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04 abril 2008

Los pecados de Becky

Una amiga que se está contruyendo su casa nueva -una casa preciosa, por lo demás- me cuenta que ya ha sentido una que otra mala onda de la gente. "Eso se llama envidia", le preciso yo, y ella asiente, porque sabe que es verdad y porque ya antes había sentido las miradas de envidia sobre ella misma.

Se envidia la riqueza, la inteligencia, el buen gusto, la belleza, el poder. A ella le envidian su casa, su vida, su cara de muñeca. A otros les envidian su trabajo, su puesto, su cuerpo, su mujer. La soltera envidia a la casada y la casada a la soltera; la que no tiene hijos a la que los tiene y la que los tiene a la que tiene más.

Yo no envidio a nadie, y soy capaz de gozar con la felicidad y triunfo de los otros. A veces, eso sí, he codiciado los bienes ajenos -especialmente los viajes ajenos- y he deseado ser más flaca y estilosa, más buena y más mala, más relajada y menos mal pensada, más deportista y menos mimada.

También he sentido gula extrema (sobre todo de chocolates) y he sido avara con mis libros y mis hijos (también he sido tacaña con mis afectos).

He sido lujuriosa y lujosa; fantasiosa, mentirosa e intrínsecamente infiel. Pero envidiosa, para nada. Debe ser porque me conformo con lo tengo y con lo que soy, o porque me preocupo tanto de mí misma que no tengo tiempo de mirar a mi alrededor.