27 abril 2008

Cuentos Clasificados

Estos son los cuentos que -hasta la fecha- están participando por el Premio Becky Sharp. El plazo cierra el viernes 25 de abril a las 23:59 horas de Chile y el ganador será anunciado el lunes 28. Todos los cuentos, comentarios y sugerencias son bienvenidos. Lamentamos no poder incluir entre los clasificados a los participantes de fuera de Chile, pero por esta vez el premio sólo puede ser adjudicado a residentes chilenos. Muchas gracias a todos los participantes y felicidades a los clasificados:



Sala de espera, de Rubén Benveniste.
Después del supermercado, de Margarita de Alcántara y León.
Las Aventuras de un Cangrejo Antisemita, de Sucarita Gluglu.

Publiqué, además, el cuento Bluyines violadores, de Diego Lira, que no quedó clasificado por llegar fuera de plazo, pero que me pareció bastante peculiar. Cariños a todos, y esperen el nombre del ganador para este lunes.

6 comentarios:

Javiera dijo...

Conmovedores ambos cuentos. Me parece genial la iniciativa de realizar concursos literarios sin esperar el apoyo de instituciones de ningún tipo.El poder está en la red.

Sucarita Gluglu dijo...

LAS AVENTURAS DE UN CANGREJO ANTISEMITA
Sucarita Gluglu
Cuando la mujer lo invitó a pasar le sorprendió ser introducido en una habitación en la que había un viejo barbudo, sentado una silla de mimbre y moviendo con nerviosismo su pierna derecha, cruzada sobre la izquierda.
- Vaya, que jovencito es –dijo la mujer- Las niñas están algo retrasadas ¿sabe? Y estamos algo llenas, me temo. No es usual que nuestros clientes se vean así las caras, pero tenga paciencia.
- ¡Paciencia! –terció el viejo- ¿Qué él tenga paciencia? ¿Y yo? Estoy esperando a mi chica ya más de 20 minutos y mi paciencia, bueno, mi paciencia no es lo que era.
- ¡Su chica! –gritó una voz sobre el dintel de la puerta- Pero no Sierra Bella, no. Ella no.
- Señora –dijo el viejo- ese crustáceo impertinente suyo es verdaderamente una molestia.
- Oh, usted sabe que no tiene que hacerle caso –dijo la mujer- Iré a ver a las muchachas.
El joven tomó asiento en un magnífico sillón de cuero amarillo de tres cuerpos, despojo de una liquidación de temporada. Encaramado en el dintel de la puerta principal, un cangrejo de esplendoroso caparazón azul turquesa le arrojaba miradas llenas de desconfianza.
- ¿Y tú, de dónde vienes?
El joven, al parecer algo desconcertado por la ruda interpelación , dio una mirada al viejo cerca de él, pero no contestó.
- ¡Ah! ¡Señor Cangrejo, no nos importune, se lo ruego!
- Cangrejito, dulzura, déjese de molestar y venga a limpiar el desastre del lavaplatos ¿quiere? -gritó una voz femenina desde la cocina, al tiempo que asomaba la cabeza rubia y los ojos marrones tras la roñosa cortina que a duras penas cumplía la función de una puerta de la que sólo quedaba el recuerdo de unos goznes arrancados de cuajo, sin ninguna clase de consideración arquitectónica.
En vista de que el joven parecía no tener intenciones de contestarle, el Señor Cangrejo decidió abandonar su posición de estratégica vigilancia para observarlo más de cerca. Obligado a retroceder debió, a pesar suyo, darle la espalda, mientras descendía a duras penas por la puerta, insertando las puntas de las tenazas en pequeños orificios (practicados sin duda con este propósito) en la superficie de esta. Cuando alcanzó el ojo de buey dio un vistazo rápido al pasillo aplicando los suyos pequeñitos a este orificio de cristal, luego de lo cual se animó a practicar una arriesgada maniobra dejándose caer libremente hasta el pomo de la puerta, del que se sujetó con la tenaza derecha (la más poderosa) y usándolo como pivote se balanceó describiendo uno, dos, tres cada vez más vertiginosos círculos completos, proeza circense cuya fuerza centrípeta así desarrollada le proporcionó el suficiente ímpetu para, una vez soltado del pomo, ir a parar a un sillón junto al ahora boquiabierto muchacho.
- ¿A ver, dime, con quién te atenderás?- el Señor Cangrejo agitó sus patas con belicosidad.
El joven articuló el nombre de una chica, tres sílabas de un ardiente nombre pagano.
- ¡Ah! La Sureña – suspiró, con aparente alivio el crustáceo- Pues sí, muy exitosa. Es decir, con tanta demanda no es difícil. Y es, además, una de las menos costosas. No sé si felicitarte. Pero no has elegido a mi Sierra Bella y eso, por ahora, no te pone en mi lista de enemigos. ¿Un trago?
El Joven rechazó, con sincera gratitud el ofrecimiento del Sr. Cangrejo.
- Muy pacífica para mi gusto –dijo el viejo- Pero por ese precio, no está completamente mal.
- Judío tacaño, siempre mirando por su bolsillo –dijo el señor Cangrejo- Por 15 mil pesos, muchacho, está bien. Es un precio justo.
Quedaron unos instantes en silencio, que sin embargo, no era completo: un apagado, acompasado crujir de cama, tenía lugar en alguna parte de la casa.
- ¡Um! Esa chica tuya se demorará más de lo acostumbrado- rió el viejo. Y prosiguió- Por 15 mil pesos puedo conseguir a, digamos, dos o tres. No por una hora pero...
- ¡Oh! cállese viejo asqueroso. –le interrumpió el crustáceo- ¿No ve que este muchacho está temblando como un cachorro?
La mujer no aparecía y el joven hubiera querido decirle que prefería marcharse. Comenzó con desordenado apresuramiento a pensar en alguna excusa plausible para largarse de allí, pues el latido acelerado de su corazón, la presión creciente de su pecho agitado, el rubor caluroso de sus mejillas arreboladas, en fin, todos los síntomas que suelen acompañar a las sórdidas experiencias iniciáticas en compañía de un decápodo y un anciano judío, comenzaban a hacer presa de su bípeda humanidad. A pesar de ello, su congénita timidez -en la que se conjugaban los contradictorios pensamientos de sentirse observado por todos (había dado vueltas por horas deambulando en torno a la casa para despistar a algún posible observador conocido) y tomado en cuenta por nadie- le impedían dar pie atrás una vez llegado tan lejos.
El Señor Cangrejo, en apariencia muy sociable a pesar de su carácter sulfuroso y decididamente enamorado, se esforzaba en tranquilizarlo, diciéndole que su dinero difícilmente podría estar mejor gastado que con la Sureña, excepción hecha, claro está, de su Sierra Bella. Se lanzó entonces con un discurso bastante extenso (no del todo desagradable a los oídos humanos en vista de cierta musicalidad de su voz que evocaba los arrecifes de coral de los que provenía) que podría resumirse en una corta, sobria frase del tipo: Sierra Bella es mi chica y la amo. Naturalmente, el señor Cangrejo espolvoreó su perorata con dulzones, empalagosos epítetos, muy en uso en las más populares canciones de amor de las radios AM y FM (carentes, hay que decirlo, de ese machismo propio de las nuevas tendencias musicales a las que los jóvenes varones humanos, nacidos en la renacida democracia del siglo pasado, eran ahora tan afectos). Cantó las simples, campesinas virtudes de la muchacha con el lirismo de un entusiasta poeta del pueblo, amante de asesoras de hogar de sabrosos muslos y mantecosas pantorrillas. Señalemos que el señor Cangrejo no hacía mucho había dejado atrás su primera juventud, y que en la cima de su potencia sexual contaba unas 9 semanas y media de vida, lo que homologado con sus pares humanos lo pondría en el codiciado grupo de los adultos jóvenes ó jóvenes independientes.
El señor Judío expresó su deseo de que las virtudes cantadas con tanta pasión por el señor Cangrejo fueran ciertas, pues Sierra Bella sería en esta ocasión la chica que elegiría.
-Vaya, se me ha abierto el apetito. –dijo frotándose las manos. Y estirando el cuello en dirección de las habitaciones interiores de la casa gritó- ¡Creo que será Sierra Bella esta noche señora Julia! ¡Vamos, que sea la bella Sierra Bella!
El Señor Cangrejo azul turquesa se tomó la libertad de violar las newtonianas reglas del cromatismo clásico y enrojeció de furia. Gritó a voz en cuello que el muy tramposo viejo jamás había expresado predilección por las del tipo de su predilecta, que cómo era posible que sus prácticas degeneradas, tenebrosas, tuvieran alguna afinidad con muchachas tan tranquilas, tan puras como la leche.
La señora Julia emergió presurosa de la penumbra del pasillo exhalando un aroma a talco de bebé. Se dirigió a la cocina, ordenó a la muchacha que se secará (“por amor de dios”) el delantal y la envió a prepararse para el señor Judío. Luego volvió a la habitación principal donde estaba el joven y sus dos compañeros.
-¡Vamos, vamos, a la cocina por un minuto! –les dijo- Va a salir un cliente que no quiere ser visto. Es de los mejores que tenemos así que seremos amables con él y le concederemos este privilegio.
A pesar de las protestas crustáceas y semitas, los tres terminaron tras la cortina de la cocina, apiñados contra el lavaplatos y el horno microondas. En un plato de lentejas a medio comer, bajo la insidiosa gotera de la llave, naufragaba una longaniza.
Mientras el ruido de puertas, pasos y carreras sobre el parquet del piso sonaba fuera de la cocina, el viejo judío volvió a hablarle al joven, cuchicheándole al oído:
- ¡Bah! ¿Quién las necesita por más de media hora? Diez minutos, a lo sumo. Luego son absolutamente perniciosas muchacho, ya lo verás, mirándote con esos ojos de langosta muerta (¡disculpe señor cangrejo!) que sólo sirven para partirle el corazón a uno pensando en el dinero que has puesto en sus sucias manos. Por más que intentes aferrarte, ninguna te acompañará en la caída hacia el abismo tras la cumbre (¡Oh! tan placentera a veces) que ayudan a alcanzar y de la que te echan a patadas.
Tac, tac, tac, sonó sobre el parquet. El viejo calló y el señor cangrejo cesó de blandir sus tenazas. Los tres, en la cocina, con el aliento suspenso, oyeron cómo, fuera de ella, unas pequeñas, albas pezuñas de lechón, hicieron el camino desde el pasillo a la puerta principal.

-Bien –dijo la señora Julia- una vez de vuelta en la cocina y descorrida la cortina.-Las niñas están listas.

Sierra Bella fue asignada al señor Judío, previo pago de una suma bastante superior a los 15 mil pesos. Y por Yahvé, que él esperaba que los valiera, porque tamaña cifra producía un desaguisado de proporciones en su presupuesto semanal. El pobre Señor Cangrejo protestó, gritó, bufó, arañó, castañeo las tenazas, intentó pellizcar las pantorrillas del viejo, todo en vano, teniendo que retroceder, sumiso, vencido, humillado ante los escobazos de la señora Julia, sin más remedio que tener que observar con sus acuosos ojillos sin párpados, cómo se cerraba la puerta del cuarto, se echaba el cerrojo y los sonidos amatorios del sexo hacían crujir los muelles de la cama y las articulaciones infames del señor judío.

Cuando al fin La sureña estuvo lista sacó la cabeza por el quicio de la puerta de su habitación y preguntó al joven su nombre. La señora Julia lo empujó diciéndole que se animara, que (“por la virgen santa”) pasara de una vez. La puerta se cerró tras él con suavidad al tiempo que el señor cangrejo comenzaba a entonar una canción de amor, triste, melancólica.

La Sureña dejó su bolsito en el velador (madera negra, sin cajones y con una fantasmal lámpara de ampolleta incandescente, cuya pantalla ribeteada de flores arrojaba un tétrico haz de sombra parabólico sobre la el desnudo plano cartesiano de la pared), del que sacó unos preservativos y un rollo de papel higiénico. Estaba vestida con una toalla enrollada a la altura del pecho. “¡Hey! te ves nervioso”, le dijo., “no voy a creer que sea esta tu primera vez. Eso me hace sentir como una tigresa ¿lo sabías? ¿Sabes lo que es eso? ¿Hacer sentir a una mujer como una tigresa?”

Su cabello olía a látex y frutillas. El grueso pliegue entre su axila y el pecho era infantil en su carnosidad. No era una belleza. No era delicada, ni blanca, ni delgada. No era ni siquiera medianamente pasable. Por Cristo, no era una tigresa. Ni siquiera sus gruesos labios podían disimular la terrible devastación de su dentadura.
Pero ya estaba debajo de esa mujer y no había vuelta atrás. Ella tomó su mano guiándola a su pecho. Como un ciego, sus dedos la delinearon: el cuello corto, sudoroso; los hombros estrechos, redondos; los brazos firmes con la marca de la vacuna como una pequeña moneda tatuada; la punta de sus codos, textura dura en la textura blanda de las yemas de los dedos calientes. La planta negra de los pies.
Preso de una calma relativa, mientras la observaba hacer su trabajo se preguntó si estaba fingiendo o no. Quizás, no. Esperaba que no. Qué importaba, en realidad. Mejor comprobar que el preservativo se mantenga bien puesto, el borde visible, accesible, palpable, no vaya suceder un accidente. No hay que darle a la infección la oportunidad de producir una desgracia. No hay que preocuparse mucho, quizás. Contagio. Fluido. Cantidad mínima de intercambio. Punto de no retorno. Lo suelta. Se suelta. Le dio a la chica una oportunidad. Su beso pudo no saber tan mal. Pero no se sacó nunca el chicle de la boca. ¿Podría pasar por el de cualquiera de ellas? Su primer beso.

Cuando el abismo finalmente se abrió ante sus pies, la desolada colina en que ella quedó se tiño de verde y azul.

En el pasillo, el señor cangrejo, hacía guardia ante la puerta de la habitación en que yacían el viejo judío y Sierra Bella. Los gemidos de la cama habían cesado hace un rato. El silencio dio paso a una letanía suave, monótona. Versos de la Biblia se atreven a rondar los rincones de esa habitación y el señor Judío, de entre los vapores de una embriagues alcanzada gracias generosas provisiones de coñac (4.500 pesos la copa, 4 copas, 18 pesos adicionales), recupera, por así decirlo, la cordura, y protesta con espanto, con violenta elocuencia ante esta flagrante violación del sentido común. La imprudencia incongruente de sierra bella en su afán evangelizador, recolector de almas, es respondida con gritos, con golpes. Algo vuela por la habitación. Un golpe seco en la puerta parece haberla derribado o al menos abierto. Se escucha un grito precedido de un resoplido marítimo y el señor cangrejo invade la habitación, las tenazas en ristre, croc croc croc, tijereteando al aire, esquivando los cojines, los zapatos los calzoncillos que el señor judío le arroja con espantado, púrpura rostro.
-ñaca ñaca –resopla el señor cangrejo- ñaca ñaca.
Recita los conocidos versos:
En el invierno de nuestro descontento
Bajo este sol de York
Un caballo, mi reino por un caballo
Y otros no tan conocidos:
¡Oh! Fementido matusalén
A ser convertido en jabón del bueno
Te llevaremos en el tren

Cuando todo terminó pensó que no debería haber estado allí: entre los pliegues sórdidos de una cama exhausta, a horcajadas de una estructura misteriosa, hueso invisible, trémula carne estriada. En alguna parte, alguien de su edad estaría haciendo el amor, como correspondía. A una virginal, decente chica. Bajo la indispensable, tan socorrida luz de la luna (o al abrigo de un cielo nublado, daba igual). Al calor de una fogata universitaria (o entre las cajas polvorientas de una bodega de departamento unos padres adinerados). Sin la promesa de unas monedas al final de la noche (o un juramento de matrimonio con mancomunidad de bienes). Y pensó que alrededor habría amigos, verdaderos amigos, falsos amigos, pasajeros amigos. Enemigos, rivales. Insulsas canciones para insulsos coqueteos. Conversaciones banales y filosofía de basurero. Abrazos ,chistes picantes, complicidades, pequeñas y deliciosas peleas, en fin, todo aquello que colorea las erupciones de la verdadera vida juvenil.

Pero no el pálido brillo de una estufa hediendo a parafina. No la imagen de ella en un espejo fracturada. La dulce, dulzona melodía adormilada de la pleamar y no el crujir sempiterno de las patas de un cangrejo antisemita.

Anónimo dijo...

Becky, ¿cuántos cuentos te llegaron?

M.J.T.

Becky dijo...

M.J.T.:
El plazo aún no ha terminado, pero hasta el momento han llegado 59 cuentos, de los cuales 23 corresponden a residentes de España, Inglaterra, Bolivia, México y Estados Unido, por lo que han sido descalificados. El jurado -proveniente de la Sociedad de Escritores Anónimos- ha clasificado tres cuentos, pero no se descarta incluir más clasificados antes del cierre de plazo.
Atte.
B.S.

Javiera dijo...

Genial el cuento del cangrejo antisemita!

j.c. dijo...

Me gustaron los tres cuentos seleccionados; cada uno en su estilo es especial. El del cangrejo antisemita es adorable en su tragedia... Va a ser díficil elegir al ganador. Felicidades Becky por tu concurso, para la próxima espero estar entre los seleccionados.