
Entre los hallazgos he encontrado varios de mis libros de infancia: el adorado libro de cuentos rusos, las novelas de Enid Blyton, el viejo diario de vida y un folleto de México que he atesorado desde los diecisiete años. También he encontrado cartas de amigas (algunas bien comprometedoras), postales, dibujos y varios poemas de amor que nunca envié. Por Dios que he guardado secretos durante estos años.
En este mueble están los libros de sexo y esoteria que más de alguna vez consulté en la adolescencia; están todos los diarios de Anaïs Nin y los libros de Henry Miller que leí a los dieciocho; están los clásicos ingleses, los Dostoivevski, Nabokov, Proust y Flaubert; los libros de moda, los McEwan, Amis y Roth, y los libros de autoayuda, de ayuno, tejido en telar, yoga y Kamasutra.
Los libros de viajes son tantos y sólo he usado el de Italia y París. Espera el de México, India y Escocia. También espera La Guerra y la Paz y cinco tomos de En Busca del Tiempo perdido. El Kamasutra ha sido hojeado a la ligera y la Antidieta todavía está encerrada en celofán. Pero hay otros que he leído más de una vez (Madame Bovary y Poemas de Paul Eluard, especialmente) y varios libros desarmados o subrayados por mi exceso de pasión.
Con las manos empolvadas he revisado mis lecturas desde los doce años hasta mis treinta y tres y, aunque no me enorgullezco de todos mis libros, por Dios que he leído durante estos años. Y por Dios que he acumulado historias en este lugar.