23 abril 2008

LAS AVENTURAS DE UN CANGREJO ANTISEMITA, por Sucarita Gluglu


Cuando la mujer lo invitó a pasar le sorprendió ser introducido en una habitación en la que había un viejo barbudo, sentado una silla de mimbre y moviendo con nerviosismo su pierna derecha, cruzada sobre la izquierda.
- Vaya, que jovencito es –dijo la mujer- Las niñas están algo retrasadas ¿sabe? Y estamos algo llenas, me temo. No es usual que nuestros clientes se vean así las caras, pero tenga paciencia.
- ¡Paciencia! –terció el viejo- ¿Qué él tenga paciencia? ¿Y yo? Estoy esperando a mi chica ya más de 20 minutos y mi paciencia, bueno, mi paciencia no es lo que era.
- ¡Su chica! –gritó una voz sobre el dintel de la puerta- Pero no Sierra Bella, no. Ella no.
- Señora –dijo el viejo- ese crustáceo impertinente suyo es verdaderamente una molestia.
- Oh, usted sabe que no tiene que hacerle caso –dijo la mujer- Iré a ver a las muchachas.
El joven tomó asiento en un magnífico sillón de cuero amarillo de tres cuerpos, despojo de una liquidación de temporada. Encaramado en el dintel de la puerta principal, un cangrejo de esplendoroso caparazón azul turquesa le arrojaba miradas llenas de desconfianza.
- ¿Y tú, de dónde vienes?
El joven, al parecer algo desconcertado por la ruda interpelación , dio una mirada al viejo cerca de él, pero no contestó.
- ¡Ah! ¡Señor Cangrejo, no nos importune, se lo ruego!
- Cangrejito, dulzura, déjese de molestar y venga a limpiar el desastre del lavaplatos ¿quiere? -gritó una voz femenina desde la cocina, al tiempo que asomaba la cabeza rubia y los ojos marrones tras la roñosa cortina que a duras penas cumplía la función de una puerta de la que sólo quedaba el recuerdo de unos goznes arrancados de cuajo, sin ninguna clase de consideración arquitectónica.
En vista de que el joven parecía no tener intenciones de contestarle, el Señor Cangrejo decidió abandonar su posición de estratégica vigilancia para observarlo más de cerca. Obligado a retroceder debió, a pesar suyo, darle la espalda, mientras descendía a duras penas por la puerta, insertando las puntas de las tenazas en pequeños orificios (practicados sin duda con este propósito) en la superficie de esta. Cuando alcanzó el ojo de buey dio un vistazo rápido al pasillo aplicando los suyos pequeñitos a este orificio de cristal, luego de lo cual se animó a practicar una arriesgada maniobra dejándose caer libremente hasta el pomo de la puerta, del que se sujetó con la tenaza derecha (la más poderosa) y usándolo como pivote se balanceó describiendo uno, dos, tres cada vez más vertiginosos círculos completos, proeza circense cuya fuerza centrípeta así desarrollada le proporcionó el suficiente ímpetu para, una vez soltado del pomo, ir a parar a un sillón junto al ahora boquiabierto muchacho.
- ¿A ver, dime, con quién te atenderás?- el Señor Cangrejo agitó sus patas con belicosidad.
El joven articuló el nombre de una chica, tres sílabas de un ardiente nombre pagano.
- ¡Ah! La Sureña – suspiró, con aparente alivio el crustáceo- Pues sí, muy exitosa. Es decir, con tanta demanda no es difícil. Y es, además, una de las menos costosas. No sé si felicitarte. Pero no has elegido a mi Sierra Bella y eso, por ahora, no te pone en mi lista de enemigos. ¿Un trago?
El Joven rechazó, con sincera gratitud el ofrecimiento del Sr. Cangrejo.
- Muy pacífica para mi gusto –dijo el viejo- Pero por ese precio, no está completamente mal.
- Judío tacaño, siempre mirando por su bolsillo –dijo el señor Cangrejo- Por 15 mil pesos, muchacho, está bien. Es un precio justo.
Quedaron unos instantes en silencio, que sin embargo, no era completo: un apagado, acompasado crujir de cama, tenía lugar en alguna parte de la casa.
- ¡Um! Esa chica tuya se demorará más de lo acostumbrado- rió el viejo. Y prosiguió- Por 15 mil pesos puedo conseguir a, digamos, dos o tres. No por una hora pero...
- ¡Oh! cállese viejo asqueroso. –le interrumpió el crustáceo- ¿No ve que este muchacho está temblando como un cachorro?
La mujer no aparecía y el joven hubiera querido decirle que prefería marcharse. Comenzó con desordenado apresuramiento a pensar en alguna excusa plausible para largarse de allí, pues el latido acelerado de su corazón, la presión creciente de su pecho agitado, el rubor caluroso de sus mejillas arreboladas, en fin, todos los síntomas que suelen acompañar a las sórdidas experiencias iniciáticas en compañía de un decápodo y un anciano judío, comenzaban a hacer presa de su bípeda humanidad. A pesar de ello, su congénita timidez -en la que se conjugaban los contradictorios pensamientos de sentirse observado por todos (había dado vueltas por horas deambulando en torno a la casa para despistar a algún posible observador conocido) y tomado en cuenta por nadie- le impedían dar pie atrás una vez llegado tan lejos.
El Señor Cangrejo, en apariencia muy sociable a pesar de su carácter sulfuroso y decididamente enamorado, se esforzaba en tranquilizarlo, diciéndole que su dinero difícilmente podría estar mejor gastado que con la Sureña, excepción hecha, claro está, de su Sierra Bella. Se lanzó entonces con un discurso bastante extenso (no del todo desagradable a los oídos humanos en vista de cierta musicalidad de su voz que evocaba los arrecifes de coral de los que provenía) que podría resumirse en una corta, sobria frase del tipo: Sierra Bella es mi chica y la amo. Naturalmente, el señor Cangrejo espolvoreó su perorata con dulzones, empalagosos epítetos, muy en uso en las más populares canciones de amor de las radios AM y FM (carentes, hay que decirlo, de ese machismo propio de las nuevas tendencias musicales a las que los jóvenes varones humanos, nacidos en la renacida democracia del siglo pasado, eran ahora tan afectos). Cantó las simples, campesinas virtudes de la muchacha con el lirismo de un entusiasta poeta del pueblo, amante de asesoras de hogar de sabrosos muslos y mantecosas pantorrillas. Señalemos que el señor Cangrejo no hacía mucho había dejado atrás su primera juventud, y que en la cima de su potencia sexual contaba unas 9 semanas y media de vida, lo que homologado con sus pares humanos lo pondría en el codiciado grupo de los adultos jóvenes ó jóvenes independientes.
El señor Judío expresó su deseo de que las virtudes cantadas con tanta pasión por el señor Cangrejo fueran ciertas, pues Sierra Bella sería en esta ocasión la chica que elegiría.
-Vaya, se me ha abierto el apetito. –dijo frotándose las manos. Y estirando el cuello en dirección de las habitaciones interiores de la casa gritó- ¡Creo que será Sierra Bella esta noche señora Julia! ¡Vamos, que sea la bella Sierra Bella!
El Señor Cangrejo azul turquesa se tomó la libertad de violar las newtonianas reglas del cromatismo clásico y enrojeció de furia. Gritó a voz en cuello que el muy tramposo viejo jamás había expresado predilección por las del tipo de su predilecta, que cómo era posible que sus prácticas degeneradas, tenebrosas, tuvieran alguna afinidad con muchachas tan tranquilas, tan puras como la leche.
La señora Julia emergió presurosa de la penumbra del pasillo exhalando un aroma a talco de bebé. Se dirigió a la cocina, ordenó a la muchacha que se secará (“por amor de dios”) el delantal y la envió a prepararse para el señor Judío. Luego volvió a la habitación principal donde estaba el joven y sus dos compañeros.
-¡Vamos, vamos, a la cocina por un minuto! –les dijo- Va a salir un cliente que no quiere ser visto. Es de los mejores que tenemos así que seremos amables con él y le concederemos este privilegio.
A pesar de las protestas crustáceas y semitas, los tres terminaron tras la cortina de la cocina, apiñados contra el lavaplatos y el horno microondas. En un plato de lentejas a medio comer, bajo la insidiosa gotera de la llave, naufragaba una longaniza.
Mientras el ruido de puertas, pasos y carreras sobre el parquet del piso sonaba fuera de la cocina, el viejo judío volvió a hablarle al joven, cuchicheándole al oído:
- ¡Bah! ¿Quién las necesita por más de media hora? Diez minutos, a lo sumo. Luego son absolutamente perniciosas muchacho, ya lo verás, mirándote con esos ojos de langosta muerta (¡disculpe señor cangrejo!) que sólo sirven para partirle el corazón a uno pensando en el dinero que has puesto en sus sucias manos. Por más que intentes aferrarte, ninguna te acompañará en la caída hacia el abismo tras la cumbre (¡Oh! tan placentera a veces) que ayudan a alcanzar y de la que te echan a patadas.
Tac, tac, tac, sonó sobre el parquet. El viejo calló y el señor cangrejo cesó de blandir sus tenazas. Los tres, en la cocina, con el aliento suspenso, oyeron cómo, fuera de ella, unas pequeñas, albas pezuñas de lechón, hicieron el camino desde el pasillo a la puerta principal.

-Bien –dijo la señora Julia- una vez de vuelta en la cocina y descorrida la cortina.-Las niñas están listas.

Sierra Bella fue asignada al señor Judío, previo pago de una suma bastante superior a los 15 mil pesos. Y por Yahvé, que él esperaba que los valiera, porque tamaña cifra producía un desaguisado de proporciones en su presupuesto semanal. El pobre Señor Cangrejo protestó, gritó, bufó, arañó, castañeo las tenazas, intentó pellizcar las pantorrillas del viejo, todo en vano, teniendo que retroceder, sumiso, vencido, humillado ante los escobazos de la señora Julia, sin más remedio que tener que observar con sus acuosos ojillos sin párpados, cómo se cerraba la puerta del cuarto, se echaba el cerrojo y los sonidos amatorios del sexo hacían crujir los muelles de la cama y las articulaciones infames del señor judío.

Cuando al fin La sureña estuvo lista sacó la cabeza por el quicio de la puerta de su habitación y preguntó al joven su nombre. La señora Julia lo empujó diciéndole que se animara, que (“por la virgen santa”) pasara de una vez. La puerta se cerró tras él con suavidad al tiempo que el señor cangrejo comenzaba a entonar una canción de amor, triste, melancólica.

La Sureña dejó su bolsito en el velador (madera negra, sin cajones y con una fantasmal lámpara de ampolleta incandescente, cuya pantalla ribeteada de flores arrojaba un tétrico haz de sombra parabólico sobre la el desnudo plano cartesiano de la pared), del que sacó unos preservativos y un rollo de papel higiénico. Estaba vestida con una toalla enrollada a la altura del pecho. “¡Hey! te ves nervioso”, le dijo., “no voy a creer que sea esta tu primera vez. Eso me hace sentir como una tigresa ¿lo sabías? ¿Sabes lo que es eso? ¿Hacer sentir a una mujer como una tigresa?”

Su cabello olía a látex y frutillas. El grueso pliegue entre su axila y el pecho era infantil en su carnosidad. No era una belleza. No era delicada, ni blanca, ni delgada. No era ni siquiera medianamente pasable. Por Cristo, no era una tigresa. Ni siquiera sus gruesos labios podían disimular la terrible devastación de su dentadura.
Pero ya estaba debajo de esa mujer y no había vuelta atrás. Ella tomó su mano guiándola a su pecho. Como un ciego, sus dedos la delinearon: el cuello corto, sudoroso; los hombros estrechos, redondos; los brazos firmes con la marca de la vacuna como una pequeña moneda tatuada; la punta de sus codos, textura dura en la textura blanda de las yemas de los dedos calientes. La planta negra de los pies.
Preso de una calma relativa, mientras la observaba hacer su trabajo se preguntó si estaba fingiendo o no. Quizás, no. Esperaba que no. Qué importaba, en realidad. Mejor comprobar que el preservativo se mantenga bien puesto, el borde visible, accesible, palpable, no vaya suceder un accidente. No hay que darle a la infección la oportunidad de producir una desgracia. No hay que preocuparse mucho, quizás. Contagio. Fluido. Cantidad mínima de intercambio. Punto de no retorno. Lo suelta. Se suelta. Le dio a la chica una oportunidad. Su beso pudo no saber tan mal. Pero no se sacó nunca el chicle de la boca. ¿Podría pasar por el de cualquiera de ellas? Su primer beso.

Cuando el abismo finalmente se abrió ante sus pies, la desolada colina en que ella quedó se tiño de verde y azul.

En el pasillo, el señor cangrejo, hacía guardia ante la puerta de la habitación en que yacían el viejo judío y Sierra Bella. Los gemidos de la cama habían cesado hace un rato. El silencio dio paso a una letanía suave, monótona. Versos de la Biblia se atreven a rondar los rincones de esa habitación y el señor Judío, de entre los vapores de una embriagues alcanzada gracias generosas provisiones de coñac (4.500 pesos la copa, 4 copas, 18 pesos adicionales), recupera, por así decirlo, la cordura, y protesta con espanto, con violenta elocuencia ante esta flagrante violación del sentido común. La imprudencia incongruente de sierra bella en su afán evangelizador, recolector de almas, es respondida con gritos, con golpes. Algo vuela por la habitación. Un golpe seco en la puerta parece haberla derribado o al menos abierto. Se escucha un grito precedido de un resoplido marítimo y el señor cangrejo invade la habitación, las tenazas en ristre, croc croc croc, tijereteando al aire, esquivando los cojines, los zapatos los calzoncillos que el señor judío le arroja con espantado, púrpura rostro.
-ñaca ñaca –resopla el señor cangrejo- ñaca ñaca.
Recita los conocidos versos:
En el invierno de nuestro descontento
Bajo este sol de York
Un caballo, mi reino por un caballo
Y otros no tan conocidos:
¡Oh! Fementido matusalén
A ser convertido en jabón del bueno
Te llevaremos en el tren

Cuando todo terminó pensó que no debería haber estado allí: entre los pliegues sórdidos de una cama exhausta, a horcajadas de una estructura misteriosa, hueso invisible, trémula carne estriada. En alguna parte, alguien de su edad estaría haciendo el amor, como correspondía. A una virginal, decente chica. Bajo la indispensable, tan socorrida luz de la luna (o al abrigo de un cielo nublado, daba igual). Al calor de una fogata universitaria (o entre las cajas polvorientas de una bodega de departamento unos padres adinerados). Sin la promesa de unas monedas al final de la noche (o un juramento de matrimonio con mancomunidad de bienes). Y pensó que alrededor habría amigos, verdaderos amigos, falsos amigos, pasajeros amigos. Enemigos, rivales. Insulsas canciones para insulsos coqueteos. Conversaciones banales y filosofía de basurero. Abrazos ,chistes picantes, complicidades, pequeñas y deliciosas peleas, en fin, todo aquello que colorea las erupciones de la verdadera vida juvenil.

Pero no el pálido brillo de una estufa hediendo a parafina. No la imagen de ella en un espejo fracturada. La dulce, dulzona melodía adormilada de la pleamar y no el crujir sempiterno de las patas de un cangrejo antisemita.

22 abril 2008

Después del supermercado, por Margarita de Alcántara y León


Cuando la vi el otro día en el supermercado me la imaginé una mujer feliz. Con su carro lleno de frutas y verduras, los yogures y los flanes colgando de un lado de la rejilla, una niñita rubia sentada en el asiento y ella con una sonrisa, comprando seguramente las provisiones para su familión. Ella no me vio pasar a su lado en el sector de las carnes congeladas ni tampoco a la salida del supermercado. Mejor. Quizás al verme su sonrisa hubiera desaparecido y me habría sentido culpable de haberle causado un mal sabor.


-¿No le hablaste nada?
-Nada. Sólo la miré. Y se veía linda, un poco desarreglada, pero se veía bien.
-¿Y la hija?
-Rubia, como él.


Ahora que te lo cuento, me arrepiento de no haberle hablado. Quizás ella quería saber algo de mí. Yo todavía quiero saber cosas de ella. ¿Cuántos hijos tiene? ¿Sigue trabajando? ¿Está bien? Porque se veía feliz, pero eso nunca se sabe. ¿Y qué hacía en el supermercado a las 10 de la mañana? Debe haber renunciado al colegio. Seguramente tiene varios hijos o un marido ricachón. Ahora que lo pienso, Guillermo, no sé si su sonrisa era fingida o real. Quizás me vio y actuó como madre sonriente para hacerme sentir desgraciado. Porque es raro que no me viera si hasta en un bosque oscuro era capaz de reconocer mi olor.


-Es entendible que no quiera verte, si harto mal que lo pasó contigo.
-Ella también me hizo sufrir.
-...
-En serio. Yo reconozco que fui un desgraciado, pero ella no lo hizo nada de mal. ¿No te acuerdas de las cartas que me mandaba al trabajo? Puras provocaciones. Y yo, el idiota, terminé con la Cristina por esas cartas, y cuando la llamé en la noche me sale con que no estaba segura de si me quería ver.
-Le debe haber dado miedo...
-Es una coqueta, una perversa coqueta. Después de un tiempo me volvió a escribir y nos juntamos a tomar un café en mi casa.
-La vez que se quedó a dormir en tu casa.
-La vez que se quedó en mi casa y me contó de su marido alemán, de su infeliz matrimonio, de su trabajo en un colegio Montessori. Y yo le creí todo. Después la volví a llamar y me sale con que está confundida.
-Quizás fue su manera de vengarse de ti, de todas las veces que la engañaste...
-Eso fue mucho antes.
-Pero no lo debe haber olvidado.


Igual me pasó algo raro cuando la vi en el supermercado. No sé, como que de repente me dieron ganas de haber sido parte de su vida, parte de ese carro lleno de lechugas y flanes de chocolate, de leches en caja y jabones Lux. Un carro lleno de vida, mientras el mío sólo llevaba un salame, unas galletas y pan. Ya casi tengo cuarenta, Guillermo, no es poco. Quizás si hubiéramos seguido juntos, ahora seríamos felices.


-Se hubieran matado.
-Quizás no.
-Pero, Miguel, ¿no me decías que era una loca? Que te colgaba el teléfono y después se dejaba caer en tu casa. Que te acosaba, te escribía cartas, te mandaba regalos provocadores, y después la veías de lo más feliz con su marido sueco.
-Alemán.
-Como sea. Olvídate de ella, si nunca te importó.
-¿Será vanidad?
-¿Qué, que te gustara que te acosara?
-Claro, y ahora que ya no me busca, la extraño.
-Puede ser. Mejor piensa que es feliz, que te olvidó.
-Voy a pensar en eso, pero te lo digo, Guillermo, no se veía feliz en el supermercado. La conozco, sólo aparentaba para hacerme sufrir.

21 abril 2008

Sala de espera, por Rubén Benveniste


Pese a todo, Felipe aún cree que Juan Manuel es el hombre con el que quiere pasar el resto de su vida.

***

Juan Manuel deja las llaves sobre el arrimo sin mirarse en el espejo que hay sobre él. Se afloja la corbata negra y camina directo al baño sin cerrar la puerta del departamento. Siguiéndolo, Felipe la cierra tras de sí y pone el pestillo. Se va sacando sin prisa la chaqueta oscura y camina hacia el balcón. Busca a Óscar con la mirada. Le extraña no encontrarlo echado sobre las baldosas, disfrutando del sol que entra fuerte y se extiende pleno por las paredes blancas.

***

El departamento luce como casi todos los domingos, desolado. Es el único día en que ambos se encuentran realmente allí. Desde el desayuno que comparten en la cama hasta que se acuestan otra vez juntos por la noche, sin saber si abrazarse o no, de un tiempo a esta parte Juan Manuel y Felipe sienten que cada domingo es un recordatorio de la distancia que como un tercero se ha instalado entre ambos a la espera de algo de acción. Que algo ocurra. Algo que pase.

***

Felipe espera afuera del baño. Juan Manuel lleva dentro más de media hora y Felipe no se atreve a golpear. No se atreve a llamarlo. Arrodillado junto a la puerta cerrada, espera sin atreverse siquiera a moverse por miedo a que el otro lo escuche ahí instalado. Y sólo por hacer algo, por entretenerse en esa espera, sigue con la mirada el lento avance del sol que va revelando la marca que las uñas de Óscar han ido dejando en la alfombra gris.

***

En una de las paredes del comedor, varios marcos de distintos tamaños muestran la velada historia de los dos hombres. Felipe y Juan Manuel sonriendo a una cámara que no supo captar todo el encanto de esas vacaciones en el sur. Juan Manuel, de joven, pelo suelto y su traje de flamenco. Un Felipe niño sonríe con frenillos. El día en que inauguraron el departamento, junto a algunos amigos todos sentados en el sofá negro que, justo debajo de esa foto, ahora está solitario, siendo apenas entibiado por el sol del atardecer que al ir trepando por la pared, pareciese ir borrando en un blanco único cada uno de esos recuerdos enmarcados.

***

Hace dos días, al ir a levantarse, Juan Manuel se encontró a Óscar echado sobre sus pantuflas. Molesto por el despertador de cada mañana, molesto por el frío, molesto porque sí, intentó apartarlo con el pie, pero el gato no hizo caso. Juan Manuel pensó por un instante que estaba muerto. Se alegró. Inmóvil, esperó unos segundos para comunicárselo a Felipe, que dormía tranquilo a su lado. Pero el viejo gato manchado agitó la cola y levantó su mirada lánguida hasta alcanzarlo. Sin moverse siquiera.
Al otro lado de la cama, Felipe seguía durmiendo.
Luego, sonó el teléfono.

***

Por la mañana, Juan Manuel desayunó una marraqueta tostada con mantequilla y una taza de café. Dejaron todo en el lavaplatos al ver que estaban atrasados. Ya limpiarían al regreso de la iglesia. No hablaron en todo el trayecto. Una y otra vez Juan Manuel sintió el regusto de la mantequilla en los labios. Quiso detenerse en una bomba de bencina para comprar un chicle de menta. No dijo nada. Sentiría aquel sabor amargándose en su boca durante todo el funeral. Pero no dijo nada.

***

La llamada los llevó al hospital.
Felipe prefirió esperar afuera, por lo que Juan Manuel entró solo a la habitación de la clínica. Le impresionó ver a Ignacio conectado a tantos aparatos, inyectado por tantas vías, sostenido en vida apenas por el tenue titilar de las máquinas. Se acercó temeroso. El otro tenía los ojos cerrados. Juan Manuel se preguntó si dormía. Si sentía su presencia acercándose sin saber qué hacer. Si sabía al menos que estaba ahí. Porque Juan Manuel no estaba seguro de querer verlo despierto. Guardó sus manos empuñadas en los bolsillos de la chaqueta. La vista es espectacular, pensó al mirar por la ventana la ciudad iluminada por el sol. Sintió inútil estar más tiempo ahí. Contó los segundos en el goteo mecánico del suero.

***

Sobre el mesón de la cocina, migas del desayuno. Dos cuchillos –uno con restos de mermelada, el otro manchado con mantequilla- esperan en el lavaplatos junto a las tazas de la mañana. Restos del café han teñido el fondo de las dos. Aburrido de esperar a que Juan Manuel salga del baño, Felipe lavará todo cuando comience a oscurecer.

***

Hace dos años, Felipe se resistió a enojarse con Juan Manuel al enterarse de que una vez más le había sido infiel. Simplemente lo miró con distancia. No quiso repetir lo dicho tantas veces. No quiso amenazar y no cumplir. Se rindió.

***

Juan Manuel está sentado en la taza del baño. La oscuridad ha ido borrando los contrastes de las cosas. Su mismo rostro en el espejo parece apenas un borrón con la escasa luz que se cuela por la ventanilla de la ducha. Entre sus manos sostiene la corbata negra. Juega con el nudo que esa mañana Felipe tuvo que hacerle. Nunca aprendió a anudarse la corbata solo.
Mira de vez en cuando el reloj en su muñeca. Le extraña no oír a Felipe al otro lado de la puerta: No ha puesto uno de sus discos. No está llamando a Óscar ni ve televisión. Ni siquiera ha llegado a golpear la puerta cerrada que los separa. ¿Respeto por los muertos?, se pregunta al tiempo que una sonrisa triste se dibuja en sus labios.

***

Hace dos años se encontraron por casualidad con Ignacio. Una noche que salían juntos los dos, cuando aún llevaban poco tiempo viviendo juntos y lo pasaban bien.
Encontrarse con él fue desastroso para Felipe. Sonrió amable. Conversó de lo que los años habían hecho con cada uno de ellos. Rió sin ganas los chistes de antaño. Observó con atención cada arruga en ese otro rostro que creía perdido en la historia compartida. Los ojos apagados que insistían en parecer vivaces e ingeniosos. Las entradas en su frente antes cubierta de la melena rubia que tanta envidia le daba. Los miró a ambos. Más viejos. Cansados. Penosos. Y de una forma extraña se sintió del todo ajeno al juego indiscreto que proponía Juan Manuel en cada uno de sus gestos ya gastados, sin entender Felipe la urgencia que mostraba por ser admirado. Se preguntó cuándo había dejado él mismo de admirarlo. Y al no hallar respuesta, le sorprendió que pese a todo le molestara tanto esa súbita aparición de Ignacio.

***

Óscar dejó de escapar por el balcón luego de ser castrado. Se echó a dormir un sueño casi permanente que le tumbaba en cualquier lugar. Amanecía de pronto en la cocina, junto al horno, o en una extraña postura al lado del televisor. Felipe se reía al verlo así, dormido a medio camino entre un lugar y otro. Juan Manuel nunca decía algo acerca del gato.

***

Fue en la sala de espera que se encontraron. Felipe acababa de echar las tres monedas necesarias para que la máquina le sirviera un café, y al levantarse se encontró con el reflejo de Juan Manuel en el vidrio que protegía los dulces y las bebidas. Su expresión aparentemente despreocupada le molestó.
-¿Quieres uno?- preguntó sin volverse.
El rumor de la máquina al preparar el café le dio tiempo a Juan Manuel para pensar.
-No, gracias.
Un vaso de plástico cayó a la espera de recibir el líquido caliente. Felipe lo miró en el reflejo del vidrio. No quería preguntarlo. Quería salir pronto de ahí.
-¿Cómo está?- preguntó al fin.
Juan Manuel se encogió de hombros y no dijo nada. El chorro de café con vainilla llenó el vaso de plástico y al caer la última gota, Felipe se agachó para tomarlo.
-Ten cuidado- murmuró Juan Manuel -, no te vayas a quemar.
Y se movió como para tomar el vaso por él, veloz, como si quisiera protegerlo, pero el otro se le adelantó y lo tomó primero.
-No te preocupes- dijo -, gracias.
Y sintió el calor en sus dedos, el dolor inmediato abrasándole cada una de sus yemas. Podría haberlo soltado de golpe. Podría haber gritado. Podría haber lanzado un garabato de esos que tanto hacían reír a Juan Manuel. O podría al menos haber soplado el líquido hirviente, o haberle pedido ayuda, que tomara él el vaso un momento mientras cogía unas servilletas para no sentir ese maldito ardor en los dedos. Pero no hizo nada de eso. Sólo soportó el dolor.
-¿Y cómo está él?- murmuró apenas.

***

De alguna forma, Felipe sabe que Juan Manuel no va a salir del baño en un buen rato. Lo sabe. Otra cosa es convencerse. Incapaz de acercarse a rescatarlo de esa pena que él supone lo ahoga por la muerte de Ignacio, se pone de pie y vuelve al balcón. Los restos del sol de la tarde alcanzan para despejar su mente por un instante. Repasa la semana que se le viene. Repasa las cuentas que debe pagar. Revisa las llamadas que debe hacer. Calcula los gastos de fin de mes. Apoyado en la baranda de su balcón, recuerda por qué está ahí. Nada de muerte. No más llanto. No le importa. Se alegra de haber sido siempre tan cauto.

***

Hace dos años, Juan Manuel entró con Ignacio al baño del Fausto. Ya encerrados en la penumbra, se sorprendería al reconocer en esa prisa excitante por la desnudez el trazo grueso del cuerpo que en su juventud había conquistado.
En el departamento, Felipe esperaba a Óscar, que precisamente esa noche regresó malherido. Cada agosto parecía irle peor. Al día siguiente, Felipe lo llevó al veterinario para que lo castrara.

***

El camino de regreso fue igualmente silencioso. Felipe estuvo a punto de hacer un comentario acerca de lo viejos que se veían todos en el cementerio. Prefirió callar al ver que Juan Manuel se mordía febrilmente las uñas y comprobar en el espejo retrovisor que ese comentario inevitablemente los incluiría a ambos también. Y se encontró de pronto deseando que acabase ya el fin de semana.

***

En el baño, Juan Manuel cree sentirse enfermo.


Nuevo Plazo para el Concurso Becky Sharp


Muchos lectores de este blog me han pedido que extienda el plazo de cierre del concurso. Y como soy una mujer comprensiva, he decidido fijar una nueva fecha. Aquí van las bases y fechas del Premio Becky Sharp al mejor cuento inédito.

Bases:
Podrán participar sólo personas residentes en Chile y mayores de 18 años.
El cuento es de extensión libre.
El plazo final vence el Viernes 25 de abril a las 23:59 horas.
El ganador será anunciado en La Feria de las Vanidades el día lunes 28 de abril.
Premios:
Primer lugar: "Once completa" con Becky Sharp en lugar a definir por ella, y foto autografiada por ella misma.
Segundo lugar: Premio sorpresa y foto autografiada.
Apúrense, quedan pocos días.

19 abril 2008

Premio Becky: Concurso Literario de Último Minuto

Becky Sharp te invita a participar del
Premio Becky al mejor cuento inédito. Para participar sólo debes mandar un cuento (no muy largo), ser mayor de edad y residir en Chile. El plazo de envío vence el lunes 21 a las 23:59 horas y el ganador será anunciado en este mismo blog el día miércoles 23.
Premio único: Una once con Becky Sharp en lugar a escoger y una foto autografiada por ella misma. ¡Participen! Sólo quedan dos días para que el jurado tome su decisión.

Envía tu cuento como comentario a este post y espera su publicación. Mientras más cuentos envíes, más posibilidades tienes de ganar. Mucha suerte.

18 abril 2008

Jill

Hace unos años alguien me dijo que leer era pasión de gente triste y solitaria, y me dedicó los siguientes versos de Philip Larkin:

Don?t read much now: the dude
Who lets the girl down before
The hero arrives, the chap
Who?s yellow and keeps the store,
Seem far too familiar. Get stewed:
Books are a load of crap.

Aunque no hice caso del consejo -y obviamente seguí leyendo- esos versos me hicieron conocer al poeta Philip Larkin, de quien leí muchos otros versos geniales y que ahora mismo me tiene cautivada con Jill, la novela que escribió a los 21 años. Y claro que leer es una pasión de gente triste y solitaria, como también lo es escribir, pero para mí es algo inevitable. Lean Jill o lo que sea, y nos vemos otro día.




17 abril 2008

Becky fuera de cálculo

Becky está en la bancarrota. Su casa nueva, su estadía en la clínica V.I.P. (en parte auspiciada por su generoso amante), su ajetreada vida social y la ropa invernal de sus hijos la dejaron sin un centavo, y ahora no sabe a quién engatusar para que le regale unas botas y un abrigo nuevo. Por suerte no le resultó su viaje a Buenos Aires ni eligió cortinas caras para su casa o a estas alturas ya estaría en las listas negras del Dicom.

Y eso que Becky es bastante moderada en sus gastos. Nunca en su vida se ha comprado una cartera cara o cremas de marca (las que tiene se las regala su madre o su abuela) ni tampoco va a la peluquería, al gimnasio o al spa. Como detesta que alguien le maneje tampoco gasta en taxis y prefiere ir a una fuente de soda que a un restaurant. Pero así y todo está endeudada y espera aterrada la cuenta hospitalaria de su última intervención.

Por suerte su operación fue todo un éxito y finalmente le sacaron los dos cálculos que tenía en la boca. El doctor quería dejarla un día en la clínica, pero Becky se negó. “No tengo con quién dejar a mis hijos”, le dijo incorporándose en la cama, así que el doctor no tuvo más remedio que darle el alta y verla partir.

Medio mareada por la anestesia llegó a su casa, acostó a sus hijos y leyó un par de páginas de Jill (además se identificó con el protagonista pobretón). “Quedan todavía dos semanas para que termine este mes”, pensó antes de dormirse, “y tantas cuentas que pagar”. Sin el cálculo en la boca y con calculadora en mano, tendrá que hacer malabares hasta mayo o conseguirse un trabajo (o un amante) más lucrativo del que tiene en la actualidad.

11 abril 2008

Becky entre la guerra y la paz

Aunque me costó, finalmente terminé de leer Suite Francesa. A ratos el libro se me hizo largo y reiterativo, pero en general me gustó la pluma de Irene Némorovsky, y me hubiera encantado leer las dos o tres partes que dejó inconclusa la escritora y que al parecer desarrollaban más el conflicto amoroso de la novela. Y mientras esperaba que me tomaran unos exámenes en la clínica, me puse a leer la última parte del libro: los apuntes que ella tomó mientras escribía la novela, y me detengo en un párrafo donde la Némirovsky habla de Guerra y Paz y sobre la importancia de que las escenas históricas aparezcan desde la mirada de los personajes.

En ese momento me acordé de mi antiguo profesor de narrativa -y de uno de sus alumnos, que contra viento y marea escribía una novela histórica chilena- y tomé mi teléfono y lo llamé desde la sala de espera de otorrinolaringología. Cuando me contesta le cuento de Suite Francesa, de Irene y de los consejos que podría darle a su alumno para construir su novela histórica, y él me cuenta que precisamente está leyendo Guerra y Paz y me habla de Andrei y la princesa María, de Natasha y Nikolai. En nuestra conversación aprovecho de contarle de mis desventuras, de mi estadía en la clínica, del robo de mi perro, de los malos ratos que he pasado desde que dejé el taller, y él me da ánimo y me hace reír. Cuando colgamos, miro por la ventana unos árboles preciosos a lo lejos y pienso en lo fluctuante que fue nuestra relación alumno-profesor, en las muchas veces en que nos llenamos de discusiones, ironías y pequeñas odiosidades, y en las otras ocasiones de relajo, buen entendimiento y comprensión. De guerra y de paz.

Y si he de elegir entre la guerra y la paz, me quedo con la paz. Hacer la guerra es muy fácil, en especial si uno tiene la lengua afilada, pero es mejor alcanzar la paz o al menos tratar de buscarla. Uno podría pasarse la vida enojándose por las estupideces que cometen las personas (como una señora que me acusaba en un blog de ser adúltera porque, por equivocación, le llegaron los mensajes de texto que yo le mandé a una amiga mientras estaba en la UCI) o porque te dijeron tonta, mimada o poco agraciada. Pero la vida es muy corta como para estar perdiendo el tiempo en tonterías, y por el momento prefiero el silencio que responder los ataques, prefiero callarme para no herir o causar más problemas, prefiero leer sobre la guerra, pero vivir en paz.

Que tengan un lindo fin de semana (y hagan el amor, no la guerra).

08 abril 2008

Sobredosis de Familia

Después de pasar más de un mes y medio veraneando con mis papás, mis hermanos, mis cuñados y mis sobrinos, pensé que de vuelta a Santiago no les vería el pelo. Pero ha sido todo lo contrario. No ha pasado ningún fin de semana en el que no nos veamos.

El fin de semana pasado almorzamos todos en la casa de mi hermana y el domingo, todos juntos de nuevo, ahora en el club. Y este fin de semana nos juntamos a almorzar en el Divertimento y después paseamos por el cerro San Cristóbal -arriba de los teleféricos- y fuimos a rezarle a la Virgen para que nos trajera de vuelta a Peludito, y terminamos el domingo con un gran asado en mi casa. (Ahora que lo pienso el fin de semana antepasado también nos vimos, para la celebración del cumpleaños de mi hijo mayor).

Y no me he cansado de verlos porque, aunque somos bastante distintos, nos queremos mucho y nos respetamos. Mi hermana, siempre preocupada de recibirnos bien, con rica comida y deliciosos postres. Mis papás, cada día más relajados y felices con sus seis nietos. Mi cuñado, muy divertido. Y mis sobrinos, que son tres niños deliciosos, y que junto a los míos forman una pandilla muy unida que no para de jugar.

Y aunque muchas veces hemos peleado y nos hemos dicho un millón de barbaridades, siempre terminamos abuenándonos y juntándonos de nuevo. Como pasa con los buenos amigos, como pasa con las verdaderas familias.

Los quiero mucho, y aunque ninguno de ellos lea este blog, les dedico este post estilo Candy por estar siempre a mi lado.

Gracias.


04 abril 2008

Los pecados de Becky

Una amiga que se está contruyendo su casa nueva -una casa preciosa, por lo demás- me cuenta que ya ha sentido una que otra mala onda de la gente. "Eso se llama envidia", le preciso yo, y ella asiente, porque sabe que es verdad y porque ya antes había sentido las miradas de envidia sobre ella misma.

Se envidia la riqueza, la inteligencia, el buen gusto, la belleza, el poder. A ella le envidian su casa, su vida, su cara de muñeca. A otros les envidian su trabajo, su puesto, su cuerpo, su mujer. La soltera envidia a la casada y la casada a la soltera; la que no tiene hijos a la que los tiene y la que los tiene a la que tiene más.

Yo no envidio a nadie, y soy capaz de gozar con la felicidad y triunfo de los otros. A veces, eso sí, he codiciado los bienes ajenos -especialmente los viajes ajenos- y he deseado ser más flaca y estilosa, más buena y más mala, más relajada y menos mal pensada, más deportista y menos mimada.

También he sentido gula extrema (sobre todo de chocolates) y he sido avara con mis libros y mis hijos (también he sido tacaña con mis afectos).

He sido lujuriosa y lujosa; fantasiosa, mentirosa e intrínsecamente infiel. Pero envidiosa, para nada. Debe ser porque me conformo con lo tengo y con lo que soy, o porque me preocupo tanto de mí misma que no tengo tiempo de mirar a mi alrededor.

02 abril 2008

Good bye Moleskine

Hace un par de años un generoso amante le regaló a Becky una libreta Moleskine para que anotara "sus pensamientos". Ella -tan esnob y arribista como siempre- quedó fascinada con el cuadernito de cuero italiano (él mismo que supuestamente usaron escritores como Hemingway o Chatwin) y lo llevaba a todas partes en su cartera, sintiéndose con él como una verdadera escritora de viajes.

Lo llevaba a su taller literario para tomar apuntes y al supermercado con la lista de compras; lo usaba para anotar teléfonos y para guardar boletas y recibos en el bolsillo secreto; lo llenaba con muestras de géneros y con apuntes sin importancia. Lo único que no hizo fue llenarlo de "sus pensamientos", no porque no los tuviera sino porque no le daban ganas de escribirlos sobre el papel.

Y pasó que hace unos días la famosa libreta de Becky explotó. Ocurrió mientras conversaba con una amiga afuera de la Galería Animal -Becky con su Moleskine en la mano estaba anotando el teléfono de un gásfiter- cuando el elástico café que envuelve la libreta se rompió tirando al suelo decenas de papeles y boletas, géneros y cotizaciones, y convirtiendo su arribista libreta en un simple cuaderno viejo. "Adiós querida Moleskine", se dijo Becky, y por un segundo pensó en lo riesgoso que era ser tan esnob.

30 marzo 2008

Le Promenade

Muy temprano en la mañana me llama un queridísimo amigo para invitarme a salir. Había sabido de todas mis desventuras y quería hacerme pasar un buen rato, así que acepté.

Como no sabía adónde me llevaría, partí con ropa cómoda y sombrero para protegerme del sol (también con unos lindos calzones de encaje por si la invitación terminaba en un mirador de cerro o en un fastuoso motel). No quise llevar algún libro -como siempre hago-, porque pensé que no tendría ocasión para leer, y porque jamás imaginé que me llevarían a pasear en bote, cual dama victoriana, y me pasaría la tarde del domingo afmirando el agua y a mi encantador remador.

En el bote nos besamos, conversamos, nos reímos. También nos dejamos llevar por el silencio. Mi remador me paseó por la laguna mientras yo reposaba a su lado, miraba el paisaje y pensaba. Y aunque todavía no aparece mi perro ni me he mejorado del todo, decidí dejar todas las malas ondas en esa laguna en las afueras de Santiago, y volví a mi casa renovada, reencantada y feliz. Bienvenido Abril, te desea Becky Sharp.

29 marzo 2008

Soy rebelde

Un querídisimo amigo mío (y amante en algunas ocasiones) me mandó anoche este video. Parece que son varios los incondicionales de Becky. Un abrazo a todos.

28 marzo 2008

Un paréntesis

Abrí este blog para contar lo que le había pasado a mi amiga S. en el concurso de cuentos de la Municipalidad de Santiago, y de ahí agarré vuelo para escribir de otras cosas. Otras cosas -reales y ficticias- que causaron el deleite de mis amigos, pero que al parecer a algunas personas le parecieron de mal gusto. Lo cierto es que mi intención desde siempre sólo fue divertirme (y quienes me conocen así lo saben), y pido perdón si alguien se sintió ofendido en el camino por algo que yo haya escrito o supuestamente insinuado en este blog.
Aprovecho la ocasión para agradecer el humor de mi marido, quien -ficticiamente, por supuesto- ha debido compartir a su Becky con varios otros amantes, y quien durante estos trece años se ha mantenido incondicionalmente a mi lado y me ha dejado ser libre en todo.
Gracias, amor, y perdona si este blog te ha traído problemas, pero esos son los costos de vivir con una Becky Sharp en tu casa.

26 marzo 2008

A Becky le roban su perro

Becky está devastada. A los problemas que ha debido enfrentar por su cambio de casa, su enfermedad y la pérdida de su iguana, ahora se suma un nuevo dolor: le han robado a su perro. Sus niños no paran de llorar y ella pega carteles, lo llama, lo busca y reza a San Francisco de Asís para que lo haga aparecer. Pero nada, su querido perrito faldero, su West Highland blanco, precioso, cariñoso y un poco tontón, no está por ningún lado.
El principal sospechoso del robo es un joven de jockey que deambulaba en un triciclo frente a la casa de Becky como a las 5 y media de la tarde. Pero ni de él ni del perrito hay huellas.
Su única esperanza es que la persona que lo robó la llame al teléfono que aparece en la correa del perro. Por mientras sólo le queda esperar, y tratar de convencer a sus hijos que no todas las personas son malas en este mundo.

21 marzo 2008

Semana Santa

Por primera vez en años me quedé en Santiago para Semana Santa. Y es raro no estar en la playa para estas fechas, no comerme mi pescadito con vista al mar, no planear con mi hermana la escondida de los huevitos de pascua, no bajar a la playa en busca de los últimos rayos de sol del verano.
Pero mi doctor y su "reposo relativo" me hicieron quedarme en Santiago, que por lo demás está bastante agradable, y planear un fin de semana "reposado" junto a mi familia. En la mañana ordenamos la casa con calma y partimos a andar en bicicleta por las ciclovías de Pocuro, Bilbao y Manuel Montt, y fuimos testigos de un tremendo despliegue policial, con balacera incluida. Al parecer unos ladrones, que habían robado en un departamento en Lota, en su huida chocaron contra otro auto y se fugaron por entre las casas. Patrullas de policía y carabineros con pistolas hicieron una verdadera redada en la cuadra, mientras nosotros mirábamos desde la vereda del frente, petrificados. Finalmente encontraron a uno de los ladrones, y nosotros seguimos nuestro paseo.
Almorzamos en Providencia y volvimos a la casa, agotados. En la tarde los niños se bañaron en la piscina y yo leí y dormí. Mientras les preparaba la comida, me acordé que aún no he comprado los huevos de pascua para el domingo. No sé cómo voy a hacerlo para comprarlos mañana en el Jumbo sin que se den cuenta. Esto de andar con los niños colgando como llaveros, también tiene sus inconvenientes.
Ahora que ya se han dormido pienso en la redada de la mañana, y me acuerdo de mi iguana. Nosotros también la buscamos por toda la cuadra. Pero su piel camuflada se mimetizaba con las plantas del jardín, mientras que el ladrón con su polera amarilla y sus bermudas grises, destacaba entre los árboles. "No sabía que los ladrones se vestían como humanos", me dijo mi hija del medio, cuando bajábamos por Manuel Montt. "Yo pensaba que usaban ropa negra y la cara tapada". Yo sólo le contesté que "hay ladrones de todo tipo, incluso de cuello y corbata", y ella me miró sin entenderme y siguió pedaleando a mi lado.

PS: Acabo de leer en el diario que el prófugo era el famoso ladrón Carlos "Joya", el mismo que había robado el Banco Bice en el 2004. Ver la noticia aquí.

Una Casa

Lo malo de vivir en una casa:

-es que los niños se ensucian más y gastan más ropa

-los perros se embarran y se escapan a la calle, y hay que salir a buscarlos todo el tiempo

-mi querida iguana Philip prefirió el jardín a su acuario, y no hemos podido encontrarla

-hay que barrer más, e incluir la vereda

-hay que sacar la basura
y esperar por largos minutos el agua caliente
Lo bueno es que:

-ya no tengo que llevar a los niños a la plaza

-ni me siento culpable de dejarlos en la casa

-puedo dormir con la ventana abierta sin sentir los ruidos del vecino

-invitar a mis amigos y poner la música fuerte

-puedo hacer asados y bañarme en la piscina con un bikini viejo

-y lo mejor de todo es que si se me cierra la puerta y me quedo afuera, puedo saltar la reja (o pasar a algún amigo atlético, como hice anoche) para que me abra la puerta por dentro.

15 marzo 2008

Gracias


Ahora que ya estoy de vuelta en casa, y un poco más repuesta, quisiera aprovechar de agradecer todas las muestras de cariño que recibí durante estos ingratos días en la clínica.


Primero quiero darles las gracias a mis amigas de colegio, que con sus llamados y visitas me hicieron sentir acompañada y tranquila.


También agradezco a mi familia, a mis papás y mis hermanos, que estuvieron a mi lado en todo momento. A mis amigas de la universidad (la londinense, la parisina y la chilena), que aparecen en los momentos más curiosos y que nunca han dejado de divertirme con sus historias.


A mis ex-compañeros de taller, mis grandes amigos, siempre preocupados por mí (y por mi herencia). A mis niños, que me extrañaron tanto que casi me sacan el ganglio de tanto abrazarme.


También quiero agradecer los emails de apoyo y los tragos que me mandaron por Facebook. Y por último agradecer a mi J, que estuvo a mi lado en todo momento, sin descuidar a mis niños y su trabajo.


Gracias a todos, los quiero mucho.


12 marzo 2008

¡Becky Hospitalizada!

El lunes en la tarde Becky se empezó a sentir mal. Escalofríos, dolores musculares y un ganglio inflamado en su cuello le hicieron pensar lo peor. Como durante el verano se había gastado sus últimos ahorros en el casino, decidió llamar a uno de sus amantes más generosos para pedir ayuda financiera, y éste -sin dudarlo un minuto- la llevó en su auto a la mejor clínica de la ciudad.

Un equipo de doctores la revisó por completo y dictaminó que Becky tenía una infección causada por un cálculo en la glándula salival, y antes de alcanzar a entender el diagnóstico ya estaba internada en la UCI, conectada a una botella de antibiótico y con los brazos todos pinchados por la enorme cantidad de exámenes que le fueron a tomar.

A su pieza llegaron varios doctores -ninguno muy guapo, para su desgracia- y enfermeras sospechosamente atentas: todos preocupados por su salud. Al día siguiente la cambiaron a una pieza "intermedia", con teléfono y TV cable, y aprovechó de llamar a sus amigas para que la vinieran a visitar. Estaba enferma y decaída, el pelo sucio y la cara sin colores, pero esta vida de hotel -con desayuno, almuerzo, té y comida- la tenía fascinada y no quería desperdiciar la oportunidad de que la vieran en tan exclusivo lugar.

Su salud de a poco fue mejorando y la fiebre terminó por bajar. Pero deberá estar hasta el jueves o viernes en la clínica, para terminar el tratamiento de antibióticos, y luego deberá volver en dos semanas más a sacarse el cálculo y una glándula de la boca, nuevamente auspiciada por su generoso (y apuesto) mantenedor.

04 marzo 2008

Sólo niñerías

Voy a buscar a mi hija al colegio y no alcanzo a preguntarle por su primer día de clases cuando comienza a bombardearme con sus preocupaciones. "Mamá, ¿a qué academia me meto, gimnasia artística o atletismo?". "La que más le guste", le digo yo. "Es que no sé, porque las dos me gustan mucho". "Tienes que ver cuál es la que te gusta más", insisto yo. "¿En cuál dan más medallas en los campeonatos?". "Amor", le respondo, "eso no es lo importante. No haces un deporte para ganar más medallas sino para aprender y pasarlo bien". "Ahhh", me dice y se queda en silencio.

Más tarde en el auto mi hijo mayor me pregunta por una casa antigua que están demoliendo en el barrio. "Mamá, si te pagaran mucho, muchísimo, pero mucho por nuestra casa, ¿la venderías?". "No", le respondo sin titubear. "Ah, qué bueno porque me encanta". Pasa un rato y me vuelve a preguntar: "pero si te pagaran como 800 millones, ¿la venderías?". "Ahí sí", le digo yo, "porque con esa plata podríamos comprarnos una casa nueva en Santiago y una casa en la playa, y además nos quedaría mucha plata para viajar". "Pero no, mamá", me responde de inmediato, "no puedes vender la casa. Si quieres una casa en la playa, manda un cuento a un concurso y te la compras con el premio ".


Antes de acostarse mi hija vuelve a preguntar por la academia de gimnasia. "Mamá", me dice con su voz ronquita, "¿estás segura de que a las gimnastas les dan medallas como a los atletas?". "Claro", le digo, "no te acuerdas de las olimpíadas". "Ah, cierto", me dice, "¿y a ti te gustaría que yo ganara una olimpíada?". "Por supuesto, estaría muy orgullosa". "Ah, viste que a ti también te gustan las medallas".


Voy a apagar la luz de la pieza de mi hijo y lo encuentro leyendo. "Ya, es hora de dormir. Es muy tarde y la mamá está muy cansada", le digo. "Mamá, ¿a veces te cansas de ser mamá?", me pregunta cerrando su libro sobre las iguanas. "Muy pocas veces", le respondo y me siento a su lado. "¿Pero nunca has pensado, en el peor de tus días, 'qué ganas de no tener hijos' ". "Nunca, mi amor, te prometo que nunca". "Ni siquiera cuando peleamos o desobedecemos". "Nunca", le vuelvo a decir y pienso en esas tardes de lluvia encerrada en el departamento con mis tres niños enfermos, en las noches sin dormir, en las varias pataletas públicas que tuve que sortear, en las peleas constantes que debo escuchar día a día, y le doy un beso y se lo vuelvo a decir: "Nunca, ni en el peor de mis días me he arrepentido de tenerlos junto a mí". Y me pasa el libro para que lo guarde, me da un beso y apaga la luz.


Buenas noches.