10 octubre 2008

Au revoir, CLC

Ayer tuve que ir de nuevo a la clínica Las Condes por mi repetido problema en la glándula salival. Como ya me han operado dos veces (las dos con anestesia general) y todavía el tema no se soluciona mi humor no era de los mejores. Porque sinceramente el asunto me tiene bastante cansada y no entiendo cómo algo que supuestamente era tan fácil de mejorar todavía sigue causándome molestias. 

Entonces llegué molesta a mi hora con el cirujano que tanto me habían recomendado (el llamado "monstruo" de los otorrinos) y que ya me ha operado dos veces sin obtener ningún resultado positivo. Mi sangre no estaba fría (es más creo que mi lado Mazzetti bullía en mi interior) y como había llegado con anticipación pasé a pagar la cuenta de la operación pasada que seguía impaga porque la isapre se había demorado en emitir bonos y reembolsos. Y fue en la oficina de "cuentas médicas" donde pasé mi primer mal rato matinal cuando me pasan la cuenta y veo que la operación menor que me habían hecho ("una cosita ambulatoria, simple", como me había dicho el doctor) me estaba costando más de dos millones de pesos. Sólo en cama y derecho a pabellón era un millón de pesos y eso que me tuvieron en un box de recuperación por dos horas antes que me dieran el alta y que jamás pisé una pieza de verdad. Pero como la isapre pagaba el 90% no me importó pagar la diferencia, aunque claramente el precio estaba ridículamente inflado. Pero mi gran sorpresa fue ver los honorarios médicos, que por supuesto la isapre no estaba dispuesta a cubrir en su totalidad: cirujano 400 mil, anestesista 600 mil. ¡¡¡600 mil!!!, grité yo. Creerán que uno es tonta y no sabe lo que cuestan las cosas. 

Me negué a pagar aduciendo que una operación de menos de una hora, ambulatoria, no podría tener ese valor de anestesia. Si yo en el verano había pagado 40 mil pesos por una gran operación que le hicieron a mi hija (con extracción de cristalinos, implante de lentes intraoculares en ambos ojos y anestesia general) en la Clínica Luis Pasteur, no entendía por qué tenía que pagar 600 mil pesos sólo en anestesia ahora, 600 mil pesos que la isapre se negaba a pagar. Y molesta me dirigí a la consulta del "monstruo" porque ya se acercaba la hora de la consulta a la que él me había citado, dispuesta a preguntarle por sus honorarios y a exigirle una explicación por mi tema glandular aún no resuelto. 

Pero cuál no será mi sorpresa cuando llego al quinto piso y me informa la secretaria que el doctor se había "olvidado" de mi hora y se había ido al aeropuerto. Por teléfono, el "monstruo" de la cirugía mandaba decir que me podía ver cualquiera y que pidiera hora con él para tres semanas más. Y ahí sí que no aguanté y le dije a la secretaria que no tenía problema en verme con el sustituto, pero que se olvidara si pensaba que iba a volver en tres semanas más. Quien me deja plantada, fregó, ¿o acaso creerá "el monstruo" que es el único doctor de la tierra? 

El sustituto resultó de lo más serio y encantador y me explicó que cuando una glándula tiene problemas la única solución era extirparla. O sea, me habían hecho pasar por dos operaciones innecesarias (a una persona con problemas cardiacos y que toma anticoagulante) para llegar a la conclusión que había que sacar lo que en un principio me deberían haber sacado. Le pregunté si él me podía operar y me respondió que no podía, porque le ponía un problema con "el monstruo". Sincero. Y cobarde, como todos estos doctores de la clínica Las Condes que viven cubriéndose sus espaldas y las de sus colegas.

Pero lo más increíble pasó mientras salía de la consulta del otorrino suplente. Mientras esperaba que llegara el ascensor me llaman de "cuentas médicas" que "alguien" se había equivocado en tipear un código y que el costo de la anestesia no era 600 mil pesos, sino 160 mil, de los que la isapre me pagaba su buena cantidad. ¿Cómo puede un clínica seria caer en ese tipo de errores? ¿seré mal pensada si creo que más que un error era una estafa? Y con esa duda en la cabeza me dirigí a pagar los honorarios médicos mientras a mi lado pasaban mujeres vestidas de buzo y Louis Vuitton, señoras con la guata al aire, anteojos dorados y sobredosis de bótox, niñitos morenos con mamás rubias oxigenadas, mujeres con carteras grandes y zapatos de taco alto de muy dudoso gusto y niñeras peruanas de mirada ausente. Y me pregunté, ¿qué haces Becky Sharp en este infierno seudo hospitalario? Huir, me respondí. Adoro a mi cardiólogo y a mi ginecólogo, y mis tres niños han nacido en este lugar, pero -con el dolor de mi alma- creo que llegó la hora de abandonar esta clínica del horror y el dorado, del taco alto y la blusa atigrada. 

Creo que llegó la hora de buscar un nuevo otorrino, no "un mostruo" de la cirugía y de los precios, sino en alguien que se preocupe por mi salud y que no me deje plantada, ni me pregunte por mis vacaciones, ni me haga pasar por dos operaciones innecesarias. Creo que llegó la hora de abandonarte, Clínica Las Condes, porque ya me molestaba hace tiempo tener que pagar estacionamiento si uno no iba a pasear (por lo menos yo) y me molestaba tener que pagar consultas de cincuenta o sesenta mil pesos y exámenes más caros que en otras clínicas del sector. Pero el "error" en la cuenta médica fue mucho, y la poca preocupación del otorrino también. Y la gente tan extraña que circula por los pasillos, con mucha plata pero con poquísima educación ("shusha, mami, se me enredó la shala con la calza", le escuché decir a una seudo prostituta en el ascensor), me obliga a tomar mi linda cartera francesa y dirigir mis preciosas piernas a otro lugar. Au revoir, CLC, me saturaste querida, espero no verte en un buen tiempo más. 

08 octubre 2008

Una carta

Cuando este blog era anónimo me atrevía a escribir sobre cualquier tema. Pero ahora  que varias personas conocen mi identidad me es más difícil contar (por miedo a pasar por ridícula, por temor a ofender o simplemente por terror a alguna represalia), y por eso es que tengo cada vez más abandonada esta Feria de las Vanidades. Además he estado con muchas cosas: trabajos, eventos familiares, viajes y proyectos personales que me han dejado poco tiempo para el ocio y la lectura. De hecho recién voy en la mitad de la Piedra Lunar (y eso que ando trayendo el libro en el auto para leerlo mientras espero en el dentista de los niños o cuando paso a tomarme mi café matinal). Pero así y todo no avanzo, aunque el estilo narrativo de Collins me tiene gratamente sorprendida, en especial esa manera de intercalar relatos personales con cartas de los distintos protagonistas. 

Y a propósito de cartas, quisiera publicar ésta que me llegó el otro día. Es anónimamente encantadora y venía hasta con una ilustración (que publico también arriba). Tengo mis sospechas de quién es el autor de la misiva, y por supuesto le mando mi más infinito agradecimiento y amor. Se las dejo:





Querida Becky:

Le agradezco que por trece años me haya compartido con sus amantes y
admiradores ocasionales. Me hubiera gustado ser el único, pero prefiero
luchar por usted día a día, conquistarla todo el tiempo, acordarme que nada
en la vida es gratuito, menos el amor. Y aunque a veces he sufrido por su
carácter rebelde y sus continuas infidelidades estas me han enseñado que
también prefiero a Becky Sharp un monstruo de la perversidad que a Amelia un
monstruo de la estupidez.
Siempre suyo, 

Su amante y admirador secreto..

02 octubre 2008

De Gira

Querido Random: Se te extraña mucho por estos lados, aunque presumo que en medio de tu importante gira literaria no has tenido ni tiempo para acordarte de mí. Te imagino firmando libros, hablando con tus lectores, sonriendo a todo el mundo, conversando de los temas que tanto te apasionan. Acá en Chile las cosas han estado de lo más bien. Mi vecina -¿te acuerdas de la loca, no?- al parecer estuvo internada durante un par de semanas, porque no se le vio ni la sombra, pero apenas llegó el lunes y ya descubrió una nueva manera de llamar la atención: poner el himno nacional a las 8 de la mañana a todo volumen con la radio apuntando hacia la ventana de mi pieza. Pero debo decirte que ya ni me importa, es más, me da pena. La pobre, desesperada porque ya no la miro ni la escucho, hoy día llegó a decir a todo pulmón que mi casa estaba embrujada. Todo porque, al parecer, le molestó que una revista de decoración haya pasado el día entero fotografiando mi linda morada, mientras su casa enrojecía de envidia (de hecho el color damasco de sus paredes ya casi está burdeo). Es triste ver ese espectáculo, porque como decía el chavo, "la envidia no es buena, mata el alma y la envenena", y la pobre se ve cada día más marchita mientras yo siento que mi casa, mi familia, y por qué no decirlo, yo misma, florecemos cada día más.

Ansío tu pronto regreso para que me cuentes los pormenores de tu gira. Quiero saber de McEwan, de Hollinghurst, de Kureishi, ¿es cierta la belleza de Zadie Smith? Porque yo sólo los conozco por las solapas de los libros, en tanto tú has podido codearte con ellos durante más de una semana. No quiero regalos ni poleras del tipo "I love NY", sólo que me traigas las noticias literarias más sabrosas de la gran capital. Acá de verdad se te ha extrañado mucho, hasta Stephen ha declarado que tu ausencia lo tiene mal. Y me imagino tu novia cómo debe estar de ansiosa por verte y tan deseosa de entregarte ese regalo de cumpleaños que no alcanzaste a recibir. Yo también te tengo un presente, algo humilde y poco costoso, porque las finanzas no han estado de lo mejor. De hecho, te escribo estas palabras desde un cyber café de Huérfanos, porque este mes no pude pagar internet. Pero creo que octubre se viene más auspicioso en lo económico y también en lo laboral. Ya tendremos tiempo para ponernos al día, pero regresa pronto que se te extraña una enormidad. y esperemos que para la próxima gira literaria te pueda acompañar alguno de nosotros (yo me conformaría con un décimo de tu gira, en especial con ese encuentro con Richard Ford). Un beso a la distancia, 
tu amiga,
Becky Sharp

24 septiembre 2008

El viaje de Becky a USA

Así como mis hijos llevaron a pasear las poleras de manga larga y los pantalones, yo llevé a pasear mi libro La Piedra Lunar durante mis recientes vacaciones a USA. Porque entre tanto parque de diversiones -saliendo a las 9 de la mañana y regresando a las 9 de la noche-, entre los altos grados de temperatura, la intensa humedad y el inquieto grupo que me acompañaba, apenas tuve tiempo de mirarme en el espejo cada mañana o sentarme a descansar al atardecer. Pero ya tendré tiempo de ponerme al día con la lectura, en cambio Disney no podía esperar.

El viaje estaba programado hace un tiempo, y era una invitación que no podía rechazar. Ir a Disney y Miami con todo pagado (con todo, hasta las compras) era una propuesta muy generosa, y claramente no la iba a dejar pasar. Y así fue como me embarqué con toda mi familia rumbo a la tierra de las oportunidades, con mis niños llenos de ilusiones y deseos, con pocas maletas y un libro que pretendía leer. La llegada a Orlando fue agotadora, después de un vuelo Santiago-Miami en clase económica, que para una mujer de piernas largas como las mías y un metro ochenta de altura, es un viaje tan extremo como ir a África o Nepal. Con la espalda adolorida y los pies hinchados llegué al hotel en Orlando, que era un verdadero oasis dentro de esta no muy linda ciudad. El lugar tenía animales paseando por el jardín (jirafas, cebras y flamencos, entre otros) y una inmensa piscina (muy gringa) que usamos cada noche después de nuestras intensas visitas a Magic y Animal Kingdom, Epcot, Tresure Island, Mgm y no sé cuántos lugares más. Las visitas a los parques fueron muy entretenidas y terminé subiéndome a cada montaña rusa del lugar (las cosas que uno hace por sus hijos, ¿no?), haciendo guerra de agua para paliar el calor, mojándome el pelo en chorros y piletas, gritando en cada subida y bajada de la Montaña Everest y comiéndome todas las barras de helado de frutilla que encontré en el camino.

Y aunque es un cliché es cierto que en Disney uno vuelve a sentirse niño por un momento, y cada lugar está pensado en que los menores lo pasen bien. El único problema con esto es que la comida sólo está dedicada al gusto supuestamente infantil y es muy dicícil encontrar cosas sanas o ricas para comer. Por lo menos a mí, que soy enemiga de la grasa y la fritura, me fue imposible comer dentro de Orlando (no sólo en los parques temáticos, sino en todo Orlando) porque en esta ciudad hasta las ensaladas las llenan de aderezos grasosos, ajo y mayonesa que como una gruesa capa de lava inunda y perturba hasta a la más inocente lechuga. Lo mismo me ocurrió cada día a la hora del desayuno donde, en un inmenso buffet, lleno de carnes, tocino,, huevos y miles de tipos de queques, muffins y croissants, era imposible encontrar un yogurt descremado, una leche sin grasa o un pan integral. Por suerte siempre había fruta y café, o si no mi hambre hubiera sido descomunal. 

Y después se quejan en Estados Unidos del problema que tienen con la obesidad, si toda la comida la preparan con grasa, extra mantequilla, extra hamburguesa y luego te pasan los postres bañados en salsa, crema y chocolates por alrededor. Orlando, una ciudad definitivamente fat-friendly, les ofrece a sus visitantes comida chatarra por doquier y libre acceso a los gordos para que se paseen en sus motos eléctricas por todas partes. Así uno puede verlos todo el rato paseando por el lobby del hotel, en el ascensor o haciendo la fila para la montaña rusa más empinada, con sus motos eléctricas y su hot dog en la mano, expediendo olor a aderezo gringo, y con sus caras nada felices mirando al más allá. No quiero que me tilden de gordofóbica, pero ciertamente no es un espectáculo digno de ver cada día ni tampoco una linda imagen para nuestros hijos, que horrorizados, vieron en carne propia los riesgos que se esconden tras las papas fritas, las hamburguesas y el tocino quemado.

En Miami el panorama gastronómico y visual ciertamente mejoró. Con mis pies cansados y agotada de los parques de entretenciones y de tanta montaña rusa, esos días en la ciudad de Julio Iglesias fueron un verdadero bálsamo reponedor. Y aunque debería haber hecho compras (ahora me arrepiento de haber comprado "casi nada"), mi cuerpo pedía sol y tranquilidad, así que esos días en el hotel The Palms los dediqué a bañarme en el mar (delicioso, no como nuestro gélido Pacífico), a dormir bajo mi gran sombrero de paja negro y a comer cocktails de camarones y tomar Piña Colada. Mis niños también agradecieron este relax post Disney y se encantaron con este mar tibio donde podían bañarse por horas y donde no corrían el riesgo de ahogarse o morir de congelación.

La única salida de noche que hice en Miami (con niños no es muy fácil salir a carretear, o si no recuerden el caso Maddie) fue a un asado dieciochero en la casa de un famoso animador. Y como mi curiosidad era tan grande no pude rehusarme a ir a pleno Indian Creek Island (donde viven las estrellas en Miami) a compartir con la familia de don Francisco y un reducido grupo de chilenos que viven allá. De la farándula nacional debo contar que estaba Petaccia con su novia Fernanda Hansen y toda la familia Kreutzberger, aunque yo me dediqué a conversar toda la noche con un par de simpáticas judías -una cubana y una peruana- cultísimas y divertidas, con las que hablé hasta por los codos, y que me dieron los mejores datos de cremas, ácidos glicólicos y cosmetólogos top (que tendré que visitar en mi siguiente viaje a Miami), y que con sus inmensos solitarios de brillante, me hicieron recordar mi libro, La Piedra Lunar, que esperaba al fondo de la maleta entre las compras de Urban, XXI y Gap.


11 septiembre 2008

Becky y el Diván

Anoche mientras comía con unos amigos, Stephen contó que para este 18 lo habían invitado a una fonda en Colina. ¿Quién te invitó?, le pregunté. "Mi sicóloga", respondió. Porque claro, su sicóloga ya se ha convertido en casi una amiga para él. Y mientras comentábamos en lo singular que era salir con tu sicóloga o incluirla en tu vida, yo me acordé de un episodio que pensé había borrado de mi biografía. Fue hace muchos años, cuando tenía 18 y me encontraba un poco abatida por  la vida. Entonces mi madre, en un arranque de genialidad, me sugirió que fuera a un sicólogo que le habían recomendado. Yo nunca había ido a uno -ni siquiera a los del colegio- y me pareció interesante ver en qué podría ayudarme este hombre a salir de mi estado de melancolía. Y partí a verlo a su oficina en Providencia.

El hombre -cuyo nombre nunca olvidaré-, era un personaje bastante conocido, de los que salen en la televisión, y aunque era sicólogo, tenía como especialidad la sexología. Apenas me senté en el sillón me puse a jugar con un mini jardín zen que tenía sobre una mesa, y él comenzó a preguntarme por mi vida. Le conté que estaba triste, melancólica, abatida, pero a él eso parecía no interesarle porque lo único que me preguntaba era por mi vida sexual. En ese entonces yo era virgen así que no tenía mucho que hablar sobre el tema, pero él seguía insistiendo en el asunto hasta incluso llegar a sugerirme que mi virginidad tenía un origen medio edípico por mi amor hacia mi papá.

El hombre era bastante morboso y lo único que quería era que yo le hablara de sexo, de besos, atraques, tocaciones. Incluso él mismo se ponía de ejemplo y me contaba de las muchas veces que le había sido infiel a su mujer ("algo muy normal, ¿sabés") y yo hermética mirando el vacío y con el secreto temor de que este hombre terminara violándome en la camilla del lugar. Para la segunda sesión, y para distraerlo del tema sexual, decidí desviar la conversación hacia otra cosa, y no encontré nada mejor que contarle sobre mis amigas y mis panoramas de fin de semana, que en ese entonces consistían en pasarme la noche conversando unas piscolas con mis amigas en el 777 de la Alameda, y después partir en taxi a una vieja casa de fiestas en Portugal con Diez de Julio. Un panorama que yo encontraba de lo más normal. 

Pero al parecer al sicólogo no le pareció lo mismo, porque cuando a la tercera sesión no aparecí en la consulta, no encontró nada mejor que llamar a mi madre por teléfono y pedirle que me obligara a volver, porque encontraba que yo tomaba mucho y que tenía conductas muy temerarias como "ir al centro de noche". Cuando mi mamá me contó de la llamada, yo casi me caí del asombro. El sicólogo no sólo era un sexópata morboso, además era un sapo que se pasaba por alto el llamado "secreto profesional". Y aunque mi madre me creyó a mí y no a él, hasta el día de hoy no he podido superar mi desconfianza hacia los sicólogos, y sigo pensando que la mejor oreja es un buen amigo o la almohada, o por último escribir tus problemas en un papel y echarlos a volar. 

07 septiembre 2008

Wings of the Dove


Es sabido que cuando un  tercero se entromete en una relación, las cosas no terminan bien. Lo hemos visto en las películas, en los libros y, por supuesto, en la vida real. El viernes llegaron al mini taller dos cuentos que hablaban de relaciones de a tres. El primero -escrito por Random- trataba de tres amigos que luego de tres años se juntan en un departamento (de número 0303) a mantener un trío (al parecer sexual), mientras el segundo cuento -escrito por el novato Diego Lira- narraba la historia de una pareja que vivía con un tercero -no presente- en el medio, como el vestigio de un pasado que se negaba a desaparecer. Y aunque los dos cuentos no terminaban en drama ni en dolor dejaban abierta la historia a un final que, de seguro, no terminaría bien.

Como la película Wings of the dove que vi esta tarde, después de un excelente almuerzo dominical. La historia, basada en la novela de Henry James, hablaba de una pareja de enamorados y de cómo un tercero llega a cambiar los planes de amor y felicidad que ellos tenían preparados. La historia, maravillosa, (Henry James es Henry James, nada que hacerle) y los personajes muy bien delineados en sus virtudes y defectos, en especial el papel de Helena Bonham Carter que hace de Kate Croy un personaje inolvidable. Una historia linda, triste e intensa, pero muy recomendable. (Se puede arrendar en Bazuca, subtitulada, o en Blockbuster sin traducción). Como para darle una vuelta de tuerca.

04 septiembre 2008

De Orgullo y Prejuicio


"¿Cómo empezó todo?" le dijo. "Comprendo que una vez en el camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento en el que te gusté?"

"No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería."

"Pues mi belleza bien poco te conmovió. Y en lo que se refiere a mis modales contigo, lindaban con la grosería. Nunca te hablaba más que para molestarte. Sé franco: ¿me admiraste por mi impertinencia?"

"Por tu vigor y por tu inteligencia."





(Ayer me mandaron este diálogo por e-mail y no puedo dejar de publicarlo. Gracias, Darcy, por el regalo)

02 septiembre 2008

Las Musas y Sus Artistas

(Para Mademoiselle M., para que no se desencante del amor, un artículo que escribí hace un buen tiempo).


Fueron sus modelos, sus amantes, sus mecenas, pero por sobre todo sus musas: mujeres que inspiraron a grandes artistas por su belleza, su manera de posar o por tener algo especial, y que hoy encontramos retratadas en los mejores museos del mundo.


Las musas son mujeres” escribió Simone de Beauvoir en El segundo sexo, y la historia del arte está llena de ellas. Mujeres que inspiraron a grandes artistas y de paso formaron parte de sus vidas. Musas que hoy aparecen retratadas en los mejores museos del mundo, aunque su nombre no aparezca en ningún cartel. No son las reinas ni las nobles pintadas por encargo, ni la anónima transeúnte que atrae de paso a algún pintor: las musas fueron elegidas por el artista, quizás por su belleza, su manera de posar o por tener algo especial, y fueron inmortalizadas más de una vez en la tela, convirtiéndose en protagonistas de sus obras, y así también de sus vidas. En 1870 James Jacques Tissot conoce a la bella Kathleen Newton, una irlandesa divorciada y con un pasado escandaloso, que de inmediato se convirtió en su adorada modelo, musa y amante. El pintor retrató al gran amor de su vida en más de una veintena de cuadros, y siguió obsesionado con ella aún después de su temprana muerte. Tissot nunca volvió a ser él mismo y tras su partida, se volcó al espiritualismo -incluso intentó contactarse con ella en el más allá- y se dedicó a pintar ilustraciones de la Biblia, abandonando para siempre la pintura.


Pero no todas las musas fueron los grandes amores de sus artistas. Algunas eran sus amantes de turno, otras, modelos contratadas que terminaron con algún grado de intimidad, y algunas, de frentón, prostitutas, que pasaron de la calle al taller de un pintor. En la era victoriana, por ejemplo, como posar era considerado un trabajo inmoral, los Prerafaelistas, famosos por sus retratos a bellas mujeres, debieron barrer las calles para encontrar inspiración. Así fue como algunas trabajadoras de clase baja y niñas de vida fácil pasaron a ser sus modelos o stunners, como las llamó Dante Gabriel Rossetti, mujeres agradables de pintar, que no tenían problemas para posar y que representaban el ideal de belleza de la época. Para los Prerafaelistas era esencial que sus musas fueran bellas, que tuvieran una linda cara, grandes ojos y el cuello largo, y que por supuesto, lucieran cabellos largos y ondulados, símbolo de libertad sexual para los victorianos. Hoy son conocidos en todo el mundo los retratos que hicieron de Lizzie Siddal, Jane Burden, Fanny Conforth y Annie Miller, aunque sus vidas no alcanzaron jamás la misma notoriedad.


Stunners


Para una mujer bella de clase baja, convertirse en la stunner de un Prerafaelista podía ser una gran oportunidad. Se pagaba mejor que ser criada, era menos indecoroso que dedicarse a la prostitución, y se podía acceder a una clase superior. Una que supo aprovechar esta condición fue la bella Jane Burden, que conquistó a dos grandes artistas de la era victoriana, el escritor William Morris, con quien se casó y tuvo dos hijas, y el pintor Dante Gabriel Rossetti, del que fue su musa y amante favorita. De origen extremadamente pobre, Jane Burden fue descrita por William Rossetti como “trágica, mística, calmada, bella y graciosa, un rostro para un escultor y un rostro para un pintor”, y por eso apenas su hermano Dante Gabriel la conoció, la convirtió en su modelo y enamorada. Aunque no era una belleza convencional –era morena, alta y delgada, de cejas y cabellos muy oscuros-, la Burden tenía un aire de misterio y una presencia, que de inmediato atrajo al casado Rossetti. Y también a William Morris, quien la pintó sólo una vez (“no puedo pintarte, porque te amo”), y con quien se casó en 1860. Frente a los ojos de su marido, Jane mantendrá una intensa relación amorosa con Dante Gabriel Rossetti, que durará varios años, y dejará más de cien retratos como prueba. Entre otras diosas y heroínas, Jane Burden será Pandora, La Pia de’Tolomei, Astarte y Proserpine, la diosa que se condena por comer del fruto prohibido, una sutil referencia al propio matrimonio de la Burden con William Morris.


Pero Jane Burden no fue la única musa de Rossetti. Antes de ella, estuvo Alexa Wilding, Marie Ford y Fanny Cornforth, una vulgar prostituta que por años fue su modelo favorita y amante y, más tarde, su ama de llaves. Fanny era ruidosa, gritona y hablaba con un marcado dialecto de la calle, su figura era voluptuosa y su pelo escandalosamente naranjo, tal como aparece retratada en The Blue Bower, uno de los tantos cuadros que Rossetti pintó de ella. Para el pintor, Fanny representaba su visión del encanto carnal y la sensualidad, en contraste a su esposa, la frágil y pálida Elizabeth Siddal, epítome de la femeneidad y la melancolía, y musa indiscutida de los prerafaelistas.


Descrita por William Rossetti como “la más bella, con un aire entre dignidad y dulzura”, Lizzie Siddal trabajaba en una sombrerería cuando fue descubierta por William Holman Hunt, John Everett Millais y Dante Gabriel Rossetti, quienes, encandilados por sus grandes ojos y su largo pelo castaño, de inmediato, la contrataron de modelo. El primer cuadro famoso en que apareció la Siddal fue Ophelia, de Millais, para el que debió posar por horas sumergida en una tina llena de agua helada, lo que la dejó con una grave neumonía de por vida. Poco tiempo después, la relación entre Rossetti y Elizabeth Siddal pasó a otro plano y el pintor la monopolizó como modelo y amante por varios años, hasta que en 1860 se casó con ella. Rossetti se obsesionará tal punto con Lizzie Siddal que la imaginará como la Beatrice del Dante, y su amor como algo puro e inalcanzable. El artista la pintará en muchas ocasiones, lánguida, enferma, pero siempre bella, y la alentará para que se dedique a la pintura y la prosa, aunque la Siddal sucumbirá a una misteriosa enfermedad. En 1862 la triste Elizabeth Siddal se suicida con una sobredosis de láudano, poniendo fin al dolor de cuerpo y a un matrimonio infeliz, a causa de las continuas infidelidades de Rossetti. Beata Beatrix fue el homenaje póstumo del artista a su mujer, una de las más grandes y trágicas obras del siglo XIX, donde aparece la Siddal moribunda, en su paso de la tierra al cielo.


Muchos victorianos trataron de moldear a sus stunners para convertirlas en mujeres “ideales”. Como en el mito de Pigmalión que esculpió a Galatea de un pedazo de piedra, los prerafaelistas, para glorificarse, crearon femmes fatales, heroínas, víctimas y santas, de simples mujeres de la calle. Frederick Leighton incluso se convirtió en el benefactor de su modelo favorita, Ada Alice Pullan, más tarde conocida como Dorothy Dene, una pobre huérfana, a quien el pintor rescató y educó, y más tarde promovió en su carrera de actriz. La Dene fue la musa de los últimos y más celebrados cuadros de Leighton, incluyendo Flaming June, Clytie y El Baño de Phyche, y se dice que la relación de ambos inspiró años después a George Bernard Shaw para su obra Pigmalión.


Modelos y Amantes


Para todo artista lo esencial en una modelo es su manera de posar. De ahí la fascinación que sintió George Romney por Emma Hart, una atractiva y ambiciosa cortesana, que bien supo sacar partido a su innato talento actoral. Como todos los retratistas ingleses del siglo dieciocho, Romney buscó representar el orgullo, la rabia, el amor, la envidia y el miedo, y encontró en Emma Hart a su musa ideal: una modelo con una belleza especial y una extraordinaria habilidad para representar desde Santa Cecilia a una bacante, desde Circe a la Miranda de Shakespeare. Entre 1782 y 1786, Emma posó para Romney más de 100 veces, y llegó a tal punto la obsesión del pintor por su musa, que se le hacía muy difícil pintar a otras mujeres y cumplir con los retratos que le encargaban. Otro pintor que se obsesionó con su modelo fue Jules Pascin, el artista vividor de Montparnasse que debe rogarle a Lucy para que vuelva a posar: “he comenzado un cuadro, la modelo no está mal pero estoy demasiado acostumbrado a trabajar contigo como para poder hacer algo bueno sin tus visitas. Ven a verme para que pueda dejar de beber”.


En 1861 James Whistler conoce a Joanna Hiffernan, una modelo irlandesa de intensos cabellos cobrizos, que de inmediato contrata para su obra Wapping. En una carta del pintor a su colega Fantin Latour, Whistler detalla lo difícil que ha sido pintarla y la belleza de su modelo: “¡Ella tiene el cabello más hermoso que hayas visto jamás! Rojo, no dorado, pero cobre –como veneciana, como un sueño- la piel blanca dorada o amarilla si quieres- y con la expresión maravillosa que antes te describí”. Joanna será la modelo de sus obras más famosas, The White Girl, The Golden Screen y The Little White Girl, y su amante por 6 años. Whistler presentará a la Hiffernan a su amigo Courbet, quien, maravillado por su belleza, la retratará en The Beautiful Irish Girl, y más tarde en Sleepers, donde Joanna posó desnuda, un hecho que puede haber contribuido a que Whistler la dejara. Como Joanna Hiffernan, fueron muchas las modelos que pasaron a ser amantes de sus pintores. Está el caso de Camille Doncieaux y Monet, de Aline Charigot y Renoir, de Hortense Fiquet y Cezanne. Y también está el caso inverso, el de artistas que transformaron a sus amantes en sus modelos y musas, como ocurrió con Klimt y la diseñadora Emilie Flöge, con Schiele y la adolescente Wally Neuzil, y con Seurat y Madeleine Knobloch, a quien el pintor retrató en muchas ocasiones y hasta dedicó un simbólico retrato de boda (Young Woman Powdering Herself), aunque nunca se casó con ella.

Pero también existieron modelos que sólo posaron para sus artistas, y no se involucraron sentimentalmente con ellos. Un caso que hizo noticia hace pocos años atrás fue el de Andrew Wyeth y su modelo Helga Testorf, una enfermera alemana a quien el pintor retrató en más de 200 cuadros durante 1971 y 1985, a escondidas de todo el mundo, incluso de su esposa Betsy. Wyeth pintó a Helga desnuda y vestida, al interior y al exterior y en distintas épocas del año, y sólo dio a conocer estos retratos cuando los tuvo todos terminados. La colección muestra la evolución de la modelo, desde una extraña a una conocida, y luego a una amiga, y aunque nunca antes había posado para un artista, la Testorf disfrutó las largas horas modelando, y Wyeth la describió como “la modelo más perfecta...posaba sin parar”.


Musas


Entre todas las mujeres que destacaron en el París de la Belle Epoque hay una que indiscutiblemente merece el apelativo de musa: la polaca Marie Godebsca, más tarde conocida como Misia Sert. Famosa en los círculos literarios y artísticos de la época, Misia sobresalió por su belleza, su elegancia y su talento musical, pero sobre todo por ser la inspiradora de pintores como Renoir, Toulouse-Lautrec, Bonnard y Vuillard y de poetas como Verlaine y Mallarmé. Casada tres veces, esta “femme pour impressionistes” como la llamó Cocteau no fue sólo musa y amiga de los artistas sino también mecena de Diaguilev y Ravel, además de inspirar a Proust para el personaje de Mme. Verdurin en En Busca del Tiempo Perdido. Otra musa de esa época fue la chilena Eugenia Huici de Errázuriz, que al igual que su amiga Misia Sert, también fue mecena e inspiración de algunos artistas. Casada con el pintor José Tomás Errázuriz, la bella Eugenia vivió toda su vida en Europa, donde posó para Boldini, Helleu, Orpen, Sargent y Augustus John, entre otros, y tuvo un ojo privilegiado para reconocer nuevos artistas y manejar la carrera de Picasso.


Pero si hablamos de musas-mecenas no podemos dejar de nombrar a la más llamativa y excéntrica de todas, la mítica Marchesa Luisa Casati, que deslumbró en la sociedad europea durante las primeras tres décadas del siglo XX. Nacida en Milán en 1881, Luisa Casati era una mujer flaquísima, de grandes ojos verdes y corto pelo negro, que heredó de joven una fortuna cuantiosa, que no tardó en dilapidar entre sus muchas excentricidades. Sus casas en Venecia y París eran escenario para las fiestas más escandalosas y se dice que la atendían sirvientes desnudos vestidos sólo con hojas doradas; como collares usaba serpientes vivas y se paseaba en las noches venecianas acompañada por panteras amarradas con correas de brillantes. Pero sin duda su excentricidad más valiosa fue convertirse en musa de muchos artistas y una de las mujeres más representadas de la historia. Con su idea de convertirse en una “obra de arte viva”, la Casati fue retratada por Boldini, Augustus John, Van Dongen e Ignacio Zuluaga; dibujada por Drian, Martini y Alastair; esculpida por Balla, Barjansky y Epstein, y fotografiada por Man Ray, Beaton y de Mayer. Fue musa de los futuristas italianos y su ropa se la diseñaban Fortuny y Erté, usaba joyas de Lalique e inspiró el famoso diseño Pantera de Cartier. A todos estos artistas ayudó con dinero, influencias e ideas, como una leal mecena o como un ícono de inspiración. De algunos fue amante, de otros sólo modelo, pero para todos fue una musa extraordinaria, que aún después de su muerte ha seguido inspirando con su inimitable estilo a diseñadores como John Galliano, Karl Lagerfeld e Yves Saint Laurent.

Por principio

Me cargan esos blogs que hablan puras ñoñerías tipo "ummm, qué rico el helado de melón" y no se atreven a decir cosas fuertes. Y me cargan las películas de niñitos bien que juegan a entender lo pobre y marginal (I'm sorry, pero me cargó Tony Manero). Me carga la gente que habla de su trabajo y de sus proyectos (se han fijado que las personas que menos hablan hacen más cosas) y los que se sobrevenden de manera patética y falsa, de seguro, para ocultar su inseguridad. Me carga la pose intelectual, y también la pose artística. Pero por sobre todo me cargan y me aburren muchísimo las personas lateras, ésas que son incapaces de llevar una conversación entretenida, que sólo hablan de sí mismos y de sus latas, y que no pueden sacar ni una sonrisa o un gesto de interés en su interlocutor. 

No se trata de andar de payasos por la vida, pero por Dios que se agradecen las personas entretenidas, las que cuentan cuentos interesantes o que hacen comentarios inteligentes o mordaces, divertidos o irónicos. No tolero a los bobos, menos a las bobas, ni a las personas que andan como con una nube negra sobre la cabeza, vestidos como cuervos de cementerio, esperando algún signo de muerte para ser feliz. Amo la vida, la alegría y la risa, irme de copas con mi amado y reírnos hasta el amanecer o salir a comer con amigos entretenidos, con los que se puede hablar de todo y también burlarse de uno mismo. Amo el diálogo y la risa, y por eso adoro a mis amigos y amigas, y le rehúyo a la mala onda y la pesadez, a las canas, a la gente amarga y a los envidiosos. Que tengan una linda semana y aléjense de mala onda como de la lepra, que puede ser contagiosa (por lo menos yo ya estoy vacunada).

26 agosto 2008

Un poco de todo

Hoy, mientras investigaba para un nuevo tema, me encontré de golpe con el escritor Wilkie Collins y su libro La Piedra Lunar, que mi amado ya me compró a la hora de almuerzo. La edición es de Montesinos, la misma editorial de Vida y Aventuras de Martín Chuzzlewit, un querido libro de Dickens que me regaló mi amigo Stephen para un cumpleaños y que no tardé en devorarme. Creo que lo mismo me pasará con el libro de Collins, quien por lo demás fue gran amigo de Dickens, así como yo soy gran amiga del amigo que me regaló el libro de Dickens. Una linda casualidad. 

Apenas me lo termine, se lo prestaré, Mr. Dedalus, porque creo será de su gusto, así como el tema que estoy escribiendo y que espero pronto vea la luz. Y a propósito de literatura, aprovecho de recordarles de nuestro próximo mini taller de narrativa, que se realizará el viernes 5 de septiembre en un lugar a convenir, y donde cada participante deberá llevar un texto para leer y compartir. Las inscripciones se pueden realizar en este mismo blog, aunque como en todo buen taller, me reservo el derecho a elegir a mis contertulios. Por algo soy la jefa, ¿o no?

25 agosto 2008

Y después, sale el sol

Después de una semana fría e infame, por fin el domingo salió el sol. Y para aprovecharlo al máximo fui con mi familia al valle de Casablanca (camino a Viña) a comer unas buenas carnes a las brasas con ensalada a la chilena, acompañadas de unas ricas sopaipillas, mucho pan amasado y pebre del mejor. De postre probé un poco de Dulce Patria, que es un postre exquisito y que he podido encontrar en muy pocas partes (lo tienen en Le Flaubert y en el Emporio Nacional, por lo menos) y también comí una buena porción de mote con huesillos, que estaba muy fresco y reponedor. 

Y de ahí, arrendamos caballos y partimos acompañados por don Ramón a recorrer los cerros del sector. El día estaba tan lindo que no daban ganas de bajar  y arriba, desde la punta del cerro, el valle de Casablanca se veía verde, grande y maravilloso a nuestros pies. Un panorama espléndido, sugerido por mi amiga Rocío, y que no puedo dejar de recomendar. El lugar lugar se llama Puro Caballo, y está en el pueblo de Lagunillas, en el valle de Casablanca. El restaurant, buenísimo, y los paseos -que se pagan por separado- son a caballo por los cerros del sector. Muy recomendable para estos días casi primaverales. Y para dejar atrás momentos desagradables y días fríos y aburridos.

20 agosto 2008

We Belong

A mi marido, el héroe de los mejores capítulos de mi vida. Te amo y te amaré siempre...

We belong, we belong to the light
Many times Ive tried to tell you
Many times Ive cried alone
Always Im surprised how well you
Cut my feelings to the bone

Dont want to leave you really
Ive invested too much time
To give you up that easy
To the doubts that complicate your mind

Chorus:

We belong to the light
We belong to the thunder
We belong to the sound of the words
Weve both fallen under
Whatever we deny or embrace
For worse or for better
We belong, we belong
We belong together

Maybe its a sign of weakness
When I dont know what to say
Maybe I just wouldnt know
What to do with my strength anyway
Have we become a habit
Do we distort the facts
Now theres no looking forward
Now theres no turning back
When you say

(chorus)

Close your eyes and try to sleep now
Close your eyes and try to dream
Clear your mind and do your best
To try and wash the palette clean
We cant begin to know it
How much we really care
I hear your voice inside me
I see your face everywhere
Still you say

18 agosto 2008

De Av. Italia a Matucana 100

El sábado por la mañana dejé a los niños en la casa y me fui con mi amado a pasear. El día estaba precioso después de la larga e intensa lluvia del viernes, por lo que decidimos estacionar el auto en Avenida Italia y caminar por las calles del sector. Y mientras recorríamos las distintas tiendas de antigüedades, -un poco desilusionados porque no encontrábamos nada de nuestro agrado- mi amado con su ojo de experto descubrió un par de sillones ingleses, con sus rueditas de bronce en cada pata, a muy buen precio y más encima recién tapizados. Una maravilla en color morado ("morado Carla Bruni", diría mi amigo R.), un color al que le tengo respeto, pero que ahora se ve precioso en mi hogar. Y con nuestras compras nos fuimos a tomar un café al Parque Forestal y aunque pensábamos pasar a visitar a Parrita y su librería Metales Pesados, el destino quiso que nos encontráramos con un fotógrafo muy entretenido que venía de visitar una muestra de fotos en Matucana 100, y con quien nos quedamos conversando un café y un croissant.

Pero como no olvidé su recomendaba muestra de fotos, al día siguiente partí con niños propios y ajenos a visitar la muestra de fotografía, en el tremendo espacio cultural que es Matucana 100. Y aunque me gustaron ciertas fotografías, debo reconocer que las gigantes del segundo piso me parecieron harto mal, en especial porque el soporte todo arrugado no dejaba ver las fotos y distraía, dejando relegada la imagen a un segundo lugar. Y como estábamos en el barrio decidí cruzar con los niños a la Biblioteca de Santiago, que no conocíamos, y que nos dejó bastante sorprendidos. Porque el lugar es precioso, y cada sala de cada piso está armada con un motivo especial, y donde los niños son más que bienvenidos. Mis niños encontraron todos los libros que buscaban, aunque también estaban atraídos por la cantidad de computadores y la posibilidad de internet. Pero así y todo se dieron tiempo para conocer la sala y para acompañarnos a los otros pisos, donde me sorprendí por la calidad de libros que allí había y por la posibilidad de arrendarlos por sólo 3 mil pesos al año. Los niños no pagan nada, y están todos los libros de lectura obligatoria, lo que hace inexcusable que alguien te diga que no tiene plata para leer o para que sus niños lean. Por lo menos en esta biblioteca están todas las revistas, libros y cómics que venden en las mejores librerías de Santiago y salas de lectura vacías que invitan a la lectura y la evasión. Y también computadores con conexión a internet, que acaparaban la atención del escaso público que había en el recinto, incluidos a mis hijos, que cuando llegaron a la casa se arrepintieron de no haber arrendado algún libro de Asterix, Manualidades, Vikingos o Hadas, porque estaban fascinados navegando por la web.

15 agosto 2008

39: Antología del Cuento Latinoamericano

No hay como un día de lluvia para echarle mano a una buena antología de cuentos. Ésta me la regalaron hace casi un año y no sé por qué no la había tomado hasta ayer, cuando decidí comenzar a leerla mientras revisaba unos textos en el Starbucks de Colón y de reojo miraba a Alberto Fuguet que escribía afanosamente en su laptop. Y es una simpática coincidencia que Fuguet -el que alguna vez intentó agrupar a un conjunto de jóvenes escritores latinos en lo que fue su antología McOndo- estuviera a mi lado mientras yo leía este libro, 39: Antología del Cuento Latinoamericano, que también es una compilación de cuentos de escritores latinos menores de 39 años, pero donde cada uno tiene su estilo y tema propio y donde ninguno se siente parte de un movimiento o agrupación. 

Porque esta antología sólo busca pasearnos por la buena literatura latina, mostrarnos estos nuevos escritores, pero de ninguna manera es un libro ciertamente latinoamericano o que busca armar una "nueva generación"; más bien es un libro de literatura universal, donde cada escritor escribió desde el lugar que quiso, sobre el tema que quiso y con las influencias que más le gustaban. Chile aparece muy bien representado en la antología con los cuentos Fantasía, de Alejandro Zambra, y Chica Nazi, de Álvaro Bisama, ambos muy bien logrados. De los demás -todavía no los leo a todos- debo reconocer que me han gustado varios, en especial el de Iván Thays, por lo triste, y el de Junot Díaz (un escritor a mi juicio más norteamericano que latino), y que con su cuento Wildwood nos narra casi una novela en sus cerca de 20 páginas. Además están Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo, Wendy Guerra, Gonzalo Garcés, Pablo Casacuberta y varios de los escritores jóvenes que han dado que hablar en este último tiempo. Muy recomendable.

14 agosto 2008

De paseo a Pomaire

El domingo -día del niño- mi mamá tuvo la genial idea de invitarnos a almorzar a Pomaire. "Les va a encantar a los niños", fue su argumento para convencer a hijas, yernos y marido, y llevarnos para allá. Claro, a los nietos no fue necesario convencer de nada, porque ya con la sola idea de salir de paseo estaban felices. Y llegamos a  almorzar -con mucha hambre, hay que reconocerlo- a este pueblito cada día más turístico y que ya casi nada conserva de sus encantos originales. Porque aunque nuestra idea era comprar una que otra fuente de greda o unos pocillos para el pastel de choclo, lo cierto es que casi todos los cacharros que encontramos estaban pintados con colores chillones y los típicos chanchitos y platos color tierra habían sido reemplazados por Winnies The Pooh y Barneys de greda esmaltada. Pero así y todo compramos algunas cosas, porque cómo íbamos a negarnos si nuestros hijos y sobrinos querían hondas, emboques y culebras, y estaban fascinados con estas veredas atestadas de cachureos multicolores y de hombres y mujeres vestidos como huasos. Si hasta una chupalla tuve que comprarle a mi hijo mayor, que aunque tiene pasta de poeta, sueña con ser un futuro hombre de campo. 

Y por supuesto a la hora de almuerzo (en un restaurant tan malo que prefiero ni nombrarlo), escuchamos cueca y nos reímos al ver bailar a los niños. Quizás con media garrafa de chicha en el cuerpo me habría reído más, pero como estaba con mis padres debí abstenerme de las bebidas alcohólicas. Pero, a pesar de la comida y del desilusionante paseo, lo pasamos muy bien, y para nuestros niños fue como ir a Disney, aunque para mi papá haya sido como ir al Far West, pero sin caballo, sin comida y sin ropa. Una experiencia divertida, que sólo recomiendo a los que tengan un gran sentido del humor.


11 agosto 2008

El Ardor de la Sangre


El domingo me terminé de leer El Ardor de la Sangre -el otro libro que se recuperó de Irène Némirovsky además de La Suite Francesa- y aunque lo encontré un poco folletinesco y la frase "el ardor de la sangre" me hartó por lo reiterativa, debo reconocer que me entretuve bastante y que está muy bien escrito. La trama -ufff, es apasionada- mezcla historias de familia, de amantes y de engaños, y cómo un asesinato saca a la luz los pecados de una hija y también los de sus cercanos en una villa francesa durante el año 1931. Para muestra, un parrafón que se manda el protagonista, Silvestre, de puro despechado:

"Es muy propio de ti, muy propio de una mujer virtuosa decirle a su marido que lo ocurrido hace veinte años sólo fue un momento de locura. ¡Ya! ¿Un momento de locura? Pues yo digo que sólo viviste entonces y que después has hecho como que vivías, has imitado los gestos de la vida; pero el verdadero sabor, el que sólo se prueba una vez, ese sabor a fruta de los labios jóvenes, que tú conoces, lo conociste gracias a mí, sólo a mí". Casi teleserie, ¿no? Igual se van a entretener.

08 agosto 2008

Cinco Tenedores para el Ichiban

Por lo menos una vez al mes me junto con mis amigas del colegio a almorzar o comer en algún lugar de Santiago, por lo general en un restaurant de sushi. Hemos ido al Sushihouse y al Miso, al Sushihana y al Sakura (que descartamos por estar demasiado caro), pero anoche quisimos volver al Ichiban, y de verdad, es que no puedo dejar de recomendarles este lugar. La atención, buenísima, y los rolls y los pescados, deliciosos; los pisco sour y la champaña, perfectos, así también el cheesecake de frutilla. 

Pero lo que más nos impresionó fue lo atento y buenmozo del garzón que nos atendió. De verdad, creo que debe ser el mozo más guapo de Santiago, y también uno de los hombres más regios de la ciudad. Y no son muchos los lugares donde uno puede comer rico, conversar tranquila y además recrear la vista (con un hombre ajeno, claro está). Porque, aunque no era totalmente de mi gusto (ustedes saben que me gustan más trigueños), este morenazo de un metro noventa, era imposible de obviar, y más encima atento, con buena memoria y ocurrente. Si hasta sonreía cuando nos escuchaba conversar. Cinco tenedores para el restaurant. Y toda la cuchillería para él. 

06 agosto 2008

El denostado Somerset Maugham


Cada cierto tiempo alguien me pregunta por Maugham o llega a este sitio buscando información sobre el escritor. Para todos ellos, publico un artículo que escribí el 2007 y que apareció en la Revista de Libros de El Mercurio en junio de ese año.

William Somerset Maugham fue el escritor más exitoso de su época, el que ganó más dinero con sus libros, pero no por eso el más valorado. Al final de su carrera él mismo reconoció ser "el de la primera fila de la segunda categoría", detrás de Virginia Woolf, James Joyce, William Faulkner y Thomas Mann, los entonces favoritos de los críticos. Sin embargo, fue un escritor notable, un cínico que llenó miles de páginas con su estilo desafectado y reflexivo, un inglés de mundo que alternó entre los viajes y el buen vivir, y que de sus muchas experiencias sacó varias novelas, obras de teatro y cuentos exitosos. Ante su popularidad, los críticos se limitaron a observar. Edmund Wilson dijo de él: "De vez en cuando me he encontrado con alguna persona de buen gusto que me sugiere tomar con seriedad a Somerset Maugham; sin embargo, nunca he podido sacudirme la idea de que se trata de un escritor de segunda clase". Por otro lado, sí recibió los elogios de críticos como W.H. Auden, Desmond MacCarthy, Raymond Mortimer y Cyril Connolly, quien en 1944 escribió que su novela El filo de la navaja "era una pura delicia".
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Escrita en 1944, El filo de la navaja fue una de sus novelas más exitosas, junto a Pasteles y cerveza (1930), La luna y seis peniques (1919) y Servidumbre humana (1915), la más importante a juicio de Maugham y también la más autobiográfica de todas. Descrita en su tiempo como "una de las más grandes novelas del siglo XX", la obra tiene como protagonista al estudiante de medicina Philip Carey, un joven fatalmente enamorado y cojo, y que guarda tantas similitudes con el propio Maugham, que a lo largo de sus páginas se puede conocer buena parte de la vida del escritor.
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William Somerset Maugham nació el 25 de enero de 1874 en la embajada de Inglaterra en París y fue el cuarto hijo de un padre abogado y una madre tuberculosa que murieron antes de que el pequeño cumpliera los 11 años de edad. De ahí su vida cambió radicalmente cuando fue enviado a vivir con un tío párroco a Inglaterra mientras sus hermanos permanecieron internos en París, y debió crecer solo, desraizado e infeliz al igual que el protagonista del libro, internado en una fría escuela donde era menospreciado por su pobre manejo del inglés, su baja estatura y su naciente tartamudeo -que en Servidumbre humana aparece reemplazado por el mal del pie equino que tenía Philip Carey- y criado por un tío cruel y distante, que en la novela aparece retratado como el vicario de Blackstable.
Y al igual que el protagonista de Servidumbre humana, después de estudiar Filosofía, Literatura y Alemán en la Universidad de Heidelberg, Maugham decidió convertirse en doctor. Pero tras pasar cinco años en el hospital Saint Thomas de Londres, estudiando de día y escribiendo de noche, en 1897 se atrevió a publicar su primera novela, Liza de Lambeth, la historia de un adulterio y sus fatales consecuencias, situada en un barrio pobre de Londres que había conocido en su práctica como partero. Tuvo tan buena crítica que decidió dejar la medicina y dedicarse de lleno a la carrera de escritor.
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DE ESPÍA DE GUERRA A PRÍNCIPE DE CAP FERRAT
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Pero sus inicios no fueron tan fáciles como esperaba. Después de Liza de Lambeth, escribió en diez años una docena de obras de ficción, entre novelas y obras de teatro, que fueron un rotundo fracaso. Hasta que en 1907 la obra Lady Frederick lo llevó a la gloria. Al año siguiente el escritor logró tener cuatro obras suyas presentándose al mismo tiempo en los teatros de Londres, y una caricatura de la revista Punch mostraba a un nervioso Shakespeare mordiéndose las uñas mientras miraba la cartelera teatral atiborrada de obras de Maugham. A partir de entonces se sucedieron los éxitos para el escritor, que para 1914 ya era toda una celebridad.
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Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Maugham partió al frente de batalla como miembro de la Cruz Roja inglesa, y al igual que Hemingway, Dos Passos y Cummings, se desempeñó como chofer de ambulancia, en lo que más tarde se conoció como la "ambulancia literaria". Al año siguiente, volvió a Inglaterra por un tiempo a promocionar Servidumbre humana, y cuando regresó a la guerra lo hizo como oficial de inteligencia británico. De su experiencia como agente secreto, Maugham sacó una colección de cuentos y una novela, Ashenden, donde por primera vez un espía era retratado como un personaje caballeroso, sofisticado y distante, y que tuvo gran influencia en la obra de Graham Greene, Eric Ambler, Ian Fleming (y su personaje de James Bond) y John Le Carré. Durante esos años viajó mucho, especialmente a las colonias inglesas y a las islas del Pacífico, de donde proviene una de sus más conocidas novelas, La luna y seis peniques -el libro que escribió sobre Paul Gauguin-, y también sus brutales cuentos sobre Samoa, Borneo, Malasia, China, India y Tahiti, donde se advierte la fascinación que sintió Maugham por la vida salvaje de fuera de Europa.
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"Al Este de Suez" (1922), "The Causarina Tree" (1926) y su clásico cuento "Lluvia" (1921) son algunos de los relatos que escribió durante su época viajera, así como su novela El velo pintado (1925), cuya adaptación fue estrenada en cine, y donde Naomi Watts y Edward Norton encarnan a los protagonistas de la historia: el conflictivo matrimonio formado por Kitty y Walter Fane. En el 2004 otra película, Conociendo a Julia, había rescatado a Somerset Maugham del olvido al llevar al cine su novela Teatro (1937), donde Annette Bening interpretó el papel de la apasionada Julia Lambert. Con estas dos películas ya son cuarenta y ocho las adaptaciones de Maugham que han llegado al cine, fenómeno que el propio autor alcanzó a ver en vida. Y no sólo eso, el mismo apareció como anfitrión en algunas de sus películas hollywoodenses de los años 40 y 50.
El que Somerset Maugham sea uno de los escritores más llevados al cine y uno de los más leídos durante su época, se explica por su reconocida capacidad para contar historias, por sus personajes imperfectos pero reconocibles y por su fascinación por las personas que no tenían problemas en renunciar a su mundo con tal de encontrar algo mejor. En Servidumbre humana, Philip Carey abandona París y su vida bohemia en busca de la estabilidad económica y espiritual; en El velo pintado, Walter Fane obliga a su mujer infiel a acompañarlo a una lejana villa en China azotada por el cólera en pos de arreglar su matrimonio, y en El filo de la navaja el adorable Larry Darrell deja su novia, su fortuna y su acomodada vida en Chicago para buscar, en un recorrido por varios países y miles de lecturas, el anhelado sentido de la vida.
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En 1927 el propio Somerset Maugham debió abandonar su hogar en Inglaterra, a su esposa -la decoradora Syrie Wellcome- y a su pequeña hija Elizabeth Mary cuando se hizo pública su relación sentimental con el norteamericano Gerald Haxton. Desde ese momento el escritor asumió su homosexualidad y se exilió en Cap Ferrat, en la Riviera Francesa, en una gran casa que bautizó como Villa Mauresque y que según uno de sus conocidos era "un jardín del edén lleno de silbidos de serpientes": un palacio decorado con obras de Matisse, Gauguin, Léger, Renoir, Monet y Picasso, y que se convirtió en un importante salón literario y social de los años 20 y 30. Winston Churchill, Ian Fleming, Evelyn Waugh, Cecil Beaton, Rudyard Kipling y Rebecca West fueron asiduos visitantes de Villa Mauresque durante esos años, y Somerset Maugham, el anfitrión perfecto, que recibió a sus invitados con ostras y champagne, aunque sin por ello descuidar su trabajo como escritor.
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De esos años es Pasteles y cerveza, la novela favorita de Maugham, que causó gran escandalera literaria en la época por el cruel retrato que hizo de su entonces amigo, el escritor Hugh Walpole y por mostrar al recién fallecido Thomas Hardy como un novelista viejo, tonto y sometido a su joven esposa. Al final de sus días otro libro suyo volvió a traerle problemas y costarle varios amigos: su autobiografía, Looking Back (1962), donde atacó a su esposa Syrie, se burló de su matrimonio e incluso negó la paternidad de su hija Liza. Para 1940 William Somerset Maugham ya era considerado uno de los novelistas más famosos de habla inglesa, "un experto en el arte de escribir", según Truman Capote, y también uno de los escritores más acaudalados. Y aunque decía no saber nada de negocios, supo manejar como nadie sus acuerdos con los editores y fue uno de los primeros autores en enriquecerse con las adaptaciones fílmicas de sus novelas.
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En 1933, a los 50 años, había abandonado el teatro por sentirse demasiado viejo, aunque eso no le impidió seguir viajando y escribiendo por las siguientes tres décadas de su vida. De sus viajes, Maugham sacó memorias y diarios, y también historias que aparecieron en sus novelas y cuentos, donde la ficción y la realidad estaban tan entrelazadas que ni él mismo podía distinguir una de la otra. Su paso por la medicina también lo nutrió de temas literarios ("Vi cómo morían los hombres. Vi el fastidio de sufrir, la cara de la esperanza, del miedo, del alivio") y de un estilo desafectado y frío que mantuvo hasta el fin de sus días.

MISÓGINO Y AGUDO
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Maugham escribió con ironía y agudeza, se mostró indeciso ante las apariencias fáciles y no dudó en criticar al género femenino y la institución del matrimonio. Las protagonistas de sus relatos son antiheroínas de carácter fuerte, descaradas y osadas, con claras ambiciones personales y sexuales. Mujeres atractivas, cautivantes, muchas de ellas infieles o vengativas: mujeres malvadas, que consideran "cien veces mejor ser Becky Sharp y un monstruo de la perversidad que ser Amelia y un monstruo de la estupidez", en alusión a las protagonistas de La feria de las vanidades de Thackeray.
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En sus novelas y obras de teatro, Maugham también se encargó de mostrar, con cinismo, el doble estándar de la clase media y alta en Inglaterra y de cómo toda mentira y engaño se escondía bajo una aparente bendición conyugal. En 1944 publicó una de sus grandes novelas, El filo de la navaja, y en 1947 instituyó el concurso literario que lleva su nombre y que cada año premia al mejor escritor inglés menor de 35 años, y que hasta la fecha han ganado Martin Amis, Doris Lessing, V. S. Naipaul, Seamus Heaney, Ian McEwan, Julian Barnes y Alan Hollingshurst, entre otros.
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Las grandes ventas de sus libros y su buen ojo comercial le permitieron vivir confortablemente hasta el día de su muerte, ocurrida el 16 de diciembre de 1965, a los 91 años de edad. Al final de su vida, William Somerset Maugham se sintió orgulloso de todo lo que había logrado y de haberse convertido en un gran escritor a pesar de su tartamudez, su carácter tímido y la crítica, tantas veces, adversa.Winston Churchill, Ian Fleming, Evelyn Waugh y Rudyard Kipling fueron asiduos visitantes de Villa Mauresque, y Somerset Maugham, el anfitrión perfecto.
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04 agosto 2008

Aparece Peludito (pero no el verdadero)

Mis lectores se acordarán del triste momento que vivió Becky Sharp cuando en marzo desapareció su querido perrito West Highland White Terrier (ver "A Becky le roban su perro"). Bueno, desde marzo hasta la fecha no se ha sabido nada de él y sus hijos no han dejado de rezarle a San Francisco y varios santos más con la esperanza de recuperarlo. Por eso, cuando hace unos días la llamó un señor de La Dehesa asegurando que tenía a su perro, mantuvo la duda, pero en el fondo creyó que el milagro había llegado: que, por fin, había aparecido su Peludito. 

Y partió a buscarlo junto a sus hijos, y con dolor se cercioró que, aunque era casi idéntico a su Pelu, no era él. Ni siquiera los miraba. Pero los niños (en especial las Beckitas) de inmediato tomaron al perro en sus brazos y se lo llevaron al auto (cual ladronas de poca monta) y aunque Becky le aseguró al señor que éste no era su perro, él no tuvo problemas en pasárselo a la familia Sharp. Ya en el auto, lejos de la Dehesa, Becky les dijo a sus hijos que ése no era su perro, porque los niños no entendían por qué el perro no respondía al nombre de Pelu ni se acordaba de ellos. Para estar seguros, lo llevaron al veterinario en busca del famoso chip de identificación (Pelu tenía uno en su cuello), pero por más que lo revisaron este perro no tenía nada. Entonces, llegó el momento de decidir, ¿se quedaban con este seudo Pelu o le buscaban un dueño? 

Y por supuesto, los niños optaron por la adopción, y se quedaron con el lindo perrito, al que bautizaron como Simón, y que es un perro precioso y tierno, aunque todavía no mira cuando lo llaman (y ya han intentado con miles de nombres) y que seguramente tiene un dueño que lo busca tanto como ellos buscaron a Peludito. Pero ya es tarde para sacar a este perro de este hogar. Porque los niños desde el primer minuto sintieron que Simón era su perro, y aunque todavía esperan la vuelta de Pelu, sienten que el milagro llegó, y que los santos se acordaron de ellos (aunque el perro no sea el mismo, sólo "casi casi igual").

Indulgencia Literaria

En mi colegio no se cansaban de repetirnos que si se comulgaba el primer viernes de cada mes, durante nueve meses seguidos, uno se ganaba la "indulgencia plenaria", que era como el mayor pituto para entrar al cielo una vez muertos. Y como yo no quería quedar fuera del cielo, durante mis años escolares comulgué cada primer viernes de mes en la capillita de mi colegio, y por supuesto, me gané la indulgencia plenaria (por lo menos de mis pecados adolescentes).

Ahora que ya conseguí la indulgencia plenaria (todavía puedo conseguir más, lo sé), voy por la indulgencia literaria, y espero el perdón de los lectores si no les gusta lo que escribo. Para eso creé junto a dos queridos amigos un mini-taller de narrativa, que funcionará los primeros viernes de cada mes en un lugar tranquilo de Santiago donde se hablará de literatura, escritura y del estilo narrativo de cada participante. La primera sesión ya se realizó el viernes 1 en el Café Magdalena y la siguiente será el viernes 5 de septiembre en un lugar a definir, y aunque con esto estamos lejos de ganarnos el cielo, sí podemos llegar a otro premio, sea material, espiritual o simplemente recreacional. 

Por el momento sólo quiero agradecer a los participantes del primer viernes sus importantes comentarios y felicitarlos por sus excelentes narraciones. Los espero en un mes más en un lugar a acordar, así que a escribir, revisar y corregir, que tienen que traer algo nuevo para leer ese día. Suerte.