadas en una y otra ocasión. Y no es que no les guste el protagonismo. Todo lo contrario. Sueñan con ser famosas: una famosa cantante, una; una famosa modelo, la menor. Y viajar por el mundo y ser azafatas o doctoras o profesoras de baile o periodistas. Y quizás casarse, pero siempre, siempre, vivir cerca de su mamá. 

23 junio 2012

cuarto día de invierno

Marcha por la igualdad 2012 (foto de Fundación Iguales)
Cuarto día de invierno. Día de sol y de marcha. Y como ya es una tradición, nos juntamos en la casa de P. a hacer la previa. Mis niños, mi amado, mis amigos: todos juntos dispuestos a marchar por la igualdad de derechos para todos.

Comida compartida, saludos y brindis con fresita. Y a las 2 salimos a caminar. Miles de personas reunidas en la Plaza Italia. Unos cerca del escenario del Movilh, otros cerca de los de Iguales. Nosotros, en el medio, confundidos por esta notoria división, que por suerte se terminó cuando empezó la marcha por la Alameda.

Ahí convergieron todos: los de Mums, los de Iguales, las feministas, los judíos GLBT, los de Movilh y las miles de personas, que sin pertenecer a ninguno de estos movimientos, siente que es justo que todos -sean heterosexuales u homosexuales- tengamos iguales derechos en la sociedad civil. Y daba gusto ver la Alameda llena de gente, de niños, de adolescentes, de familias completas apoyando una causa que pareciera ser de algunos, pero que a fin de cuentas es una causa de todos. Y da felicidad haber sido parte de esta marcha, de esta nueva marcha por la igualdad, y de haberla compartido con mis amigos, con gente a la que quiero tanto y con mis niños, que hoy participan de esta marcha con alegría, pero que espero alcancen a ver en la práctica, funcionando, esta ley de la igualdad.

29 marzo 2012

Un verano naranja y un otoño limón

Este verano pasó demasiado rápido. Y fue tan intenso y caluroso que parece raro recordarlo ahora que ya empezó el otoño. Muchos días de playa, de compartir con amigos y familia, de comer palmeras a destajo, de conversar hasta la madrugada y de leer libros buenos bajo el quitasol naranja. Días que ya se terminaron y que ahora recuerdo con nostalgia mientras miro el magnolio desde mi ventana y sus hojas cada día más cafés.
Y aunque me gusta el otoño, éste en especial ha comenzado muy triste. La muerte de una mujer preciosa que conocí en el verano ensombrece mis días. La muerte de Daniel Zamudio a manos de neonazis me llena de pena y dolor. Rezo por ellos y lloro por sus muertes, por quienes tanto los quieren y necesitan, por las cosas que no vivirán. Y a la vez me siento tan inútil -no sé en qué puedo ayudar- y a la vez tan privilegiada. Una amiga muere y deja a tres niños sin una madre, y no puedo no pensar en por qué a mí no me pasó nada después de mi derrame de octubre. No era mi hora, me dijo alguien. Tengo muchas cosas pendientes aún, pienso yo.
Pero todos tenemos cosas pendientes. Las tenía la Jose, las tenía la Loreto, las tenía Daniel. Quizás sus muertes nos sirvan para replantearnos prioridades entre tantos temas pendientes. Ser una mejor persona, ser una mejor mamá. Por lo pronto no dejar de decir te quiero cada día de mi vida ni de enseñarles a mis hijos que una muerte como la de Daniel Zamudio no se puede repetir. Que detrás de cada palabra hiriente, de cada gesto de peyorativo, hay un tipo de violencia que nos contamina, nos enferma, nos lleva a discriminar. Que hay que respetar a todo el ser humano -sea cual sea su orientación religiosa, política o sexual- y que la diversidad es algo bueno. Esa es mi prioridad. Después vendrán los viajes, los libros, los paseos (que espero sean muchos este año), vendrá mi tesis, el trabajo, arreglar esta casa y estar con mis amigos. Espero alcanzar a hacerlo todo y estar muchos años por acá. Por el momento partiré siendo una mejor persona y criando a mis hijos para que este mundo sea mejor.


30 abril 2010

En el Canadian Express

Desde que entré a la universidad ando con un fajo de fotocopias en el auto y un destacador amarillo en la cartera. Así, en cualquier minuto libre, me pongo a leer y subrayar como posesa los ensayos de Piaget, Bajtín, Gutiérrez Girardot y Bourdieu, que se han convertido en mis nuevos compañeros de café, y por quienes -por el momento- he debido abandonar a mis queridas amigas, las novelas, que esperan entre el velador y la repisa que me apiade de ellas y las tome de nuevo entre mis manos. Mi hijo mayor, de 12, preocupado por mi cambio de lecturas, me aconsejó una noche, antes de acostarse, que no dejara de leer novelas, "porque son tan entretenidas" y abandonara las fotocopias un rato. Y como buen lector que es me recomendó el libro que, fascinado, se había terminado hace unos días, El Asesinato en el Canadian Express, de un tal Eric Wilson.

Y el librito forrado en plástico quedó sobre mi velador por varios días, y cada noche, antes de dormirme, lo miraba e incluso un par de veces lo tomé para leerlo, pero era tanto mi cansancio que me dormía antes de llegar a la segunda página. Y todas las mañanas mi hijo me preguntaba por el libro y yo veía su carita de decepción cuando le decía que no había podido leerlo. Hasta que el martes me di cuenta de lo egoísta que había sido. Yo, que vivo recomendándole libros, que lo hago leer a Poe y a Melville, que le muestro la diferencia entre un libro de tapas bestselleras y un clásico de la literatura, que le digo siempre y en todo momento lo feliz que me me pone verlo leer; yo, la misma que he ayudado a formarle un gusto y una opinión, que escucho cada uno de sus comentarios, ahora no me estaba dando cuenta que mi niño, a sus 12 años, me estaba recomendando un libro. Un libro que le había gustado, por supuesto, pero que además él creía que era un libro bueno y del que necesitaba saber mi opinión.

Y así fue como el miércoles en la mañana decidí dejar a Bajtín de lado y sumergirme en el famoso Canadian Express. Y me tomé en serio el trabajo, tomé apuntes, puse atención en cada una de las 160 páginas y cuando lo terminé -a eso de las 3- esperé a mi hijo con mi análisis literario ya terminado. Y debo reconocer que lo dejé sorprendido. ¿Cierto que era bueno, mamá?. Buenísmo, le contesté, aunque no dejé de comentarle que me parecía extraño que al niño detective se le hayan pasado varias pistas del asesinato. Pero esa es la gracia, mamá, me dijo con su voz ronquita, eso lo hace más real, porque es sólo un niño. Y ahí entendí que por más que se lea con atención un libro, cada uno -desde su experiencia- le va a dar una lectura distinta, personal y única a "su" libro. Y no es por mamá chocha, pero debo admitir que la lectura que hizo mi hijo fue bastante más acertada que la mía.

10 agosto 2009

Las lecturas de mis hijos

"La Historia del Osito Bosque" es el cuento favorito de mis hijos, aunque llevan años escuchándolo. Es la historia de un osito goloso y desobediente, que suele meterse en líos por no hacer caso a sus padres o seguir los malos pasos de su amigo Lagartijín. Es una historia simple, que comienza y termina con una pegajosa canción, pero que no ha dejado de entretenerlos en todos estos años porque es una historia divertida, que tiene aventura, acción, e incluso peligro, pero siempre un final feliz.
No traten de googlearla o buscarla en alguna librería, porque no la encontrarán. "La historia del osito bosque" fue inventada hace años por mí (en especial la canción), pero cuyo argumento fue creciendo muchísimo gracias a los aportes de mis hijos y de mi Jorge (que incluso durante un tiempo le dio un carácter medio violento a un par de personajes, para deleite de mis hijos) y hoy en día es una historia inmensa, preciosa y, principalmente, nuestra.
De todos los libros que les leí cuando eran chicos y de todos los que he comprado, creo -sin lugar a dudas- que el osito bosque sigue siendo el personaje literario favorito de mis hijos, más que Winnie, Peter Rabbit y los muchos Jerónimos, Papeluchos y Teos. Y creo que el amor que ellos sienten hoy por la lectura y en especial por las buenas historias se debe mucho a ese osito guatón y porfiado que con sus aventuras logró convertir el tiempo de acostarse en un minuto para las palabras, y en especial, para soñar y regalonear.
Ayer, me enojé con uno de mis hijos porque no ha terminado de leerse un libro para el colegio, a pesar de que le ha gustado mucho. Y a otro de mis niños debo suplicarle que no lea tanto, porque no dosifica y es capaz de quedarse hasta la 1 de la mañana por la ansiedad de terminar un libro. Quizás no debiera meterme tanto en las lecturas de mis niños, pero como buena lectora que soy me es imposible no vigilar sus hábitos, recomendarles libros, incentivar, proponer, conversar, discutir.
A mi hijo mayor, un ávido lector que me recuerda a mí de niña, ya no le leo los libros, pero no hay día que no me cuente cómo van las aventuras que está leyendo, sean de Gerónimo Stilton o de los terribles hermanos Darling, de ASTERIX o de algún libro de Roald Dahl. Ahora él me recomienda libros, me comenta, me instruye, tal como yo le hablo de los libros de Poe, Richard Ford o Paula Fox.

Hace poco le conté de un libro que le había comprado cuando él era chico y al que tuve que cambiarle el final mientras se lo leía porque no me pareció apropiado para su edad. El se rió, pero me encontró la razón. Era un libro de Mark Twain -La Historia de un niño malo y de un niño bueno- en una edición preciosa, con dibujos maravillosos y que me salió bien caro, pero que no era para niños, aunque lo pareciera. Y no es primera vez que me encuentro con libros que en apariencia van dedicados a los niños, pero cuyos temas son para adultos con el criterio más que formado.
Hay uno de princesas olvidadas, bellamente dibujado por Rébecca Dautremer, que ciertamente no es para menores, a pesar de que suelen regalárselo a niñas de menos de 10. Y hay otro aún peor, "Las niñas son raras, pero huelen rico", que está en los principales mesones de las librerías y en las vitrinas, y que por error le compré a mi hija para las vacaciones de invierno, y que es el libro más ofensivo que he tenido en mis manos. Por suerte, mi hijo mayor lo hojeó antes que ella lo leyera y me advirtió de su contenido inescrupuloso y grosero (muy adornado con ilustraciones infantiles e inocentes) y juntos lo botamos a la basura.
Porque así como hay comida que les hace mal a los niños, hay lecturas que no son para ellos, a pesar de que estén ilustradas y coloreadas. Y como padres debemos estar atentos para distinguir y aconsejar.
Cuando mi hija de nueve años me preguntó -días después- por su precioso libro rosado, no dudé en responder que no era un libro para ella, ni para ninguna mujer, porque nos ofendía, nos hacía parecer seres inferiores, mentalmente incapaces y sin valores. Y, para mi sorpresa, ella entendió y fue la más feliz cuando supo que lo habíamos botado al basurero. "Para que ninguna otra niña lo lea", me dijo, "y para que nadie hable mal de las mujeres". Y aunque voy a tener que comprarle otro libro y hacer que me abran el plástico en la librería para revisar bien el contenido, doy gracias porque no alcanzó a leerlo. Y doy gracias por tener un hijo lector, que ya a sus 11 años, sabe distinguir qué libro es para su hermanita y qué libro no.

14 diciembre 2008

Holidays...Celebrate...

Después de pasarme todo el día en un paseo del curso de mi hija, crucé todo Santiago para llegar al recital de Madonna. Y como ya se ha dicho todo, sólo quiero agregar que para mí estuvo perfecto. Desde los 10 años quería verla. Desde la época de Material Girl, cuando yo me ponía la polera de encaje blanco, el pañuelo en el pelo y me dibujaba el lunar cerca del labio y junto a mi amiga Vero cantábamos Material Girl frente al espejo del baño de mi casa. No morí de anemia ni me fracturé los talones de tanto saltar, aunque debo reconocer que la caminata por las calles de Ñuñoa en busca de un taxi me dejaron los pies muy maltrechos. Pero valió la pena el sacrificio.

Después de encontrar un taxi, una comidita rápida en un local de Manuel Montt y a dormir unas horas que el jueves venía pesado. Ese día celebraba el cumpleaños de mi hija y como no había comprado nada, muy temprano debí partir a encargarme de todo. Y aunque corrí como loca, el resultado estuvo perfecto, porque el cumpleaños no pudo estar mejor y mi hijita lo pasó increíble. Parece que es cierto que cuando uno menos planifica, las cosas salen mejor. 

Y el viernes, luego de ordenar todo el desastre que había quedado en mi casa después del cumpleaños, partí a comprar los regalos de Pascua de mis seres queridos y en la noche me divertí de lo lindo con unos amigos mexicanos que conocí gracias a un famoso escritor. Lo más divertido es que estos mexicanos me llevaron a comer enchiladas y totopos al  Garibaldi, y me enseñaron unas palabras padrísimas que me hicieron recordar el libro 2666 y adorar de por vida la michelada con ají. Amigos: si están leyendo esto debo decirles que los adoro y espero visitarlos pronto en su país.

El sábado invité a mis niños a una piscina de club, donde se bañaron hasta quedar arrugados como pasas y yo aproveché de leer Desfile de Pascua y tomar algo de sol. En la noche salí con un amigo al que no veía hace años, y con quien me reí hasta caerme en el Toro de Loreto y luego camino a su lindo hogar.

Y hoy domingo, pasee por el Bicentenario, comí empanadas en La Punta, me bañé toda la tarde en la piscina, hice carreras de natación con mis niños y me terminé Desfile de Pascua. Y en la noche cerramos esta intensa semana comiendo en familia en el Sushihana de la Portada, después de pasear por el centro de Santiago, de tomarnos un buen helado en el Fragola y de conversar con una pandilla de Harley Davidson que orgullosos nos mostraron sus motos. Amo el verano y amo las vacaciones. Y no tener que levantar niños para ir al colegio hasta 3 meses más. Como diría Madonna: 

If we took a holiday
Took some time to celebrate
Just one day out of life
It would be, it would be so nice

Ahora sólo me falta comprar un par de regalitos más, terminar el trabajo que estoy haciendo y a descansar. Y celebrar. ¡Bienvenidas vacaciones de verano!

17 noviembre 2008

Los mil y un ajetreos de Becky


“Ay, cuando la pasión es mansa y arrebatada a la vez”

John Keats

 

No han sido días tranquilos para la familia de Becky Sharp. Papá Sharp ha estado con mucho trabajo y Becky ha debido multiplicarse para atender a sus hijos mientras la niñera está en el sur. Justo en medio de las pruebas globales –esas terribles pruebas que ponen en los colegios y que obligan a alumnos y madres aplicadas a pasarse varias horas estudiando- se han sucedido muchos eventos, como el nacimiento del primogénito del hermano de Becky y la participación de la familia Sharp en La Bienal de Antigüedades de Las Condes, lo que ha mantenido a Becky y a su familia en un agotador ritmo de vida que seguramente no parará hasta navidad.

Además Becky ha estado muy afanada con un nuevo tema de investigación (para el que debió encargar un par de libros a Buenos Aires) y que cree será un gran reportaje literario, y ha tenido que ir a dejar a sus hijos a más de 20 cumpleaños en el mes (y además comprar los regalos), sin contar las idas a buscar al colegio y los estudios de media tarde, donde por un lado ha debido ingeniárselas para hacer entender a su hijo mayor la multiplicación de fracciones y casi al mismo tiempo tomar un dictado en alemán a su hija segunda sin tener idea de lo que estaba preguntando.

Y en medio de esta intensa semana (donde el matrimonio Sharp vivió entre la luna de miel y el divorcio) nace el primogénito del hermano de Becky -del único hermano hombre, del regalón de mamá y papá- lo que fue como ver nacer a la reencarnación del príncipe heredero, y todos ahí, embobados, fueron testigos del gran suceso (incluidos los niños Sharp que lo tocaron y lo besaron hasta el hartazgo) y de Becky y Mr. Sharp que con los ojos llorosos se emocionaron al ver a este nuevo y precioso miembro de la familia Sharp.

Y al día siguiente, otro evento más: la bienal de antigüedades de Las Condes, donde el marido de Becky participó con un flamante (y controvertido) stand, muy conceptual y limpio, que gustó a laicos y entendidos , menos al hijo mayor de Becky que con lágrimas en los ojos debió confesar que “su papá la había embarrado”, y que no entendía por qué su padre había puesto un solo objeto si tenía tantas cosas lindas para exhibir. Becky, mientras se paseaba por los stands, también pensaba en que a esa hora en la Feria del Libro se estaba presentando el libro de cuentos de Marcelo Lillo -ése que tanto le había gustado-, pero que por su carácter de primera dama no podía ausentarse de la Bienal por muy aburrida que esta estuviera ni menos dejar a su familia sin su apoyo incondicional.

El sábado en la tarde, después de ir a dejar a sus hijos mayores a las casas de sus amigos, Becky se escapó con su hija menor a la Feria del Libro de Santiago que, como todos los años, la decepcionó. Libros de autoayuda y miles de libros infantiles, nada interesante para ella, fue lo que vio. Y aunque no pensaba gastar mucha plata igual terminó comprando una decena de libros para sus hijos lectores –incluso uno que venía con una cuerda de saltar- y que su hija menor empezó a leer en la misma cafetería de la feria mientras Becky observaba a Carolina Brethauer vestida de alta noche a las 7 de la tarde y que luego supo iba a presentar el libro “Sin tetas no hay Paraíso”. Plop.

Y desde la alta cafetería, Becky pudo ver a los escritores que venden en el Chile de hoy: a Guarello, que firmaba un libro sobre fútbol en Ediciones B, a Carla que muy bien sentadita en Planeta esperaba que alguien le hablara o le pasara un libro para firmar, a Rivera Letelier que sí firmaba varios libros, a Mackenna que desde Pehuén mostraba su libro de poesías, mientras Becky se preguntaba: ¿dónde están los escritores de verdad? Pero nadie le respondió. Y con 20 mil pesos menos en el bolsillo (que al parecer le penaron todo el fin de semana), salió de esta seudo feria literaria a buscar a su marido y a sus hijos y llevarlos a comer mariscos al barrio Brasil.

Pero tanto ajetreo le pasó la cuenta a la bella Becky, y al día siguiente ya no se podía los pies. Como todos estaban ávidos de panoramas y ella muy cansada para cocinar y pasear, decidió inventar un panorama que le permitiera descansar y comer, sin tener que gastar: un picnic en plena ciudad. Y partieron con manteles, copas y platos, su buena botella de Merlot, empanadas de pino calientes y helados Fragola en el cooler, a hacer un muy cool picnic en el Parque de las Esculturas. Y mientras los niños corrían por el lugar, se dio el tiempo de dormir una buena siesta bajo los árboles, a pata pelada, y con la boca pegote de tanto comer pie de limón y helado de frutos del bosque. Y ahí, rodeada de esculturas y niños, acompañada de su querido esposo, logró dejar atrás los ajetreos de la semana y olvidarse por un rato del trabajo, las tareas y los miles de quehaceres. Con el ánimo en las nubes, llegó a su casa en la tarde, descansada y feliz, y con fuerza para otra nueva semana de pruebas globales, dentistas, turnos e idas a dejar a cumpleaños.

 

 

25 agosto 2008

Y después, sale el sol

Después de una semana fría e infame, por fin el domingo salió el sol. Y para aprovecharlo al máximo fui con mi familia al valle de Casablanca (camino a Viña) a comer unas buenas carnes a las brasas con ensalada a la chilena, acompañadas de unas ricas sopaipillas, mucho pan amasado y pebre del mejor. De postre probé un poco de Dulce Patria, que es un postre exquisito y que he podido encontrar en muy pocas partes (lo tienen en Le Flaubert y en el Emporio Nacional, por lo menos) y también comí una buena porción de mote con huesillos, que estaba muy fresco y reponedor. 

Y de ahí, arrendamos caballos y partimos acompañados por don Ramón a recorrer los cerros del sector. El día estaba tan lindo que no daban ganas de bajar  y arriba, desde la punta del cerro, el valle de Casablanca se veía verde, grande y maravilloso a nuestros pies. Un panorama espléndido, sugerido por mi amiga Rocío, y que no puedo dejar de recomendar. El lugar lugar se llama Puro Caballo, y está en el pueblo de Lagunillas, en el valle de Casablanca. El restaurant, buenísimo, y los paseos -que se pagan por separado- son a caballo por los cerros del sector. Muy recomendable para estos días casi primaverales. Y para dejar atrás momentos desagradables y días fríos y aburridos.

14 agosto 2008

De paseo a Pomaire

El domingo -día del niño- mi mamá tuvo la genial idea de invitarnos a almorzar a Pomaire. "Les va a encantar a los niños", fue su argumento para convencer a hijas, yernos y marido, y llevarnos para allá. Claro, a los nietos no fue necesario convencer de nada, porque ya con la sola idea de salir de paseo estaban felices. Y llegamos a  almorzar -con mucha hambre, hay que reconocerlo- a este pueblito cada día más turístico y que ya casi nada conserva de sus encantos originales. Porque aunque nuestra idea era comprar una que otra fuente de greda o unos pocillos para el pastel de choclo, lo cierto es que casi todos los cacharros que encontramos estaban pintados con colores chillones y los típicos chanchitos y platos color tierra habían sido reemplazados por Winnies The Pooh y Barneys de greda esmaltada. Pero así y todo compramos algunas cosas, porque cómo íbamos a negarnos si nuestros hijos y sobrinos querían hondas, emboques y culebras, y estaban fascinados con estas veredas atestadas de cachureos multicolores y de hombres y mujeres vestidos como huasos. Si hasta una chupalla tuve que comprarle a mi hijo mayor, que aunque tiene pasta de poeta, sueña con ser un futuro hombre de campo. 

Y por supuesto a la hora de almuerzo (en un restaurant tan malo que prefiero ni nombrarlo), escuchamos cueca y nos reímos al ver bailar a los niños. Quizás con media garrafa de chicha en el cuerpo me habría reído más, pero como estaba con mis padres debí abstenerme de las bebidas alcohólicas. Pero, a pesar de la comida y del desilusionante paseo, lo pasamos muy bien, y para nuestros niños fue como ir a Disney, aunque para mi papá haya sido como ir al Far West, pero sin caballo, sin comida y sin ropa. Una experiencia divertida, que sólo recomiendo a los que tengan un gran sentido del humor.


04 agosto 2008

Aparece Peludito (pero no el verdadero)

Mis lectores se acordarán del triste momento que vivió Becky Sharp cuando en marzo desapareció su querido perrito West Highland White Terrier (ver "A Becky le roban su perro"). Bueno, desde marzo hasta la fecha no se ha sabido nada de él y sus hijos no han dejado de rezarle a San Francisco y varios santos más con la esperanza de recuperarlo. Por eso, cuando hace unos días la llamó un señor de La Dehesa asegurando que tenía a su perro, mantuvo la duda, pero en el fondo creyó que el milagro había llegado: que, por fin, había aparecido su Peludito. 

Y partió a buscarlo junto a sus hijos, y con dolor se cercioró que, aunque era casi idéntico a su Pelu, no era él. Ni siquiera los miraba. Pero los niños (en especial las Beckitas) de inmediato tomaron al perro en sus brazos y se lo llevaron al auto (cual ladronas de poca monta) y aunque Becky le aseguró al señor que éste no era su perro, él no tuvo problemas en pasárselo a la familia Sharp. Ya en el auto, lejos de la Dehesa, Becky les dijo a sus hijos que ése no era su perro, porque los niños no entendían por qué el perro no respondía al nombre de Pelu ni se acordaba de ellos. Para estar seguros, lo llevaron al veterinario en busca del famoso chip de identificación (Pelu tenía uno en su cuello), pero por más que lo revisaron este perro no tenía nada. Entonces, llegó el momento de decidir, ¿se quedaban con este seudo Pelu o le buscaban un dueño? 

Y por supuesto, los niños optaron por la adopción, y se quedaron con el lindo perrito, al que bautizaron como Simón, y que es un perro precioso y tierno, aunque todavía no mira cuando lo llaman (y ya han intentado con miles de nombres) y que seguramente tiene un dueño que lo busca tanto como ellos buscaron a Peludito. Pero ya es tarde para sacar a este perro de este hogar. Porque los niños desde el primer minuto sintieron que Simón era su perro, y aunque todavía esperan la vuelta de Pelu, sienten que el milagro llegó, y que los santos se acordaron de ellos (aunque el perro no sea el mismo, sólo "casi casi igual").

26 julio 2008

El Fumador y Otros Relatos

Marcelo Lillo ha ganado varios concursos literarios -entre ellos el Paula por su cuento El Fumador-, pero nunca había publicado. Hasta ahora, cuando aparece su interesante libro de cuentos, El Fumador y otros relatos, que ha gozado de muy buena crítica y que, al parecer, le está abriendo las puertas del reconocimiento. Según dicen, Lillo llevaba años esperando por eso, y se la había jugado por la escritura a pesar de casi consumirse de pobreza y desaliento. De hecho el año pasado había mandado un cuento al Paula nuevamente -el cuento es Felicidad, que también aparece en el libro- pero no salió ni entre las menciones honrosas. Pero así y todo, llamó la atención de alguien, que terminó llevando a Lillo a la imprenta. Y el resultado es un libro muy bueno, con cuentos especiales, medio tristes, medio fríos, con olor a humedad y tierra, y personajes abúlicos y desencantados. Mi amigo Random me lo regaló hace poco y me lo leí en un día, porque es un libro cautivante, a pesar de que los cuentos no son sorprendentes ni rebuscados, sino más bien todo lo contrario.

Y casualmente el día que me terminé de leer el libro fui a comprar pan a un pueblito cerca de mi casa. Había parado de llover y la calle estaba toda embarrada y con charcos, y me acordé del sur de Chile, de esos pueblos todos iguales con su plaza, su botillería y su panadería en la esquina, y pensé en lo mucho que extrañaba ese paisaje frío. Y me acordé de mis amigos sufis, que viven en la precordillera de la novena región, de mi amiga Mónica y sus mellizas, de mi amiga Maida y de su nueva vida en Pucón. Y por supuesto me acordé de Marcelo Lillo y de sus cuentos con olor a leña y pan, a sus cuentos con la tele de fondo y el perro enterrado en el jardín. Al día siguiente, mientras me tomaba un café con unas amigas en un balneario cercano, mi hija llega corriendo y me dice que vio a mi amigo sufi en la piscina del lugar, y así, como por arte de magia, me encontré con mis queridos amigos sureños, con su cada vez más amplia y linda familia, y pude compartir una tarde de precordillera en plena quinta región. Y como la vida es tan sincrónica, al día siguiente nos juntamos a almorzar en el Chiringuito y hasta terminamos hablando del Libro del Peregrino, el libro que tenía obsesionada a la protagonista de Franny y Zooey, y que al parecer es un libro bien interesante.

Y para seguir con las sincronías, en la tarde me llama mi amiga Maida, que también había llegado a la zona, y con la que me junté al día siguiente a conversar un vinito tinto con nuestra amiga Cata hasta las tres de la mañana. Como si estuviéramos en un bar sureño, de esos donde nadie te apura y donde la comida no es tema, y donde se termina hablando de cosas tristes y cosas alegres, pero siempre de cosas de las que pocas veces hablamos. Entonces, si pensaba que estos días en la playa iban a ser sólo de niños, baldes y lecturas, no me equivoqué. Pero también fueron días de amigas y de reencuentros, de pisco sours en el César mirando a los niños a la distancia en un peligroso estado de ebriedad, y de tardes con vinito y largas conversaciones. Ojalá se vuelva a repetir. Y lean a Lillo, que es bueno.

18 julio 2008

Del Planetario a la Junta Nacional

Con algo de pena leí el otro día que un poeta, aburrido de la falta comentarios, había decidido cerrar su blog. Y el blog realmente era interesante. El mío, en tanto, no tiene nada de especial, pero así y todo recibe varias intervenciones (aunque algunas me sean del todo sorprendentes o incomprensibles). Por suerte, porque si no recibiera comentarios creo que también lo cerraría o de frentón lo cambiaría por un diario con portada rosa y papel en tonos pastel.

Y esto de los comentarios me hace pensar que mi vida también es muy parecida a este blog. Vivo mis días intensamente, con sus altos y bajos, pero cada cierto tiempo -casi diariamente- me llegan los llamados de mis amigos que me hacen salir de mi realidad. Ayer, por ejemplo, me llama mi amiga C. para que salgamos a pasear con nuestros niños (que siguen eternamente de vacaciones). Como ya los hemos llevado a patinar, al cine, a la nieve y a comprar libros, sólo nos falta llevarlos al espacio. Y eso fue lo que hicimos: una visita al Planetario de la Usach. Debo reconocer que el panorama me encantó, porque adoro todo lo relacionado con los astros y planetas, y a los siete niños les fascinó (en especial los cereales Estrellitas que regalaban en la entrada y la total oscuridad del lugar).

Después se vivieron todos a mi casa, a tomar té y seguir jugando, y prometo que con esto ya no les hago más panoramas hasta septiembre o más. Porque ya no me queda plata y estoy cansada de comer pop-corn y galletas a cualquier hora (y ya casi no me cierra mi bluyín regalón), y sólo quiero volver a sentirme adulta y estar echada leyendo en un rincón.

Por suerte en la tarde recibo la llamada de mi amigo Random para que nos juntemos a comer en el Junta Nacional, un restaurant nuevo que se abrió en Bustamante, con comida chilena bien rica y bien presentada, y con unos pisco sour de miel y jengibre ideales para cualquier ocasión. 
A nuestra cita llegó mi amante de turno, Víctor (que volvió de Grecia) y un amigo recién llegado de Shanghai, y ahí rodeada de hombres guapos me olvidé de los quehaceres domésticos, de la música de Chiquititas y de las peleas infantiles, y me comencé a relajar.

Ahora preparo maletas para irme con mis niños a la playa. Ya les advertí que se acabó la plata, así que nada de monitos de cerámica ni comidas en restaurant. Ahora sólo baldes en la arena y unos pocos cuchuflís, y nada de molestar a la madre abnegada que quiere terminar Franny y Zooey y encontrar el capítulo perdido de la novela que nunca terminará.

A la vuelta nos vemos, y sigan posteando con regularidad. Que no hay nada más triste que un blog sin comentarios, un celular sin llamadas, una noche sin estrellas y una vida sin amistad. Un beso a todos.


16 julio 2008

Wall-e

Debo confesar que siento una gran debilidad por el amor y por las historias románticas. Y cierto es que esta debilidad me ha traído grandes satisfacciones, pero también bastantes sufrimientos y decepciones en la vida (de los cuales no es necesario hablar). Esta debilidad es la que me hace adorar por sobre todo novelas románticas como Orgullo y Prejuicio o Expiación, así como las historias de desamor de la Señora Craddock o Madame Bovary. Y en formato cine, es finalmente el amor lo que busco cuando vuelvo a ver Moulin Rouge o La Edad de la Inocencia, Emma o El Paciente Inglés.

Es por mi obsesión romántica que leo y escribo sintiéndome heroína literaria. Y es por ese gusto, heredado de no sé quién, que escribo cartas, poemas, diarios y libretas, sin motivo y sin afán. Entonces, si mis amigas con niños en edad escolar me preguntan cuál película infantil recomiendo para estas vacaciones de invierno, no dudo en contestar Wall-e, a pesar de que Kun Fu Panda es genial. Porque Wall-e es divertida, pedagógica, ecológica y anti-obesidad (razones de sobra para ser recomendable), pero además porque es muy romántica, y nos muestra que el amor disparejo puede resultar. Y como soy una romántica empedernida hasta el amor entre dos robots me hace emocionar, en especial cuando Eva lo trae de vuelta a la vida y lo obliga a recordarla. Y cuando él la besa y baila con ella por el espacio estelar.

28 junio 2008

Plaza Perú se queda sin sol

Aunque según mi vecina soy una "aparecida" en el barrio El Golf, lo cierto es que vivo en este sector hace más de 12 años. Doce años en los que me ha tocado ver cómo han botado casas y construido enormes edificios de lujo, cómo han transformado y eliminado plazas, cómo han adoquinado calles y también cómo, de a poco, la Municipalidad se ha encargado de dejar sin sol y con mucha sombra a los habitantes de este sector.

Porque como el barrio El Golf es el más caro de Santiago, quienes compran terrenos aquí buscan sacarles el mayor partido a su inversión y para eso construyen los edificios más altos del mercado, edificios que no dejan ver el paisaje y que se roban día tras día la tan necesaria luz solar.

Hoy al mediodía llevé a mis niños a la Plaza Perú -una plaza que hace unos años fue completamente remodelada cuando se hicieron los estacionamientos subterráneos- y casi me muero de frío cuando por años esa plaza ha sido el epicentro del calor y del sol. Claro, ahora frente a ella construyeron un enorme edificio -el Territoria 3000- que no deja pasar la luz solar y que dejó convertida a la Plaza Perú en un lugar frío, húmedo y oscuro, donde ya no se juntan los viejos a conversar ni los niños a jugar, y donde hoy al mediodía sólo estaban mis hijos y yo, además de un par de adolescentes medio carreteados.

Por años mis niños visitaron esta plaza entre abril y octubre porque el resto de los meses era muy calurosa, y en verano íbamos a la plaza grande que está frente a la Iglesia El Golf, que con sus largos árboles nos ayudaba a capear el calor. Ahora tienen dos plazas sombrías, ideales para los días calurosos, pero que durante el año son imposibles de resistir. Y la culpa de todo la tiene la Municipalidad de Las Condes, que cree que poniendo más juegos de plástico los niños van a ser más felices, cuando lo que todos buscan es un lugar agradable para estar, un lugar calentito para andar en bicicleta o patinar, un lugar para dejar al viejo abuelo tomando sol y a la guagua mirar desde su coche; un lugar que no era perfecto ni bonito, pero que servía para pasar una agradable mañana de plaza, y que ya nunca más volverá. Good Bye, Plaza Perú, que la sombra te acompañe. Y por favor, alcalde De la Maza, cuide más a sus vecinos y no los siga dejando sin áreas verdes ni sol, que por algo pagamos las contribuciones más altas del mercado.

17 junio 2008

Becky en el Palacio Cousiño

El domingo Becky llevó a sus niños al Palacio Cousiño, la gran casa que tenía don Luis Cousiño y su señora Isidora Goyenechea en la calle Dieciocho, y que desde la década del 40 pertenece a la Municipalidad de Santiago. La casa es enorme y está decorada según los gustos afrancesados de sus dueños -ricos empresarios mineros- con mucho mármol, jarrones chinos, oro y enormes pinturas de Monvoisin que dejaron boquiabiertos a mis hijos y a mí sumergida en un estado de ensoñación.

Un simpático guía nos llevó escaleras arriba y abajo, y nos mostró las piezas de los niños (tenían seis hijos), los dormitorios principales, el gran comedor y la sala de música, de baile y de té. A mi hijo mayor lo que más lo impresionó fueron los sillones "indiscretos" con tres asientos para que los novios no estuvieran nunca a solas y a una de mis hijas le encantó la escalera de mármol multicolor. A mí me gustó un mural que está a la subida de la escalera y que por un lado muestra un paisaje parisino y al frente un paisaje de Santiago (según el guía, las dos ciudades favoritas de la familia) y aunque no sé si habrá sido verdad, por un rato envidié esa vida de eternos lujos y viajes, y ese gusto por evitar a toda costa el invierno y sólo vivir entre la primavera y verano de Santiago y París.

25 mayo 2008

De la Novicia Rebelde a la calle Rosal

Un queridísimo benefactor me regaló para la Pascua un televisor gigante, "un plasma" como le dicen mis niños, y como no me gusta ver televisión ni siquiera lo había inaugurado. Pero la lluvia del jueves y la llegada de "la alfombra peluda" me obligaron a dejar mis libros de lado para sucumbir a la tentadora idea de la película familiar, y en grupo partimos a arrendar películas para ver en nuestra nueva tele XL.

Los arriendos no fueron nada de novedosos (mi hijo mayor nos obligó a ver una soporífica película de Asterix y mis hijas nuevamente me hicieron ver Encantada), mientras yo en un arranque retro-nerd, decidí arrendar La Novicia Rebelde, la película que más me hizo gozar en la niñez y que ahora ponía a disposición de mi descendencia. Debo reconocer que temí que la odiaran, que la encontraran anticuada, lenta o aburrida, que se cansaran de las canciones o que echaran de menos la magia o los efectos especiales, pero nada de eso sucedió, sino todo lo contrario. Acostados sobre la alfombra peluda, no despegaron la vista de la película en ningún momento y cuando ésta terminó me agradecieron de todo corazón mi anticuada historia de la novicia cantarina.

Y aunque la trama es bien naif y el amor entre el Barón von Trapp y la novicia es como de historieta, hay una parte de la película que me hizo pensar, y es cuando ella decide volver al convento para escapar de lo que temía, que era enamorarse. Hay gente que no habla para no errar, que no escribe por miedo al qué dirán, que no se enamora para no sufrir. Pero la vida no es perfecta y uno no puede pretender serlo, y es mejor lanzarse y caer, que nunca despegar de la plataforma.

Y como les gustó tanto la Novicia Rebelde, decidí que este domingo también los llevaría a un panorama de mi gusto. Nada de plaza o juegos infantiles, ni de Tip y Tap o Tiramizú. Y así fue como partimos el día tomando desayuno con croissants en el Emporio La Rosa y luego de caminar por el Parque Forestal, terminamos nuestro paseo en la maravillosa exposición de Enrique Zañartu en el Mac -una completísima muestra que incluye sus obras en grabado, dibujo y óleo- y que es un gran deleite para grandes y niños. Por lo menos los míos gozaron imaginando corazones, personajes e historias, y más gozaron después revisando el lindo catálogo de la exposición mientras comíamos unos ricos ñoquis con salsa pomodoro en el Squadritto de calle Rosal. Panorama redondo, ¿no?

30 abril 2008

Nada con las niñeras

Nunca he podido entender la manía de algunos chilenos de andar a todos lados con la niñera. Mujeres que van a la plaza con sus hijos y que instalan a una niñera en los juegos para que les cuiden a los niños mientras ellas hablan con sus amigas o familias enteras que viajan a Disney con "la nana" para que sea ella quien se suba al trencito con los niños o les saque la foto con el ratón Mickey. De verdad, no lo comprendo, y cada vez veo más y más.
Ayer en la clínica, mientras esperaba que atendieran a un amigo por una picadura de araña, me dediqué a contar cuántas niñeras había alrededor. Y sólo en la sala de urgencias conté más de diez: unas con niños en brazos, otras paseando coches, otras simplemente mirando el techo con cara de aburrimiento. Las mamás de estos niños estaban ocupadas hablando por teléfono, tomando un café e incluso había una escribiendo en un notebook. ¡Qué horror!
Y no estoy exagerando. Conozco gente que va al supermercado con la nana, para que les lleve el carro y les vea a los niños; he visto niñeras vestidas enteras de blanco cuidando a los niños en la playa, mientras su patrona toma sol más atrás; conozco "nanas" que conocen más hoteles "all inclusive" que nadie, e incluso sé de casos de niñeras que duermen con los niños hasta grandes, que los ayudan a hacer tareas y los llevan al doctor.
Yo también tengo nana. Es una mujer adorable que lleva más de 12 años en mi casa y que cocina y hace el aseo de mi hogar. Pero nunca me ha acompañado ni a la esquina ni ha llevado a mis hijos a algún lugar. Y aunque a veces me canse de llevar el carro en el supermercado o de correr entre las horas de los dentistas y las clases de atletismo o golf, no se me ocurriría mandar a mis hijos con ella, porque asumo que es mi obligación.
Quizás si hubiera tenido una niñera a mi lado mi hijo a los 2 años no se habría caído del resbalín mientras yo hablaba con mi amiga Vero en la plaza Las Lilas ni me habría vomitado mi Amalia en medio del Parque Arauco ni se me habrían perdido los tres en el Jumbo mientras compraba el pan. Pero de la caída de mi hijo sólo queda el recuerdo, el abrigo vomitado ya se lavó y los tres aprendieron que si se pierden deben ir donde el guardia y esperar que la mamá los vaya a buscar.
Debe ser más descansado bajar a la playa con alguien que te vea los niños mientras tomas sol o que te los cuide mientras llevas el carro en el supermercado, pero para mí no hay nada más delicioso que estar a solas con mis niños, que me conversen y me den besos, que me acompañen a hacer las compras (y aprendan, de paso, la diferencia entre una lechuga y una espinaca), y que a la salida, me acompañen a tomar un café a la cafetería y se llenen con galletas y pie de limón.

26 marzo 2008

A Becky le roban su perro

Becky está devastada. A los problemas que ha debido enfrentar por su cambio de casa, su enfermedad y la pérdida de su iguana, ahora se suma un nuevo dolor: le han robado a su perro. Sus niños no paran de llorar y ella pega carteles, lo llama, lo busca y reza a San Francisco de Asís para que lo haga aparecer. Pero nada, su querido perrito faldero, su West Highland blanco, precioso, cariñoso y un poco tontón, no está por ningún lado.
El principal sospechoso del robo es un joven de jockey que deambulaba en un triciclo frente a la casa de Becky como a las 5 y media de la tarde. Pero ni de él ni del perrito hay huellas.
Su única esperanza es que la persona que lo robó la llame al teléfono que aparece en la correa del perro. Por mientras sólo le queda esperar, y tratar de convencer a sus hijos que no todas las personas son malas en este mundo.