
Cuando salí de la Universidad prometí que nunca más en la vida volvería a leer y estudiar de una fotocopia. Nunca más llevaría libros de la biblioteca a esos sucuchos universitarios que se llenan de estudiantes impacientes y jóvenes fotocopiadores de distintos humores, con ese olor a tinta quemada impregnándolo todo y papeles y papelitos repartidos por todas partes -para indicar comienzos y finales, y también los precios y los nombres de todos los alumnos que necesitan una copia de Bachelard, Piaget o Bajtín-. Prometí que si algún día volvía a entrar a la Universidad me compraría los libros de lectura o me los conseguiría, pero no volvería a estudiar en un facsímil ya subrayado, al que por lo general siempre le falta un par de páginas y tiene borroneado los pasajes más importantes.
Pero aquí estoy, de nuevo en las pistas. Tratando de hacerme amiga del "amigo" fotocopiador, pidiendo copias de cuanto teórico existe, corcheteando páginas y leyendo entre las líneas borrosas y/o rayadas y cargando cientos de páginas de aquí para allá. Y no crean que no traté de conseguirme los libros. Traté, pero no están. O sólo están en la sección de la biblioteca que no presta a nadie. Salvo al fotocopiador.
Lo único bueno ha sido constatar que la inflación no ha llegado al mundo de la fotocopia universitaria y que el precio sigue en $15 por hoja, ¡el mismo precio que tenía hace 13 años cuando egresé! Y esta es sólo una de las pruebas que confirma una de mis primeras hipótesis: aquí realmente el tiempo no ha pasado.